…“No ocupo conocerte en persona para saber que eres buena en tu trabajo”…
Esas palabras aún resuenan en mi oído cada vez que pierdo la confianza en mí misma, cada que este trabajo de la palabra, este intenso y variante trajín del día me hace perder la claridad de las cosas y dudo si estoy en lo correcto o no.
Alguien me dijo un día: “una persona importante recomendó tu trabajo”. Pero yo no sabía quién, yo no conocía quien pudiera hablar tan bien de mí, sin conocerme personalmente, cómo era eso posible. Cuando me dieron su nombre, lo busqué, acordamos una cita y entonces me encontré con una mirada sana, audaz y picara, me encontré con una sonrisa que me dijo todo lo que yo valía y que ni yo misma conocía de mí.
Fui siempre la última en mi municipio, la que dependía de la generosidad de los demás compañeros, la que no se atrevía, la que no preguntaba. Pero amaba escribir, y eso fue lo que él percibió.
Después de esa plática nunca me sentí más valiosa y más segura de que mi trabajo era bueno, alguien como él nunca hablaba a la ligera, y me sentí tan grande que el cosquilleo de saber el concepto en el que me tenía, me hizo sonreír más de una semana. Luego, mi trabajo se volvió de pronto más increíble, me atreví a buscar la mejora diaria, a buscar la mejor nota, a no quedarle mal a esa persona que confió tanto en mí, al que consideraba mi lector aún sin conocer mi rostro.
Dos años mantuvimos una relación maravillosa, era mi maestro y yo la alumna que se dejaba guiar a ojos cerrados, porque cada que hablaba con él los problemas del trabajo resultaban tan pequeños, que me sentía preparada para comerme el mundo de un bocado.
Hubo un día que todo se volvió gris, que mis anhelos se truncaron y me sentí de pronto confundida, triste, sin preguntas ni respuestas, ese día que encontré a mi paso las espaldas de todos, ese día en que dudé que hubiera hecho bien las cosas, ése día, fue él quien vino a mí, llegó y bajó sus muletas en el portal de mi casa, me miró con ternura y me ofreció sus brazos paternales, ese día me recargué en su hombro le pedí perdón por haber fallado y lloré, lloré como nunca.
Mi amigo me dejó llorar todo lo que pude sobre su hombro, mientras me abrazaba como un padre levanta a una hija. Y Dios hizo presente su consuelo a través de sus brazos. Y me dijo “no eres tú quien falló, perdóname a mí porque yo estuve contigo en cada paso, yo te guié hasta aquí, tomaste la mejor decisión, y tienes lo más valioso que puede alguien tener, tienes dignidad, estoy orgulloso de ti. Y sigues siendo la mejor en tu trabajo”.
Dentro de todo el caos de mi alma, encontré un oasis de alivio, encontré sus brazos y sus palabras de amor, no he perdido más la confianza en mí, y no he dependido más de nadie porque me enseñó a ser yo misma, a tomar las decisiones y enfrentar las consecuencias de la manera más digna. Gracias por enseñarme a mí misma lo mucho que valgo amigo. No tendré más tu hombro, pero me diste lo más hermoso que pudiste darme, amor, confianza y una parte de tu vida.
Buen Viaje… fuiste mi maestro, compañero de trabajo, amigo, guía. Fuiste, eres y serás la fortaleza de mi trabajo, y cada que me sienta en un día gris tendré en mi mente tus palabras y en mi corazón tu consuelo. GRACIAS POR HABER EXISTIDO, MI GRAN GRAN TOPI.