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Capacitan a jóvenes en Prevención de Violencia escolar.

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Información Colima capital
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3 Congreso Internacional sobre Plagas Cuarentenarias en los Cítricos
HLB en los cítricos.- Colima 2010
HLB en los cítricos.- Colima 2011
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Capital de Colima: histórica, moderna, tradición, progresista, Código QR, conectada
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Ahorra Setur a Gobierno de Colima más de 2.5 mdp en promoción turística en el DF.
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En Colima la XXX Reunión Nacional de Funcionarios de Turismo de los Estados
En lugar de tener gerentes de hoteles necesitamos gerentes de emociones
Entrevista con un turistero reconocido
Implicaciones de la modernidad en el turismo
Logra Sectur Colima que Volaris se enamore de Colima
Mazamitla Pueblo Mágico de Jalisco
Nuevos productos turísticos en Zona Norte Colima
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Turismo Gay en el DF
Turismo Gay, segmento que está creciendo y al que se le debe apostar.- U de Col.
Un buen hotel en Playa El Real, Tecomán
Un gran éxito el Tianguis Turístico México en Puebla.- HSF
Videos institucionales muy descriptivos



Rincón del Poeta
26 de Enero de 2010

Saludos Fco. Javier Díaz Márquez

http://www.rincondelpoeta.com.ar

 

Poldy Bird

 

Mar solo

Un llanto azul

Aquella luz

Que el amor sea suficiente

La Huella

El hilo que conecta todo

Carta

Cajitas

No quisiera morirme sin volver a verte

Para que el mundo no se quede a oscuras

La palabra que cure las heridas

Como se hace un poema

Buscándonos

La mitad de un recuerdo cada uno

Te cantaré amor para que duermas

Ya vendieron el piano

País de Luz

Pasarán cosas

Un agujero en el zapato

 

 

Oscar Wilde

 

El Príncipe Feliz

 

 

Paulo Coelho

 

Cuidado con los recuerdos... .

Cuento de Navidad

El hombre que perdonaba

Ahuyentar los fantasmas

El llanto del desierto

Un cuento de Navidad

 

 

 

Mario Benedetti

 

El otro yo

Los Pocillos

El sexo de los ángeles

Conciliar el sueño

 

 

Jorge Bucay

 

El elefante encadenado

Animarse a volar

La alegoría del carruaje

Amarse con los ojos abiertos

El oso

Galletitas

El buscador

La cobija

Intentaré ser fresia

 

 

Eduardo Galeano

 

Celebración de la fantasía

La función del arte I

La dignidad del arte

Para la cátedra de literatura

Los adioses

La puerta

El mundo

El diagnóstico y la terapeuta

Palabras

La desmemoria4

La yerba mate

Historia de tres mujeres

 

 

Eladio Bulnes Jiménez

 

Ayer

 

 

Deepak Chopra

 

El sendero del mago

 

 

Oliverio Girondo

 

El lado oscuro del corazón

 

 

Silvina Ocampo

 

Amada en el amado

 

 

Jaime Sabines

 

Me encanta Dios

 

 

Julio Cortázar

 

Casa tomada

Lazos de familia

Instrucciones para llorar

Los Parques

Aplastamiento de las gotas

 

 

 

Horacio Quiroga

 

El almohadón de plumas

 

 

Juana de Ibarbourou

 

Puñados de Polvo

Vestidos nuevos

 

 

Enrique Mariscal

 

La casa de los mil espejos

El corcho

 

 

Isabel Allende

 

Eva Luna

 

 

Carlos Castañeda

 

Caminos del corazón

 

 

Octavio Paz

 

Mi vida con la ola

 

 

Edgar Allan Poe

 

El retrato oval

 

 

 

 

Marcelo Ferrer

 

¿Nadie muere en las vísperas?

 

 

Yuri Tabak

 

Las almas de los hombres cuando mueren

Las llaves únicas

 

 

 

Christian Andersen

 

La niña de los fósforos

 

 

 

Jonás Diego Villarrubia Ruiz

 

El primer sueño

 

 

Gabriel García Marquez

 

Remedios la bella

Manuel Mujica Lainez

El Hombrecito del Azulejo

 

 

 

Kahlil Gibran

 

Sobre los hijos

Un Cuento

 

 

Beatriz Martinelli 

 

Una vieja historia

 

 

 

Autores Varios

 

Canción del corazón

La casa de la soledad

La marioneta de trapo

Estrellas de mar

El perro Fernando

Apurada

 

 

 

~Mar  Solo~

 

No sé bien por qué, pero casi todos le damos importancia a "la primera vez" de algo. Y queremos compartirla con alguien: una persona que entienda nuestro gesto afirmativo, esa clara intención de la mirada, el mensaje de nuestra mano apretando la suya.

 

Tal vez por eso me sentí tan triste al caminar la cuadra y media hasta la playa de esa pequeña ciudad que mi conocimiento estrenaba. Iba a ver su mar por primera vez. Sola. Triste y asustada, porque la soledad me asusta, me vuelve chiquita y desamparada.

Fue como si todos hubieran sido invitados a una fiesta y yo apareciera sin mi tarjeta y sin conocer a los dueños de casa.

 

Cada cual estaba en lo suyo: los chicos entrando y saliendo del agua, las madres llamándolos, los jóvenes concursando su belleza o jugando a la pelota paleta, el oleaje bordando la blanquísima filigrana de la espuma, el viento levantando, cada tanto, una arena de oro pálido que la luz transformaba en lentejuelas mínimas agitándose con movimientos de pandereta. Apreté el bolso contra mi pecho y busqué un lugar frente al agua infinita.

 

Me senté con las piernas encogidas, los anteojos negros, las manos sosteniendo las rodillas, y fue como si me hubiera vuelto invisible. Ya nadie me veía. Pasaban frente a mí, detrás de mí, pero yo no existía.

Éramos solamente ese inconmensurable mar bullente y movedizo, un poco azul, un poco verde, tan murmurador y yo.

 

Yo necesitando a todo el mundo y sin nadie que necesitara de mí. Ese arrogante mar y esta aturdida mujer.

 

Una niñita se acercó con su balde rojo y su mamá la llamó:

- "No molestes a la señora que está pensando"... ¿algún cuento?  Y me sonrió con una sonrisa que se despedía.

 

¿Qué pensaría, en realidad, la gente de los que escribimos o de los que hacemos algo que ellos creen que no pueden hacer?

 

Quizá de haber sido yo otra... hubiera llenado el baldecito con agua y la mamá de Sol -así se llamaba la niñita redonda y bronceada- hubiese charlado conmigo de lo que se habla en la playa.

 

Ella no sabía que yo era una extraña, sino que extrañaba, que quería hacer un pozo en la arena para juntar almejas, pero no me atrevía, que quería zambullirme en las rápidas olas, pero me daba vergüenza, que me molestaba el sol en la nuca, pero no podía cambiar de posición y volverme visible. Así, sentada, ovillada, quieta, muda, sola en el estreno de una obra que hubiese podido ser hermosa y divertida, pensé en otros días, en seres que me acompañaron: armé rostros queridos y lejanos, resucité palabras dichas tiempo atrás.

 

Me encontré con culpas, alegrías y fantasmas.

 

Todos los mares que conocía resonaron en mi mente su ruido de caracola apoyada en la oreja.

 

Todos los mares aletearon con las alas grises o blancas de sus gaviotas siempre hambrientas.

 

Todos los mares burbujearon sus azules copiados del cielo, de los nomeolvides, de las violetas postreras del invierno y sus verdes encabritándose en las primaveras de hojas nuevas, pero en todos había estado con alguien, acompañada.

 

Y yo decía: "allá va un pájaro" o "un velero tan blanco" o "¿pescarán algo esos hombres?" o "ese chico tan bello"... y quien estaba a mi lado giraba su cabeza mirando, o me señalaba algo, también, para que yo mirara, y el mundo era entonces tibio y seguro como un nido de dos manos puestas en forma de cuenco para dar toda el agua mansa de la ternura, toda el agua transparente de la compañía.

 

Cuando la playa quedó casi desierta me levanté para marcharme.

 

En la arena estaba la forma de mi cuerpo: allí permanecería hasta que la verde mano del mar la emparejara, borrándola, borrándome.

 

Me quité los anteojos para limpiar los vidrios empañados, que casi no me dejaban ver.

 

Pero mientras regresaba al hotel me di cuenta de que no, no eran los vidrios.

 

Era yo, llorando.

 

Poldy Bird


 

Un llanto azul 

 

Me he cepillado el pelo hasta dejarlo brillante, me he puesto mi vestido verde, el que te gusta, y he cruzado la plaza para llenarme los ojos con esa luz que se cuela entre las copas de los árboles y deja dos escarabajos de oro en mis pupilas. Porque voy a verte.

 

Porque voy a verte aún sabiendo que es para decirte adiós, para que me digas adiós, para que me aprietes las manos entre las tuyas y me hables del amor que ha crecido entre nosotros, pero no es una enredadera que da campanillas violáceas sino una hiedra oscura, que nunca sabrá de flores.

 

Sé todo lo que va a ocurrir.

 

Rodará un llanto azul por mi mejilla.

 

La nombrarás para sentirte menos culpable. Hablarás de ella, de sus años de fervor y entrega, de las tranquilas paredes de tu casa, sacudidas  por las pequeñas manchas que les  hicieron las manos de tus hijos. Hablarás también de ellos: dirás sus nombres con voz trémula, y yo me enterneceré y los acunaré en mi mente, como si me pertenecieran.

 

Es tu " yo pecador" hablarme de eso, después de haber soltado amarras, después de  haber viajado  conmigo entre tus brazos por un mar de ángeles sentenciosos y risas asfixiadas por tus besos y vientos de fuego quemándose en la sencilla y honda ceremonia de la pasión y el estremecimiento. Cuando me confesaste que no eras libre, ya estaba enamorada de ti, ya me querías.

 

Sentí que el universo se vaciaba y me tragaba en sucesivos terremotos; que me hundía buscando donde apoyar los pies.

 

Pero te quiero, dijiste.

 

Y la tierra volvió bajo mis pies, se cerraron las grietas, se soldaron los abismos, todas las cosas volvieron a su lugar.

 

Tan sólo una pátina gris sobre mi vida, sobre mi cuerpo, oscureciéndose, aplastando mis movimientos hasta volverlos lentos gestos de autómata.

 

Pero te quiero…

 

Me colgué de esas  tres palabras para no morir. Entonces empezó la ansiedad de nuestros encuentros. Empezaste a nombrarla cada vez, a amarla para mí, para que supiera sus colores, sus actos, su forma de pensar.

 

Tan distinta a mí. Tan distante de ti y, sin embargo, teniéndote. Porque tu no sabías, que era ella y no yo quien te tenía.

 

Y yo lo fui sabiendo, sin querer, sin proponerme saber, lo fui sabiendo día a día y fui ocultándotelo con miedo de que lo advirtieras.

 

Mientras no lo supieras me albergarías en un rincón de tu ser y de tu mente, y seguirías pensando que yo era tu motor, que yo era la corriente de luz que te impulsaba, tu oasis, tu huerto y engalanado de frutos para el hambre y arroyos para la sed.

 

Egoísta, aferrada, empecinada, recortándote con el filoso cuchillo de la posesión, recortándote de tu estampa familiar en la que ellos te rodeaban, para alargar mi agonía.

 

¿En qué momento descubre el árbol que su verdad es la raíz y no el libre ramaje que lo acerca al cielo y lo agita en el aire?...

 

¿ En qué  momento ibas a darte cuenta de esto?. Unas semanas más y sucedió.

 

Era lo inevitable, lo esperado con miedo, lo presentido, eran los fantasmas corporizándose.

 

Me llamaste con una voz triste, pero segura y firme:

 

Tengo que hablar contigo, por última vez....

 

Bueno....

 

Mañana, me dijiste; a las tres de la tarde...

 

Y hoy es mañana.

 

Rodará un llanto azul por mi  mejilla en el momento del adiós. Rodará un llanto azul por tu mejilla en el momento de la verdad.

 

¿ Por qué entonces este afán de gustarte, este cruzar la plaza para llenarme de luz dando la hora del encuentro, si sé que va a ser el último y nunca más, nunca, nunca más volveré a verte, volveré a estrecharme contra ti?.

 

Voy a morir un poco y me acicalo.

 

Voy al entierro de mi luz y me ilumino.

 

Voy al martirio y sonrío.

 

Endulzo el café, lo siento amargo.

 

Tiemblo, te quiero.

 

Voy a evitarte una tortura.

 

Voy a hacer algo por el amor que me recorre, que me aprieta frente al límite del olvido.

 

Llamo al camarero, pago mi café.

 

Huyo. Huyo de este lugar y del encuentro.

 

Me esperarás en vano. No verás mis ojos mojados. No tendrás que decirme tu discurso de despedida.

 

No responderé tus llamados, si me llamas.

 

Ya ves te facilito tu tarea, evito que te conviertas en mi verdugo.

 

No es un acto de arrojo solamente; es una forma de inventarme la manera de creer que hubiera rodado un llanto azul por tu mejilla en el momento de la despedida. Un llanto azul por mí.

 

Un llanto azul.

 

Porque si voy y estás sereno y duro, si voy y tus ojos permanecen secos, será la muerte verdadera, así...puedo llenar de azul este recuerdo.

 

De un llanto azul, un llanto azul por mí..

 

 

Poldy Bird

“Cuentos para leer sin rímel"

Gracias Loli*


 

AQUELLA LUZ

 

Entonces se puso su cabeza en mi regazo, arrodillado ante mí, y yo miré su pelo oscuro y suave, un poco más largo que de costumbre, como siempre que va a hacérselo cortar. Sus largos brazos me estrecharon y todo lo que parecía estar sembrado de espinas desapareció. Acaricié su cabello. El aire era de raso; el color ambarino de la luz transformaba la piel en satín. No había un espejo allí, pero yo registré ese momento como una fotografía color sepia en la que un hombre y una mujer, cansados de ser arrastrados hacia los remolinos del río por la corriente rápida de la ira, los celos, las equivocaciones, los rudos golpes de haber vivido... cortan el elástico de la tensión y, al instante, se sientes libres como dos barquitos navegando armoniosamente. Una fotografía desfallecida, neblinosa y bella. Ese gesto entregado me quebró. Se me escurrieron las palabras, ¿Qué podía decirle? ¿Qué podría reprochar? ¿Qué podía pedir que no estuviera recibiendo ya?. Todos los discursos del universo eran menos elocuentes que el calor de sus brazos aferrándome, o más bien, aferrándose de mí...

 

Acaricié su cabello, sus mejillas hundidas, sus ojeras oscuras. Suavemente.

 

Él subió su cabeza de mi regazo a mi pecho, y su expresión de dolor se fue mudando a paz. Dijo: "Te quiero, perdóname." Lo dijo muchas veces, muchas veces... Frotó su rostro en mis manos y su llanto las humedeció. Todo quedó lavado con esas lágrimas. Purificado. Claro. Borrados los precipicios. Borradas las esperas con dolor en las tripas. Borrada la incertidumbre. Borrada la rabia. Borrados los detalles, las piedras pesadísimas que hubieran hundido la embarcación. No es que no doliera, sino que su amor fue la anestesia que acallo el dolor. Cómo puede un gesto sencillo y verdadero obrar su milagrosa curación. Cómo una voz que nace de la fuente encantada del amor es capaz de sanar los tules rasgados de la ilusión, las cortaduras del alma... Los actos simples hacen simple al hombre. ¡Y qué difícil es ser un hombre simple! Él puso su cabeza sobre mi regazo, arrodillado ante mí. Entregado. Sincero. Avergonzado. Cansado. Vengo del infierno, musitó. Y yo supe que era cierto. Que solamente el infierno puede borrar el brillo de la mirada y dejar un pozo en cada ojo... ¡Cómo pudo ser que no me haya dado cuenta! ¿Y, qué esperabas, qué creíste, qué buscabas?

 

No sé... las cosas estaban tan difíciles con vos... me pareció que no me querías más, que yo ya no te importaba. Me volví loco. Tenía que llamarte la atención... pensé que podía manejar la situación y caí en mi propia trampa. ¿Te sirvió? ¡Me horrorizó! No quiero recordar los detalles de esa historia; podría parecer un alarde de imaginación tortuosa, enfermiza. Me basta con saber que nada pudo destruir lo esencial. Que lo sagrado siempre quedó conmigo, y tuvo que regresar para recuperarlo... Acaricié su cabello suave. Besé sus párpados. Sus mejillas mojadas. Nunca estuvimos tan cerca como en ese momento. Nunca nos miramos tan hondo durante tanto tiempo. Tan hondo, tanto, tanto, que vi cuando sus ojos recuperaron aquella luz perdida. Venía del fondo, creciendo como un incendio: llama tibia, fogata, hoguera, sol. Amaneció su vida.

 

Amaneció mi vida. Y no es que no doliera, ni que no hubiese existido la noche antes de ese amanecer... si no es que el amor... ay, el amor...

 

Poldy Bird - Argentina

 

Música: "Viviendo por vivir" de Roberto Carlos.


 

QUE EL AMOR SEA  SUFICIENTE

 

El ángel está como suspendido en un estante alto de la biblioteca, con su gesto preparado para volar. Ese ángel de madera de guindo hecho por tus manos un tono más pálidas que su color de oro ruboroso. Qué extraño lo nuestro...

 

Cada vez que hablábamos parecía que algo profundo nos acercaba, algo con magia y tripas, unos lazos de esos que no se desatan nunca más. Pero no.

 

No había lazos. Ni bien nos separábamos, se soltaban los hilos intangibles que nos unían. Servían para unos breves momentos, los del encuentro. La más corta distancia los hacía desaparecer. Y otra vez la espera, otra vez volver a ser dos desconocidos, y la espera, la campanilla del teléfono que no suena, pulsar la tecla del contestador al llegar de la calle... y nunca tu voz con un mensaje..., y la espera, la espera, la espera... hasta reunir fuerzas y llamarte. ¿Qué tal, "extraño", cómo estás? No me pases facturas. Tuve unos líos bárbaros, vos sabes cómo anda todo... ¿Las cosas has cambiado tanto? ¿Ya no es lo más importante el amor, la relación humana, el compartir con otras penas, sueños, problemas, alegrías? Escuchar una vieja canción, leer en voz alta aquel poema de la Vilariñó o la Orozco, usar los ojos como telescopios para encontrar la Cruz del Sur en las noches de agosto... Una vez le abrí la pajarera a Magaldi (así se llamaba el jilguero) y el pequeño pájaro voló. No tuvo miedo. No se detuvo. No miró hacia atrás. ¡Y nosotros, tan fuertes, tan pensantes, tan declamadores de frases maravillosas... no nos atrevemos a traspasar la puerta que está siempre abierta, que nadie cierra...! Vos ahí.

 

Yo aquí. No quiero hacer reproches. No quiero oírlos, tampoco. Me parece que tendríamos que hacer las cosas de otro modo. Dejar que el amor sea lo que debe ser: la savia del árbol, las alas del alma, el color del agua, las estrellas en el fondo de los ojos, la locura en el pensamiento, el calor de la piel... Dejar que el amor sea suficiente.

 

Que lo demás estorbe, sobre no importe. Con tus manos hiciste un ángel para que me cuidara. Ahí está. Cerca de mí. Ahuyentando oscuridades y demonios con su aura rosada. Al tallarlo y pulirlo pensando en mí, invadiste mi territorio, te metiste en mi mundo reservado y secreto... ¿Cómo vas a salir de aquí? No podrás. Cuando alguien llega donde vos llegaste, ahí se queda para siempre. Te parecerá que podes salir, fantasearás con ello, pero no... una red invisible te ha atrapado, lo quieras o no. Estás en mi realidad virtual, en este espacio de zorzales que cantan al amanecer, cassettes que escucho cuatrocientas veces sin parar, libros que releo, papeles que escribo y no dejo que nadie lea, una alta palmera que veo desde la ventana... Estás. Vestido como yo quiero. Diciendo lo que quiero que digas. Pensando lo que quiero que pienses. Sintiendo lo que quiero que sientas. Porque mi mente está muy entrenada y es capaz de fabricar imágenes y situaciones que son las de la vida, o parecidas a la vida.

 

Quizás sea esos lo que a muchos nos mantenga vivos: soñar que vivimos...

 

Mientras la vida cree que anda por ahí... Mientras vos creas que andas por ahí. Y no se den cuanta, ni vos ni la vida, que si yo no los invento en mí ¡ustedes no existen! Deja que el amor sea suficiente. Y que no necesites nada más, porque el amor te alcanza.

 

Poldy Bird

 

Música: "Ángel para un final" de Silvio Rodríguez.


 

La huella

 

Por donde pases, deja una huella. Para eso, no es necesario que pises fuerte, que te hagas notar con autoritarismo, que trates de llamar la atención con bombos y platillos.

 

No...No son tus voces de mando, ni tu aspereza, ni tu rigor lo que marcara el lugar que has ocupado en el trabajo o en tu casa.

 

Sera... eso de ti que has dado con amor:  la palabra al que necesitaba aliento, la sonrisa al que se acercaba a ti, el consejo al que te lo pedía; la generosidad para comprender los motivos que llevan a algunos a cometer errores, a herir, a golpear.

 

Cuando no te agradece algo que has hecho por otro... piensa que no lo has hecho con sinceridad... pues siempre se agradece lo que es generoso, autentico.

 

Conozco mucha gente que solo hace favores para que se los agradezcan, o para pregonarlos y que digan: "qué bueno", "que maravilla".

 

Esos no dejan huellas, ni corazones encendidos en lámparas votivas.

 

Para dejar una huella, hay que quedarse un poco en lo que se hace: la tiza dibujando palabras en el pizarrón del grado, la esposa planchando la camisa del marido, la mano apretando con tibieza la manito del hijo...

 

Para dejar una huella... chiquita como una corola de violeta, no importa su tamaño, sino el signo que indique que pasaste por allí.

 

Poldy Bird.

 


 

EL HILO QUE LO CONECTA TODO

 

Eres el hilo que lo conecta todo, me hilvana a la música, al color, a las palabras, a los sentimientos, a la naturaleza, al pensamiento, al deseo, al espíritu.

 

Antes de encontrarte, yo era un ramo de cosas entremezcladas, ahora soy una luz única en la que todo está fundido, aglutinado, amasado sin grumos, procesado, unificado en el sentido literal del término. Diste vuelta el cielo para volcarme las estrellas. Ovillaste el canto para atármelo al alma. Aunque me quede quieta pongo en movimiento todo lo que construye al mundo: ternura, alegría, amor. Y lo que lo transforma: mareas, huracanes, hielos, fuegos, sequías...

 

Me voy abriendo. Y al abrirme, me expando, crezco, llego a los confines, vuelvo y entro en mí. En todas partes estás, precediéndome o esperándome. Eso es lo que más amo en ti: tu puntualidad para vencer mi soledad. Tu perseverancia para pulverizar mi pena y echarla al aire. Tu fuerza para ocupar los espacios ambiguos que existen en un ser: el espacio de la duda, el de la indecisión el de la inquietud, el del desgano... Los transformaste en depósitos de vida, latidos de reserva, semillas de tumbergias rosadas (que ya no sé si existen estas flores cuyo nombre me enseñó Silvina Ocampo). No te voy a decir que es la primera vez que me enamoro, porque no es verdad. Pero sí es la primera vez que "me enamoran". Que no elegí, que no ejercí el control desde el principio. Que sucedió sin que me diera cuenta. Que cuando supe, ya lo habías resuelto. Y empecé, entonces, a desatarme.

 

A abrir todas las puertas. A deshacer los nudos. A tirar las piedras a los costados del camino. A respirar llenando los pulmones. A desprenderme culpas y dolores, resentimientos y rencores y dejarlos en papeleros amarillos. Me gusta tu nombre estereofónico, tu voz vibrante y áspera... ¡bah, todo me gustas!

 

De pe a pa. Tu risa un poco tímida. Tus manos sensitivas. La forma en que entornas los ojos con un movimiento casi infantil, como si los párpados pudieran defender todo lo que se lee en ellos. Y tu mirada rápida, directa, que se adelanta siempre a tus palabras, como si les fuera abriendo paso. Me gusta que te importe lo que digo, lo que pienso, lo que siento. Que tengas curiosidad por todo lo que tiene que ver conmigo. Que estés constantemente tratando de asomarte a mi corazón. Para que puedas espiarlo, lo dejo descubierto. Quiero que sepas de mí más de lo que yo misma sé. Que por una vez en mi vida alguien me explique por qué hago o digo..., alguien me dé un consejo acertado, me haga razonar, me brinde un poco de par..., alguien me saque del torbellino cotidiano, de la envidia de los inútiles, del orgullo de los ínfimos y del desagradecimiento de los mendicantes. Alguien que puede mirar de frente el rostro de los ángeles y que hasta los conoce por sus nombres. Alguien que guarde boletos capicúa, programas de cine, servilletas con el nombre de las confiterías, cajitas de fósforos, sobrecitos de azúcar de todos los lugares por donde viaja. Alguien que conoce el nombre de las estrellas y puede señalar las constelaciones. El hilo que lo conecta todo: cuerpo, mente y espíritu, con la fuerza del cosmos y la vitalidad de la naturaleza. Un hilo que me envuelve, que me hilvana al diamante y a la flor, a la espuma del mar, al granizo, al vuelo del cóndor, al aletear mágico del colibrí, a tu voz, a tu abrazo, a las esquirlas de tu amor cayéndome en el.

 

Poldy Bird

 

La Música de esta Página

 

"Forrest Gump"


 

CARTA

 

Por si no estoy cuando ya sepas leer con los ojos y con el corazón al mismo tiempo.

 

Cuando te miro, Verónica, tan chiquita, tan redonda, con tu pelito de seda, haciendo morisquetas frente al espejo, soy feliz... y tengo miedo.

 

Porque el miedo es un raro ingrediente de la felicidad, sobre todo de esta felicidad mía tan pulida, tan dulce, tan nueva. Ahora no lo entiendes, claro, tienes nada más que un año, un añito que pregonas con tu índice en alto y una sonrisa de solo seis dientitos de conejo.

 

Ahora tu mundo se reduce a los pajaritos de cartulina que papá colgó del techo de tu cuarto y el aire mueve constantemente para tu asombro y tu alegría. Y a la muñeca que buscando tu amistad solo encontró que te diviertas tirándola al suelo desde tu cuna. Y al muñeco de celuloide pintado de rosa que tiene campanas en la barriga y suena a gloria cuando lo mueves.

 

Ah... tu mundo... tu mundo de sopa, de puré, de torpes balbuceos, de rodillas sucias de gatear por el piso, de chupetes, de pañales, de agua tomada con bombilla y verdaderas proezas para sacarle las perillas al televisor. Es un mundo chiquito, vigilado, seguro, con olor a colonia para bebes.

 

Un mundo que cabe en la palma de tu mano gorda. Yo estoy en ese mundo, soy una enamorada de ese mundo. Sí, Verónica, ahora mamá esta. Lloras de noche y corre a tu cuarto, te acaricia la cabeza, te dice que vuelvas a dormite. Mamá ya te conoce bien, sabe todo lo que te gusta y lo que no te gusta, y cuando pone sus ojos sobre ti, te estudia, te analiza, trata de comprenderte, de aprender cual es el camino que llega a tu corazón, para transitar siempre por el.

 

Y ese es mi miedo. Hoy estoy aquí, tan cerca de ti, pensando la manera de hacerte feliz, segura de que a mi lado encontraras la dicha. Pero... ¿si me muero antes de que seas grande? ¿Y si me muero antes de poder responder a todas tus preguntas, antes de poder aclarar tus dudas, antes de poder secar las lagrimas de tus primeras desilusiones, esas que duelen tanto? No, no tengo que morirme, no quiero.

 

Pero si me muero, quiero dejarte entre muchas cosas (mi vida, mis sueños, mi inmenso amor por ti) una carta para que la leas con los ojos y con el corazón al mismo tiempo. Y sientas que estoy a tu lado, que estirando la mano puedes tocarme en el aire y afinando el oído puedes escuchar mi voz y mi risa (porque por sobre todas las cosas quiero que te acuerdes de mi risa...)

 

Verónica, gorrión, esta es la carta:

 

"A tu alrededor hay un mundo con todo lo que conoces, con todo lo que amas. Más allá, un mundo grande, bello y peligroso, donde te espera todo lo que te hará mujer: el amor, el hombre, la decepción, la angustia, el llanto, la felicidad.

 

Para entrar a ese mundo no uses cábalas, no cierres los ojos, pero tampoco los abras con la intención de ver todo lo malo, lo negativo, lo gris.

 

No cierres tu corazón con siete llaves... pero tampoco lo dejes sin ninguna cerradura. No te guardes todo, pero no lo des todo. No pienses que los caminos son fáciles y te lances a andar con los pies desnudos, las manos abiertas y los ojos lavados con el agua de los arroyos limpios.

 

Tienes que llevar algo para el viaje, para cualquier viaje que emprendas; un equipaje sencillo y necesario que te ayude y te proteja: la pequeña armadura de tu voluntad para recuperarte de las caídas, así ninguno de los golpes que recibas llegara a romper tu fe; la ternura, porque con la ternura se curan los pajaritos enfermos, se hace reír a los niños y se llena de alegría el corazón de los que queremos.

 

Y lleva amor, mucho amor, para los que te amen y para los que te odien. Porque alguien te va a odiar, no sé quien y no sé por que... alguien te va a odiar sin motivos para odiarte, y el que odia, Verónica, no es malo... solamente está enfermo.

 

Recuerda que en tu mundo viejo y en tu camino nuevo tienes un amigo. Es un hombre que te conoce desde que naciste. Es un hombre que te quiere más que a sí mismo y, aún no comprendiéndote, aún equivocado, siempre va a buscar lo mejor para ti, te va a proteger, te va a ayudar.

 

¡Un hombre que hará por ti lo que sea necesario hacer y más!

 

Un hombre que busca tu luz para iluminarse y busca tu risa para sentir que la vida no se ha vivido en vano. Un hombre que cuando eras chiquita te compro unos pajaritos de cartulina blanca y negra y los colgó del techo de tu cuarto con hilo de coser. Papá. Tu papá, Verónica.

 

Puede ser que lo encuentres muy severo o demasiado intransigente... pero si tienes algún problema acércate a él y díselo.

 

No hallaras mejor amigo que quien ha pasado noches en vela cuando estabas enferma y rezo por ti cuando ya había olvidado las palabras de las plegarias, y lloro de emoción la primera vez que lo llamaste "papá". Y, al fin, no quiero engañarte, decirte que te dejo en un mundo de rosas, ruiseñores y todas cosas bellas... Pero tú puedes hacer que tu corazón las invente y cuando lo lastime una espina, sepa que detrás de la espina esta el maravilloso milagro de una flor.

 

TU MAMÁ

 

Poldy Bird


 

CAJITAS

 

Junto cajitas. Cajitas esmaltadas, cajitas de madera pintada, cajitas de cristal, de porcelana, de metal, de cartón, de nácar, todas chiquitas.

 

En esas cajitas guardo los pedacitos de la felicidad. Porque la felicidad no es un enorme friso en la pared, sino un rompecabezas de pieza diminutas que se arma de a poquito.

 

Y no tiene una figura fija, preconcebida, sino varias figuras, todas cambiantes, que pueden variar según los días, según las horas, según los lugares...

 

Vos me enseñaste eso. Y muchas de esas cajitas tienen partes tuyas.

 

No... no lo aprendí enseguida... me llevó tiempo... Cuando tu vida se apagó, el miedo y la soledad hicieron nudos con mis tripas. Golpeaba todas las puertas con terror de no ser escuchada, de no ser recibida. Y me juraba, cada día, golpear otras puertas y otras y otras, sin importarme quién las abriera, quién sería capaz de oír el sonido de campana al viento que emitía mi corazón... una campana de barco en medio del océano, una campana de catedral en medio del desierto, una campana quejumbrosa con sonido de pena y manantial al mismo tiempo... Hasta que empecé a abrir las cajitas. En una encontré un fósforo, uno de esos fósforos con los que encendías mis cigarrillos, y aunque casi no fumo, prendí uno y traté de hacer espirales con el humo, como hacías VOS.

 

En otra encontré unas tierritas de colores, de Purmamarca, y el norte le trajo paz y color al sur de mi inquietud, con su placita de vendedores de pesebres, su aire de celeste transparencia, sus montañas redondas... En la de porcelana, una rosa seca y un papel dobladito: "quinto aniversario".

 

En la de plata, una medalla bendecida de la Virgen de Luján. Arena de la playa mansa, monedita de austral, un coralito africano, una entrada de cine, un boleto capicúa, un anillito que perdió la piedra, un cuarzo casi dorado, una plumita de colibrí... Todos itinerarios de caminos que recorrimos juntos y yo vuelvo a caminarlos llevando tus pasos encima de los míos, ahora que tus pasos no pesan nada porque son de apenas airecito, de apenas aleteo de mariposa, de apenas una lágrima... Ya ves, ya no golpeo puertas, sólo abro cajitas para no estar tan sola. Pero, eso sí, al mismo tiempo, abro también mi corazón...

 

Poldy Bird

No quisiera morirme sin volver a verte

 

Yo tenía un vestido blanco con ventanitas de broderie en el ruedo. Había luna y un patio y naranjada y se bailaba dos pasos largos y un pasito corto.

 

Las chicas nos reuníamos en el baño para contarnos cosas y reírnos de nervios.

 

Vos no eras invitado; solamente el amigo de un amigo, pero nadie te dijo que te fueras. Tenías una camisa bien planchada y los ojos más bellos de la noche.

 

Creí que te acercabas para sacar a bailar a la dueña de casa, pero era a mí.

 

Al principio casi no podía hablarte porque tenía que contar los pasos un-dos-tres un-dos-tres, después la música hizo de maestra de danzas e intercambiamos nombres y teléfonos

 

La vida era tan nueva, era tan larga, era tan sin estrenar y dulce, era tantas preguntas, era tantas promesas y esperanzas, era una extraordinaria omnipotencia: un territorio de descubrimiento donde todo el tiempo era nuestro y moriríamos de viejos algún lejano día en un lejano año . . .

 

La vida era una estrella lustrada con el pañuelo de lustrar manzanas, ese pañuelo del que aun no conocíamos su vuelo de alondra gris para el adiós, su textura de nube para secar el llanto de los desconsuelos . . .

 

La vida era el instante en que vivíamos, una página en blanco para garabatearla o estrujarla, para hacer un barquito que navegara en charco de la lluvia o cruzara el Atlántico, porque todo, absolutamente todo era posible y bello y luminoso.

 

Por todo esto, por un bolero que cantaste a capela y que me dio vergüenza que los demás oyeran ( Mujer . . . si puedes tú con Dios hablar . . . pregúntale si yo alguna vez . . .), y más que nada por un breve beso . . . MI PRIMER BESO . . ., sentimos que ese encuentro era un encuentro "para siempre jamás".

 

Tal vez hubiese sido así si no hubiera tenido que marcharme con mi familia por tres largos años a un pueblo de Corrientes.

 

Digo "tal vez" porque no estoy segura si hubiese continuado, de quedarme yo aquí, la magia y el romance. O solamente fue el olor del verano, el un dos tres del baile, tus ojos desbordantes, tu barítona voz, mis ganas de saber lo que era un beso . . .

 

Y sin embargo ahora, después de tanto tiempo, de tantas cosas y tantos desencuentros que se juntaron para hacer mi vida, me gustaría verte otra vez.

 

No quisiera morirme sin volverte a verte.

 

Claudio: si por casualidad lees estas líneas, si recordás que fuiste aquel muchacho, si mi nombre te dice alguna historia que no borraste de tu corazón, llámame.

 

Hay media naranjada en cada vaso, que nunca terminamos de beber.

 

Sólo quiero contarte algunas cosas, saber qué fue de vos, y quizás . . . tener catorce años otra vez, por un rato.

 

Poldy Bird

 

 

 

 


 

Para que el Mundo no se quede a oscuras  

 

 

Con mis manos, que a veces tienen las uñas comidas y otras veces no, trato de tocar tu corazón.

 

Desde mis libros te he mostrado cosas de la vida.

 

Cosas cotidianas, obvias.

 

Las que nos identifican, nos hermanan, nos unen.

 

Lágrimas, sonrisas, sueños, esperanzas, abatimiento, soledad, muertes, resurrecciones, temores, osadías.

 

Me he quitado sin pudor los siete velos que cubren el alma, te mostré mis llagas y mis rosas, quebré la distancia que separa a los seres, me di entera en cada palabra, busqué tu protección, te di mi apoyo...

 

Te he hablado de aquello que se calla por temor a parecer sentimental y cursi.

 

¿Por qué a las personas les da vergüenza hablar de sus más bellos y profundos sentimientos? pero ni siquiera se ruborizan cuando cuentan algo terrible y violento, algún hecho aberrante de esos que gritan a los cuatro vientos las primeras planas de los diarios y los noticieros de TV?

 

¿Cuánto hace, amiga, amigo, que no ves en televisión a un escritor leyendo un pedacito de su obra... o dando sus opiniones sobre lo que sucede en este mundo nuestro de cada día ... ?

 

¿Acaso saben más del hombre los políticos, los comerciantes, los observadores económicos?

 

Anoche lloré oyendo a Pinti cantar su canción "Cuiden los artistas".

 

Justamente a la tarde había estado hablando por teléfono con una promotora de una tarjeta de crédito a quien no conozco personalmente, y quién sabe por qué rara casualidad yo le había estado comentando estas cosas: que la gente no cuida a sus artistas, que los medios se ocupan muy poco de los creadores, que nos dejan archivados en un rincón y nos sacan a relucir solamente cuando "queda bien" mostrar que a tal o cual lugar asistió "gente de todas las disciplinas de la cultura".

 

No, no es importante el que siembra luces... No es importante quien usa las palabras para reivindicarlas del horror y las miserias... No es importante el que detenta el poder de desentrañar los sentimientos más hermosos del ser humano... El otro poder es el que cuenta, porque hay quienes piensan que las personas son solamente un gran bolsillo o un enorme estómago.

 

No hay tiempo para los artistas.

 

No hay espacio para ellos.

 

Y sin embargo, cuando todo estalla, cuando todo sangra, cuando todo duele... es la voz susurrante del artista la que sirve de bálsamo de vendaje, la que te hace descubrir que las pequeñas cosas son las que verdaderamente valen, las que pueden darte esa alegría que el gran suceso ignora.

 

Es el artista el que mantiene encendida la llamita necesaria de la emoción. El que riega el rosal para que no se muera irremediablemente la rosa, el que señala hacia arriba para que levantes los ojos al cielo y descubras que todavía la Cruz del Sur sigue teniendo cuatro estrellas que guían a las naves extraviadas de noche en los mares...

 

Es el artista el que mantiene con vida a tu ángel de la guarda.

 

El que escribió las frases que usas como lema.

 

Los versos que guardas en tu cuaderno de cuando eras adolescente.

 

Las letras de las canciones que tarareas cuando algo triste o bello te sucede.

 

Es el artista el que te hace reír, el que te conmueve, el que te acepta como sos, el que abre las puertas del alma que dan a tu interior y te invita a recorrer los caminos que te llevan a lo más profundo de tu ser.

 

El artista es quien te convence de que la vida vale la pena ser vivida, el amor es lo más grande, lo más valioso y necesario, que vales no por lo que tenés sino por lo que das, y que siempre, en todos, hay algo que los demás necesitan, algo que puede salvarte y salvar a otros.

 

Sin temor a equivocarte, pensá que los artistas te pertenecen. Que trabajan para vos.

 

Que cada artista hace lo que hace para darte algo: está el que representa un papel para construir un sueño. El que diseña un vestido para que vayas a una fiesta aunque sea con la imaginación. El que compone una canción para que represente algún pasaje de tu existencia. El que pinta un cuadro para que puedas ver y descubrir aquello que no conocías: llámese mar, rostros ajenos que nunca son del todo ajenos, formas y colores que no tenían forma ni color en tu mente.

 

El que canta dándote su voz para que la sientas tu voz.

 

El que escribe todo aquello que tantas veces hubieras querido plasmar en palabras si hubieras sabido escribir.

 

El artista tiene una estrellita en la frente y leva en su mano una tea encendida para que al mundo no quede a oscuras.

 

¿Y sabes de qué se nutre?

 

¿Sabes lo que le da fuerzas para continuar?

 

Vos.

 

Tu afecto.

 

Tu cercanía.

 

Solamente eso.

 

No tiene otros premios, otros alicientes.

 

Es tu aplauso, tu mano estrechando su mano, el paso que das hacia él el que lo impulsa.

 

"Cuiden los artistas", cantaba Enrique Pinti anoche en una celebración. Porque todo pasa... pero quedan los artistas.

 

No importa que los diarios y las radios y los canales de TV se acuerden de ellos solamente cuando son piedra de escándalo... Vos, ella, él, todos ustedes son los que tienen que hacerlos sentir queridos.

 

Porque el artista hace lo que hace por amor. Por verdadero AMOR. Y lo hace porque te quiere... y PARA QUE LO QUIERAS.

 

¿Contesta tu pregunta decirte que escribo para que me quieras?

 

Es así.

 

Dios me ha premiado más que a otros artistas.

 

Porque estás ahí. Porque a veces me escribís. Porque me mandaste un rosario hecho con rositas de organza, un osito celeste de peluche que aprieto fuerte antes de dormirme para que me llene de "buenas ondas", tarjetas musicales, señaladores con dibujitos, huevos de Pascua..., en realidad: mimos. Cariño que me cuida cuando estoy más triste y más sola que nunca.

 

No te enojes si no contesto enseguida tu carta, tu envío, porque mi forma de responderte... es escribiendo las páginas de mis libros donde también estás vos, estamos vos y yo riendo y llorando juntos, como lo hacemos desde hace tantos años.

 

Si no fuera por vos, qué pobrecita cosa sería mi corazón.

 

Poldy Bird.


 

La Palabra que Cure las Heridas

 

Iba caminando delante de mí, tomada de la mano de su mamá, con una mediecita caída y la otra no, las florcitas celestes de su vestidito arracimándose, cómo pequeños cielos repartidos sobre la tela, y el pelito de seda, dócil y apenas una lluvia enrulada por el aire.

 

Cada tanto levantaba la carita para preguntar algo y la mamá sonreía.

 

Iban tranquilas. Sin apuro.

 

Eran todas las mamás y todas las nenas, un resumen hermoso en la tarde serena.

 

Eran, también, mi hija y yo hace unos años cuando yo no tenía todas las respuestas pero las inventaba. Lo que tenía era la risa. Lo que tenía era el futuro iluminado y el bello cansancio de las cosas que ahora ya no hago y por eso me cansan... han dejado un vacío en mis horas.

 

La niña me necesitaba y me amaba sin condiciones para amarme.

La niña aceptaba todo de mí: mi forma de vestirme, de peinarme, de resolver problemas, de vivir.

 

Ella apretaba mi mano fuerte, fuerte, y frotaba sus mejillas redondas en mis mejillas también redondas.

 

Acurrucaba su cuerpo contra mi cuerpo, tibiecita y era la rama florecida de mi árbol. Una prolongación de mí.

 

No buscaba una doble lectura en mis palabras.

 

No exigía. No miraba de reojo.

 

Yo elegía sus zapatitos blancos o de negro charol.

 

Y todo estaba bien.

 

Porque la amaba y me amaba y nada entorpecía ese amor.

 

Ahora... ella mujer y yo tan sola (porque a mí lile tocaron los dolores que marcan la soledad como una cicatriz) - todo ha cambiado.

 

Ya no soy la que elige sus zapatos, y ella corrige mis elecciones.

He dejado de ser inteligente.

 

Escondo lo que siento de verdad porque temo su juicio.

 

Fui una tonta al no sacar mi entrada para ir a ver a Sting.

 

-Desde casa, por la pantalla del televisor, el espectáculo fue perfecto... Tomé café, sentada en un sillón... no tuve frío ni temí la lluvia...

 

Ella se encoge de hombros. "No es lo mismo", replica. "No es la vida".

Y a mí me da pereza explicarle que a su edad yo temblaba de frío en el invierno. Que tenía miedo de llegar tarde al trabajo y me reprendieran. Que los días quince comenzaba a contar las monedas para llegar a fin de mes. Que si no hubiese tenido éxito con mis libros, nunca hubiera podido tener la casa propia".

 

Soy, para ella, una especie de tonta que no sabe disfrutar de las cosas.

 

Tal vez tenga razón.

 

Me costaron tanto, que las cuido.

 

Y las quiero.

 

Quiero mi Platerito de madera, todas las chucherías que los amigos y los lee torea me mandan de regalo. Las atesoro. Cada una de ellas posee un significado y un mensaje. Quiero los libros subrayados, las copas de cristal qué pagué en mensualidades, el mantel de las grandes ocasiones. No me gusta que revuelva mis papeles ni mis fotografías, porque es como si hojeara mi vida viendo con ojos críticos o burlones lo que es sagrado para mí.

 

Ella ha crecido.

 

Es más grande que yo.

 

Es más sabia.

 

Es menos frágil.

 

Tuvo más posibilidades y más tiempo para seleccionar lo mejor de la vida, mientras yo me golpeaba, me equivocaba, me quedaba sin aliento armando el difícil rompecabezas del presente sin vuelo, del futuro sin problemas.

 

Y estoy aquí, siempre aguardando su llamado o su visita apresurada, porque tiene que hacer tantas cosas.

 

Y entre su entrada ruidosa y su salida al trotecito (esta niña mía no aprendió nunca a caminar denuncie), una frase que me golpea la boca del estómago que le corta la res respiración.

 

-Mirá mamá, vos hacé lo que quieras, pero a mí me parece que ...

Ella lo dice al pasar.

 

No oye lo que respondo, de modo que no contesto nada. Y se va.

 

El mundo la aguarda fuera de esta puerta. Es hermosa y es buena.

 

Creo que es más generosa que yo.

 

Y que si se ocupara realmente de darle forma a lo que siente, podría ayudar a mejorar el mundo en que vivimos.

 

Sin duda, sufrirá menos que yo.

 

Con algún granito de arena habré contribuido para que fuese más fuerte y decidida, menos temerosa de lo que soy.

 

Ella sale por esa puerta, deja impregnada la casa con su perfume algo sofisticado, y yo me quedo sola.

 

Solemne soledad la mía.

 

Maravilla, mi perra, se pone como loca cuando lloro. Entonces no lloro, porque me apena verla acongojada.

 

Se ovilla a mis pies mientras escribo Mueve la cola, alborozada, - cuando la llamo mi compañerita.

 

Tal vez ella sí sabe que yo tengo miedo.

 

Que me da vergüenza.

 

Que me encierro y a veces me paso horas rezando mi rosario y pidiéndole a Dios que me ayude, que me dé una respuesta, que me muestre el camino, que me tienda una mano con temperatura humana, que alguien sepa obligarme a vivir lo que me queda de vida, alguien sin miedo, a quien no pueda discutirle nada, alguien que me entienda y me conmueva y no me dé tiempo a titubear ni a contradecirlo.

 

Alguien que me vea. Soy así ni demasiado linda, ni poderosa, ni invencible, con bosquecitos dentro de los ojos, y todo un cielo estrellado en el torrente de mi sangre. Soy buena compañera para los silencios y para las charlas amanecidas. Pongo el hombro en la lucha, y en la paz puedo ser una isla arbolada, una plaza con tilos florecidos.

Oh, iba caminando delante de mí, tomada de la mano de su mamá. Entregada y pequeña!

 

Ahora yo soy la niña entregada y pequeña que busca la palabra encendida que no queme, que simplemente alumbre. La palabra que cure las heridas...

 

Poldy Bird

 

 

 

 


 

Como se hace un poema

 

Quiero que hagamos un recuerdo hoy, como se hace un poema.

 

Hoy, que todavía tengo estrellas en los ojos y la piel suave y nueva como hojas tiernas que inaugura la primavera en los árboles de octubre.

 

Hoy, que mi voz se nutre con savia de tu amor y conoce el itinerario que llega hasta el centro de tu corazón enamorado.

 

Hoy, que me has comprado un ramillete de violetas y aún están vivas y tienen un poco de rocío en los pétalos, y mis manos las sostienen a la altura de mi pecho, haciéndoles oír los golpeteos apurados anhelantes, de este corazón loco que late al compás de tus palabras.

 

Hoy, que somos felices y que reímos por nada, porque en la plaza no hay nadie, pudimos sentamos en un banco para nosotros solos, debajo de una fina y transparente llovizna de junio que nos humedece el pelo y la cara y nos devuelve aquella infancia, aquellos niños que fuimos una vez, desobedientes, escapados de la tutela materna, metiendo los zapatos en los charcos, demorando nuestra vuelta de la escuela para jugar a la rayuela sobre las baldosas rotas de la vereda.

 

Un recuerdo.

 

Un recuerdo perfecto y preciso, pintado con la témpera de un gran pintor, con todos los colores y todas las luces de este instante, para poder mirarlo más adelante y verlo así: tus ojos pardos, mis ojos azules, tu impermeable gris, mi tapado amarillo, los árboles de un verde lavado, los guijarros rojos, el cielo como una plancha de azogue y plomo, las violetas azules.

 

Una muchacha alegre y un muchacho contento.

 

Unas palabras viejas como el mundo que se llenan de alas y campanas y suenan nuevas, nuevas por completo porque han sido pulidas y lustradas por la ternura que nos rebasa, que nos cubre, que nos estremece.

 

Este beso que enciende, esta cabeza mía que cae como un fruto dorado sobre tu pecho.

 

Este momento de felicidad que nos vuelve hermosos, únicos habitantes de¡ milagro.

 

Somos los pobladores de la maravilla, ¿te das cuenta?

 

Somos una canción, dos aves en vuelo, dos estrellas de una constelación de amor.

 

Somos los sacerdotes de una antigua religión que la humanidad vuelve a inaugurar cada vez que un hombre y una mujer entrelazan las manos y se dicen te quiero.

 

Somos un amanecer, la llegada de¡ sol y del verano en una lluviosa tarde. Esto se repetirá, dices. Esto se repetirá, digo.

 

Habrá otras tardes y otros días y otros be y otras palabras iguales a éstas... Sí, si... vos querés que así sea, yo quiero que así sea... Pero el tiempo se nos va a trepar, nos obligará a cambiar -como a todos-, y a medida que transcurran los meses y los años nos convertiremos en otros, parecidos a estos de hoy, pero otros. Habremos salvado algunos obstáculos, habremos sufrido algunas desilusiones, tendremos algunas heridas que trataremos de curar y algunos miedos que desearemos olvidar... ciertas partes de los resortes que hoy nos mueven estarán gastadas y tendremos que cambiarlas.

 

Porque eso es vivir ... ; vivir es gastarse y renovarse y volverse a gastar, dejar cosas en el camino... y encontrar otras.

 

Nos amaremos, si seguiremos amándonos..., pero también nuestro amor pasará por mil pruebas, será iluminado por otras luces y oscurecido por sombras. También nuestro amor cambiará, se irá modificando, ganara hondura y perderá esplendor. Será alto y macizo como el roble añoso, y no tendrá la gracia -un poco endeble, pero arrobadora- de¡ arbolito nuevo.

 

Por eso quiero que hoy, que en este momento, fabriquemos un recuerdo con todo lo que nos pertenece, con lo que somos ahora, y lo guardemos con cuidado, como se guardan las fotografías de los grandes acontecimientos, para mirarlo, pasados unos años, y encontrarnos en él... y volver a vivir por un instante este temblor, esta claridad, esta emoción esta perfecta realidad de amor que nos hace felices.

 

No creas que no te he amado.

 

No creas que no te amo cuando te pienso, cuando te recuerdo y te digo gracias, gracias, un millón de veces gracias ...

 

Poldy Bird


 

Buscándonos

 

Nadie encuentra lo que no está buscando. No es verdad que las cosas aparecen de pronto; que, sorpresivamente, cuando para la lluvia, vemos una hermosísima flor en el tallo en el que antes no había nada. Allí hubo, por lo menos, un capullo cerrado, algo que estaba por abrirse, por transformarse en flor...

 

Cuando un hombre encuentra a una mujer, cuando una mujer encuentra a un hombre... los dos estaban buscándose. Por soledad. O por dolor. O por ganas de revivir la vida insuflándole oxígeno a los pulmones. O porque sí. ¿Por qué explicarlo todo? ¿Por qué decir que la causa, el efecto, que la casualidad no existe, que...? Mejor pensemos que lo importante es que, cuando no hay alguien a nuestro lado, no hacemos tostadas (¿para mí solamente? (No...), no gastamos el frasco de perfume, duran menos las latas de atún y más las milanesas en el freezer, compramos con más nostalgia que alegría un ramito de flores para llevar a casa, y estrenamos muy pocas cosas. Se van yendo las ganas, como se va la luz, poquito a poco... Y la noche nos asesta su golpe con el recuerdo, nos envía sus fantasmas más tristes, sus sombras incansables e inclementes. La noche que no termina nunca, que crece, que atormenta, que entrevera nombres, que ronda, que agiganta las lágrimas hasta transformarlas en un océano. Estamos solos porque no hacemos una llamada. Porque no damos el paso que nos acerca.

 

Porque no decimos la primera palabra que se transforme en puente. Nadie encuentra lo que no está buscando. ¿Por qué crees que vos y yo nos encontramos? ¿Desde dónde venías acercándote? ¿Desde cuándo yo esperaba que llegaras? ¿Por qué yo? ¿Por qué vos? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué crees que no te desviaste, con otro rumbo, que no fuiste más hacia el sur, o más al norte, o al otro lado del mar incalculable? ¿Por qué pensás que me detuve para que pudieras alcanzarme, extender las dos ramas de tus brazos, abarcarme con toda tu ternura como diciéndome "ahora ya no te parará nada malo, nada triste, nada cruel"; podes dejar de llorar, podes dormir con los ojos cerrados, mansamente y, al despertar, no estarás sola... Nunca más estarás sola. "¿Y yo estaré solo nunca más...?" ¿Por qué? Porque los dos estábamos buscándonos.

 

Porque desde aquella lejana, lejanísima primera vez que nos vimos, quedó un delgado, finísimo, invisible hilo uniéndonos... un hilo que nada puede cortar, un hilo que atraviesa paredes, muros, montañas... un hilo indestructible que no soltaste, que no solté, y que al fin volvió a reunirnos para que la historia termine su retrato, tal vez poniendo un poco menos de tonalidad en la paleta, o distintos colores y brillos, pero retornando a los dos mismos protagonistas.

 

Vos y yo. Regresando. Volviendo al paraíso prometido que salimos a buscar sin saber que lo teníamos tan cerca, debajo de los pies. Cuando un hombre encuentra a una mujer, cuando una mujer encuentra a un hombre... los dos estaban buscándose. Nadie encuentra lo que no está buscando. ¿Me entendés, ahora?

 

Poldy Bird

 

 


 

La mitad de un recuerdo cada uno

 

Yo no quiero que se olvide nada. Pero le tengo tan poquita confianza a mi memoria, que te propongo dividirnos los recuerdos: una vez escribí un pequeño poema con marcador negro sobre el vidrio de un cuadro y en una de esas mañanas agitadas de limpieza general le pasaron un trapo y lo borraron. Quise volver a hacerlo, armé un rompecabezas de palabras, pero por más que me esforcé, aquel breve poema fue a dar a una caja gigantesca y lejana, que nadie sabe donde está, custodiada por duendes o mariposas, una caja a la que van a dar todas las cosas queridas que se pierden.

 

No, no me digas que peguemos fotografías en un álbum: en esa caja hay cientos de millones de álbumes de fotografías.

 

Tampoco me pidas que lo escriba en un cuaderno. En esa caja hay cientos de millones de cuadernos.

 

Lo nuestro, lo que vivimos vos y yo en estos años de amor, solamente permanecerán vivo si lo anotamos en el corazón.

 

La mitad de un recuerdo cada uno, y de vez en cuando juntarnos a armarlos, y hacer vivir de nuevo las horas amarillas de sol, las horas celestes de las tardes movedizas como ríos. Las horas de sal no. La sal hace arder los ojos y los pone a llorar.

 

Yo me quedo con las rosa, vos quedate con el río. Y al unirlos, será el nombre de la ciudad en donde nos conocimos: Rosario.

 

Vos quedate con el beso y yo con el temblor.

 

Vos con la música y yo con la letra de las canciones que nos gustan.

 

Vos con los paisajes montañosos que vimos y que te gustan tanto. Tierras color de malva, de guinda, de esmeralda. Árboles descolgándose hacia los precipicios, pueblitos como hechos de cerámica.

 

Yo me quedo con el mar. El mar es una parte de mi cuerpo. Es lo que dentro de mi batalla y clama, lo que a veces me empuja por la calle, cantando, lo que lava con magia mi fatiga.

 

Vos quedate con el gesto posado con que me miro en el espejo y te da risa.

 

Yo me quedo con la acuarela celeste fuerte de tus ojos y con los redondeles de humo que dibujás en el aire cuando fumás.

 

Vos ordená los cuentos que te hago de mi infancia, los olores del pasto, del jazmín, del chicken pie, la torta de manzana, los escones, el té verde, el maquillaje en polvo, la bolsita con flores de lavanda perfumando las sabanas adentro del ropero con el espejo enorme ... Yo ordenaré los cuentos de tu niñez con espejuelos rotos, rodillas lastimadas, torres de milanesas, obligatoria sopa, un tío llamado Mayo, y un acento español flotando en la casona de la incansable abuela.

 

Vos quedate conmigo.

 

Yo me quedaré con vos.

Así, de esta manera, sólo estando juntos podremos ser vos y yo. Y no me digas que ésto es una trampa para atarte. Porque yo lo sé bien : sí, es una trampa para atarte. Una de esas trampas sin malicia, totalmente permitida en el amor.

 

Poldy Bird

 

 

 


 

Te cantaré amor para que duermas

 

Te cantaré para que duermas, amor,

para que descanses en paz.

Yo sé que escucharas mi canto,

en voz muy baja,

tan solo audible para vos.

 

Estas tan lejos y tan cerca.

No sé ni el nombre ni el lugar.

Será un oasis, una selva, una ciudad?

Por donde iras con las respuestas a las

preguntas que no te pude preguntar?

 

No sé por que cuando te pienso

se me pone tan loca la ansiedad.

Es como si te aguardara todavía

y como si estuvieras por llegar.

 

Me parece que entras; que tus pasos cruzan el corredor, que llegan al cuarto, se detienen junto a mi lado de la cama y, mientras yo me incorporo para recibirte, tus brazos me estrechan contra tu pecho, y los latidos de tu corazón hacen un dúo de ritmo acompasado con los latidos de mi corazón.

 

Pero abro los ojos y estoy sola.

 

Ni tu olor ha quedado en el aire que me pesa, que yo embarullo con el perfume de una rosa que se va abriendo entre las fotos, encima de la cómoda.

 

Fotos donde tu mano se posa en mi rodilla, sentados con el mar atrás y tu sonrisa avanza.

 

La de tu último cumpleaños con los amigos rodeándonos. y aquella de tus tres años: un nene con el tapadito cerrado con doble hilera de botones y un conejito blanco relleno de estopa, que se te perdió en una tarde de compras con tu mama en Gath & Chaves.

 

Cuando te despedimos, amor, lloramos por el hombre que se iba sin regreso. Y lloramos (algunos sin saberlo), por el nenito con el conejo blanco y la carita asombrado de nuevo explorador de vida...

 

Ay! Por qué, cuatro años antes de llegar al 2000?

 

Vas a perderte tantas cosas: los festejos del fin del siglo, del fin del segundo milenio, la pirotecnia del recibimiento del Tercer Milenio.

 

No lo viste a Alan disfrazado de pirata en su cuarto cumpleaños, ni París en septiembre ya casi totalmente programado, ni las pirámides de Egipto con sus ondas energéticas. Ni "Casablanca" por décima vez por un canal de cable. Ni a Vargas Llosa, que publicó Los cuadernos de Rigoberto y vino a la Argentina, como te habría gustado leer esta continuación de aquel impresionante Elogio de la madrastra, que te maravillo!

 

Uso tus jeans azules. Mande acortar las mangas de tu saco de tweed. Y el sastre me dijo que con tres toques me va a quedar tu traje gris.

 

Se secaron todas las plantas del balcón cerrado del living. Ni bien partiste. Todas, las chicas y las que estaban desde hace años.

 

Alguien me dijo que las plantas extrañan.

 

Te extrañaron, amor.

 

Todavía no fui a comprar otras, no tuve ganas, no quiero ir sola...

 

Y si a las nuevas las ahoga la tristeza que todavía flota por la casa como un fantasma transparente que da vueltas y vueltas, incansable bailarín de valsecito melancólico?

 

Me puse tu pulóver de rombos para la misa del Pilar.

 

Si, te llevo a misa, amor: seguimos yendo juntos, como antes.

 

Y le pregunto a Dios si El no hubiera podido...

 

Pero no sé si quiero escuchar su respuesta.

 

Le pido, le ruego que El te cuide.

 

Que no te suelta la mano.

 

Que no apague la luz de la estrella secreta que mirábamos a veces, a las diez de la noche, y que ahora es nuestro punto de reunión.

 

Le suplico que té de paz, que borre de mi recuerdo todas las cosas tristes y me deje intactos los flashes de ternura y de alegría, para que no me asalte la desesperación.

 

Aquí estoy, amor.

 

No te dejare solo.

 

Nada es lo mismo ahora.

 

Quiero que sepas que, pase lo que pase, andarás en los caminos de mis pensamientos.

 

Y aunque mi vida cambie, aunque el rompecabezas se arme de otra manera, todas las noches te cantare para que duermas...

 

Para que duermas con tu gesto entregado, con la expresión de niño abrazando el conejito blanco que el sueño te ponía en el rostro.

 

Si, te cantaré para que duermas, amor.

 

Poldy Bird

 


 

Ya vendieron el piano

 

Los vi desde la ventanilla del tren y saqué medio cuerpo afuera para llamarlos. Papá tomó a mamá por un brazo y prácticamente la arrastró hasta llegar frente a mí. Yo miraba, asombrado, cómo había aumentado el volumen de su vientre desde que me marchara un mes atrás y Margarita, mi prima, que se había peinado unas veinte veces durante el viaje, me tironeó de la camisa gritándome que le ayudara con el bolso. Toda la gente está bajando, ¿pensás quedarte arriba del tren? Papá me arrebató el bolso en cuanto pisé la plataforma. Mamá me estrechó, como pudo, contra su pecho y los cuatro caminamos hacia la salida de la estación.

 

- ¿Lo pasaste bien, Pablito? ¿Cómo se portó el nene, Margarita? ¿Hizo rezongar mucho a la tía Carmen? ¿Todavía sigue en cama tío Miguel? ¿El médico piensa que tendrá para mucho? Cuánto te agradezco, querida, las molestias que te tomaste por Pablito. Pero si supieras qué trajín con todo lo que pasó y yo no me sentía muy bien. No sabes lo que te agradezco la ayuda que nos prestaste.

 

Mamá dijo todo esto, casi sin respirar, y Margarita le contestó de un tirón que yo me porté como un hombrecito, la tía Carmen encantada de tenerme allá, el tío Miguel todavía en cama y tenía para rato porque el médico le había ordenado reposo absoluto durante un mes más por lo menos.

 

Llegamos a casa a la hora de la cena; la mesa estaba puesta y en seguida de lavarnos las manos nos sentamos a comer.

 

Mamá se echó sobre el sillón de la salita diciendo que le dolían los riñones y le pidió a Tina, la muchacha, que le llevara la comida allí. Margarita ocupó la silla de mamá y entonces noté que el lugar del abuelo estaba vacío.

 

- ¿Y el abuelo? pregunté con sorpresa.

 

Los grandes se miraron entre sí y luego, lentamente y dando muchos rodeos, papá me comunicó que el abuelo se había ido de viaje, un largo viaje con destino al cielo o algo así.

 

Un largo viaje, abuelo. Y así supe que te habías muerto. Y de pronto me di cuenta de que todos estaban tristes y yo también.

 

- ¿La muerte es para siempre?

 

No me contestaron y no repetí la pregunta. Nadie comió esa noche.

 

Margarita se quedó en casa hasta que nació la nena. Roja y arrugada. La llamaron Mariana y me prohibieron levantarla de la cuna. Con el tiempo se volvió blanca y gorda y aprendió a decir algunas palabras, entre las que se encontraba mi nombre.

 

Fue entonces cuando pusieron una sillita alta en tu lugar, y desde allí Mariana, metía las manos en el puré, mientras mamá le daba de comer por cucharadas.

 

Ellos dejaron de nombrarte, abuelo. Pero yo me acordaba de vos. De tu cabeza canosa, de tu voz fuerte, del bonito reloj de bolsillo que se llevó tío Antonio, de tus cuentos de cacería con el imponente rifle que se llevó tío Juan. Papá hizo un atado con tu ropa y la mandó al Ejército de Salvación.

 

Un día al volver de la escuela, entré a tu cuarto, y en lugar de tu cama de bronce, me encontré con la cuna de Mariana y unas cortinas nuevas en la ventana. Unas cortinas con escarabajos verdes y flores anaranjadas.

 

Me daba rabia ver cómo te iban sacando de la casa que era tuya, que vos mismo mandaste construir; que se llenaba con tus rezongos cuando ponían alto el televisor y cuando te negabas a tomar los remedios que te recetó el médico, y cuando peleabas con mamá porque a ella le daba nauseas el olor del tabaco de tu pipa. (Ella la tiró a la basura, pero yo la recogí y la tengo guardada en la caja de los soldados de plástico).

 

La casa también se llenaba con tu música cuando tocabas el piano. Papá te decía que por qué no cambiabas, pero a mí me gustaban esas cosas antiguas que tocabas; especialmente la marcha esa de los aliados en la primera guerra.

 

Yo la tarareo cuando juego a los soldados y los indios y me imagino que me acompañás con el piano.

 

Te extraño, abuelo. Aunque me tirabas del pelo cuando hacía ruido para tomar la sopa y te quedabas dormido mientras jugábamos a las cartas.

 

Tengo ganas de verte, pero no sé dónde. Aquí en casa no, abuelo. Mejor no porque si vinieras sería un verdadero problema, no sabrían dónde meterte. No hay lugar para vos en casa. Se armaría un lío. Además, ya vendieron el piano.

 

Poldy Bird


 

País de Luz

 

Yo quisiera quedarme en ese mundo apretado en las paredes celestes de la infancia, arrebujada en un aire que se disuelve con el calor del verano, porque, no sé porqué, en la infancia siempre es verano, siempre hay un velerito de papel y palitos navegando en un charco de ámbar, siempre hay un bollo plateado de papel de chocolate en el fondo de un bolsillo.

 

Yo quisiera caminar por los senderos ciudadanos por ángeles guardianes, segura y preocupada solamente por el horario de la sopa de las muñecas, inventando nombres para llamar a las luciérnagas, buscando las pilas que encienden a los bichos de luz, durmiendo con un sueño de acompasada respiración y manos apoyadas en las sábanas sin crispación, como flores.

 

Allí es donde uno tiene la defensa más limpia y más cierta: la de la ingenuidad, la de la fe. Creer, creer en todo el mundo, abrir la pena como un pan caliente y mostrar su humeante interior; abrir la risa como un durazno maduro y entregar el carozo, o la pulpa o el zumo, creyendo que a los demás nuestra alegría les gusta, que los demás se ponen contentos con nuestro triunfo, con nuestra felicidad.

 

Querer. Y sentir que querer es una margarita a la que se le ponen los pétalos en lugar de quitárselos, y que son unos ojos empañados de llanto cuando la mano amiga se posa sobre el hombro para decir estoy aquí, con vos, porque me necesitás. Darse. Como se dan los hijos, sin especulaciones: "porque estoy de tu parte". "Porque me gusta ser tu amiga". "Porque te quiero como sos".

 

A mí me asusta esa ciudad que se levanta allí. Con laberintos de cemento y sonrisas de utilería que se ponen en los rostros los que piden algo.

 

Y hablar cuando uno quiere quedarse en silencio. Y quedarse en silencio cuando uno tiene ganas de hablar.

 

Y herir. Porque a veces para defenderse la gente grande tiene que herir. Y pasa como cuando vos, que sos chico, decías furioso: "ojalá que se muera mi mamá que no me quiso comprar un helado". Y resulta que después te pasas toda la noche despierto y te levantás cien veces con la excusa de ir al baño o a la cocina a tomar agua, nada más que para ver si respira, que no se cumplió, que por suerte no se cumplió…

 

Yo te propongo una locura: que no crezcas como parece que es conveniente crecer en este mundo de la ciudad fantástica y totalmente aprovechable.

 

Que defiendas los soldaditos de plata que la lluvia hace galopar sobre el asfalto.

 

Que quieras porque sí y llores toda la tarde porque te peleaste con el amigo con el que te vas a reconciliar mañana lo más campante y olvidado de todo. Porque si no te ponés fuerte y defendés esas cosas a capa y espada, te van a ir arrancando de ese país de luz, y sin que te des cuenta, te van a ir metiendo las sombras que dan miedo de noche, y cuando llegues al lugar en que miro de pie a mi alrededor, vas a querer huir, irte de vos, refugiarte en cualquiera que sonría, volver a huir porque hincaron los dientes hambrientos en el pan caliente de tu pena y en la pulpa de tu alegría y se disputan los huesos de nácar de tu ingenuidad, la mano abierta, el asombro, ¡Ay el asombro!, ese milagro, que de repente nos resucita. Por ejemplo: acabo de asombrarme con un puñado de jazmines chiquitos y blancos que se han abierto en la enredadera de mi casa. Y han perfumado de tal manera el jardín que me hicieron pensar en un derroche de magia.

 

Así que correte un poco, dejame sentar con vos en el banquito, vamos, correte, haceme un lugarcito…, no tengas miedo, yo todavía puedo chapotear en tu río sin encrespar las aguas, y morirme de risa viendo girar tu trompo, y pasarme una tarde entera descubriendo universos en un calidoscopio.

 

Yo todavía puedo usar de a ratos tu país de luz.

 

Andá, correte un poquito y dejame sentar con vos en el banquito.

 

Poldy Bird


 

Pasarán Cosas

 

Ha empezado otro año.

 

Como un cuaderno nuevo está ante mí, y me acuerdo de cuando era chica, iba a la escuela y me apuraba para terminar el viejo cuaderno y así comenzar el otro. En las últimas páginas hacía letra grande, enormes dibujos apresurados. Pegaba dos hojas con engrudo de fabricación casera: agua y harina en la cocina.

 

Los cuadernos nuevos se empiezan con letra pequeña, pareja, prolija, cuidada...

 

Igual que los años.

 

Igual que éste.

 

¿Borrón y cuenta nueva?

 

No, no, sin borrón.

 

Y sumando a la cuenta nueva las otras cuentas que antes nos sirvieron.

 

Porque no todo está para el olvido.

 

Porque no todo fue para dejarlo atrás, disimulado entre las hierbas secas del otoño.

 

Pasaron cosas.

 

NOS PASARON COSAS.

 

Crecimos un poquito, un poquito así, pero crecimos.

 

Llorar hace crecer, es esa lluviecita de uvas de cristal sobre el techo de chapa de nuestro corazón. Pica, repica, musiquea, despierta.

 

Nadie es el mismo después de haber llorado.

 

Reír hace crecer.

 

También reímos.

 

Algunas veces, quizá podemos contarlas con los dedos de una mano... ¡Y cómo une la risa!: dos que se rieron juntos, a carcajadas limpia, no se desatan nunca en el recuerdo.

 

Yo tengo siete chistes favoritos, y me acuerdo de quiénes fueron las siete personas que me los contaron.

 

En cambio, no me acuerdo de todas las que me hicieron llorar o compartieron mis angustias.

 

No creas que se trata de mala memoria... me parece que es puro instinto de conservación.

 

Fíjate que la gente le huye a la tragedia.

 

En algún tiempo me daba mucha rabia, pero ahora lo entiendo y no la juzgo mal.

 

Una amiga de la infancia, que quiero profundamente, todavía no habló conmigo desde que murió mi compañero. Y si yo no la llamo no es porque no tenga ganas de hacerlo ni porque piense que es a ella a quien le corresponde llamarme... sino simplemente porque me da miedo que se sienta mal...

 

A ella le digo: si leés esto, no busques entre líneas... te quiero mucho, me gustaría que estuvieras cerca. No temas, no estoy desahuciada, no contagio las penas, las tengo dentro de mí, tan escondidas que para hallarlas tendrías que escarbar demasiado. Y, además, a los muertos queridos no los recuerdo muertos, los recuerdo con su olor a perfume y su camisa favorita, con la música que les gustaba, con las anécdotas que los muestran en su mejor momento. No hablaremos de heridas ni agonías ni hablaremos de nieblas o tormentas... no, ¿sabes qué haremos?... terminaremos la charla aquella que empezamos una tarde en un café de la calle Córdoba... o la seguiremos, porque las charlas entre amigas no se terminan nunca, son siempre una continuación de la anterior, que fue una continuación de la anterior... y así, siempre, siempre, hayan pasado días, meses, años.

 

Trabajar, hace crecer.

 

Y me ha dado un poco de trabajo trabajar.

 

Porque mi trabajo es solitario, callado, sin jefes que me obliguen a hacerlo, sin un horario que cumplir.

 

Se trata de transformarme en médium y sentir lo que todos sienten a mi alrededor... e interpretarlo con palabras escritas que traduzcan exactamente eso que siento, eso que sentís, eso que sienten otros.

 

Admirar hace crecer.

 

Es tan larga la lista de la gente que admiro, que te cansaría leerla. Pero en esos nombres seguramente nos reconoceremos, hermanadas, vos y yo. Violeta Parra, Mozart Mick Jagger, Horacio Molina, Paganini, Cortázar, Woody Allen, Silvio Rodriguez. Beethoven, Raúl Porcheto, Chopin, Alejo Carpentier, Fellini, la hermana Teresa, Silvina Ocampo, Bergman, Ricardo Montener, siempre mi Felisberto Hernández que releo, los hermanos Marx, Olga Orozco, Humphrey Bogart reviviendo cada vez que pasan "Casablanca" por televisión (ojalá que no dejen de pasarla nunca).

 

Al admirar abrimos una ventanita del alma que, a veces, está cerrada con candado. Al abrirla, nos abrimos. Dejamos que eche a volar un pájaro cautivo y que entre el aire con olor a magnolias y a flores de tilo, ese olor que es olor a verano y a plaza (Cuando era chica llevaba botellitas a la plaza, las movía, dando vueltas, y luego las tapaba, creyendo que en ellas podían guardarse los olores. Tal vez sí. Nunca las encontré, después, nunca tuve oportunidad de destaparlas...

 

Agradecer es crecer.

 

Amar es crecer.

 

Crear es crecer.

 

Ha empezado otro año.

 

Cuadernito nuevo.

 

Cuadernito de hojas inmaculadas, todavía en blanco.

 

Cuadernito que en la tapa dice Poldy.

 

Solamente que yo podré escribir en él los días que vendrán.

 

Poldy Bird

 

 

 

 


 

Un agujero en el zapato

 

Queríamos tan poco... una piecita más, una ventana al sol, un poco más de luz... En el fondo, la encargada criaba gallinas. Al principio nos sobresaltaba el gallo de la madrugada, después nos acostumbramos. María quedó encinta en seguida; no era lo mejor que nos podía ocurrir, pero ya que Dios lo mandaba, recibimos al chico con el corazón alborozado y lo llamamos Diego, como yo, Dieguito.

 

Para colmo cerraron el taller y todos quedamos sin trabajo. Tuve que ponerme a buscar como desesperado y agarrar una changa en una fábrica. Me dije: malos tiempos, ya mejorarán... Pero no mejoraron.

 

María se enfermó después del parto y pasaron varios meses hasta que se recuperó, pero no del todo. A nuestro modo tratamos de ser felices. No pedíamos nada, así que cuando teníamos algo, nos parecía una maravilla. Era una manera de llevarle ventaja a la desesperanza. Dieguito caminó al año. Era haragán para hablar, pero un buen día se le desató la lengua y nos llamó papá y mamá hasta hacernos llorar. Para nosotros que somos tan pobres, tener a Dieguito es ser un poco ricos. Cuando María intentó volver a los dobladillos, allá, en la casa de modas, habían tomado otra. Entonces se puso a lavar ropa en las casas del barrio, pero los riñones dijeron no y por más que quiso ganarles la partida, tuvo que abandonar y darse por vencida. Por eso quiero vivir. Ellos me necesitan. El año pasado nació la nena. Marí estuvo mal y tuve que dejarla un mes en el hospital. Dieguito con la abuela. Yo corriendo de un lado a otro, viendo qué podía hacer para ganar un peso más.

 

Cuando María mejoró me la traje a las dos a casa y, en medio de todo, nuestra casa me pareció un palacio. Éramos cuatro, dentro de su pobreza, para querernos. Dieguito tiene seis años, la nena uno. La encargada sacó las gallinas del fondo para que los chicos pudieran jugar allí. Papá yo quiero un revólver. Papá yo quiero pinturitas. El pibe va a primer grado. Papá yo quiero, yo quiero, yo quiero... Quiere muchas cosas. A mí se me hace un nudo en la garganta cada vez que lo oigo. Le acaricio el pelo, lo beso, lo aprieto contra mi pecho. Dicen que eso basta, que a los chicos hay que darles amor y con eso todo se suple. Pero no basta.

 

Hay que ver los zapatos quietos, los zapatos solitarios de las noches de Reyes, y la mano hurgando en los bolsillos para encontrar el peso que compre la sonrisa. Un peso que sólo compra una desilusión. -Los Reyes nunca me traen lo que les pido...!la bicicleta se la pusieron al chico de la otra cuadra ! y uno se traga las lágrimas. Y uno alza los ojos y pide cosas. Y reza. Y se olvida de rezar. Y vuelve a inaugurar el padrenuestro...Y uno se olvida de las palabras de amor para María... Y un día se siente mal, va al médico del hospital, el médico lo revisa a uno, le hace sacar radiografías, le hace hacer análisis... y le dice que no es nada, con una cara grave. Y uno, que tiene miedo -no por uno sino por todos eso que puede ocurrir si uno llegara a faltar -agarra las radiografías y los resultados de los análisis y le dice al médico de la fábrica : " Esto es del padre de mi mujer...¿se puede hacer algo por él?" Y el médico de la fábrica mira, lee, piensa, frunce el ceño, mueve la cabeza de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y murmura : " Tiene para un mes..a lo sumo, dos".

 

Un mes. Que se ha pasado pronto. Dieguito me ha mostrado su zapato muchas veces : -Mirá, tiene un agujero. Y uno quiere vivir. Por María, con las manos cortajeadas y rojas de fregar. Por Susana, la nena chiquita que camina sosteniéndose en las paredes llenas de manchas de humedad y pintura florecida. Por dieguito y su comprame y su zapato roto. Uno quiere vivir y estira las manos buscando ese poco de aire que lo sostenga. Pero se encuentra con el jornal que no alcanza para el hambre de cuatro, para el frío de cuatro. Se encuentra con las rajaduras del techo, el cartón donde se rompió el vidrio de la ventana, el canto de María en la cocina. ¿Cómo se le dice a la mujer " María te voy a dejar sola con los chicos y toda la pobreza sobre los hombros? ¿Cómo se le dice?

 

Un mes y nueve días. Algo me oprime el pecho. Y no son solamente las ganas de llorar ni la lluvia de afuera ni los hipos quejosos de Susana. María.

 

Quiero llamarla. Decirle una palabra para que se la guarde siempre. Una palabra linda. Algo que la haga sonreír. María. Nunca un vestido nuevo. Nunca un cine. Nunca un peinado en la peluquería. María... Pero la voz no sale. La voz se encoge en la garganta como un pichón con frío.

 

-Papá...-Dieguito se me acerca. Tiene barro en la cara y el pelo húmedo y desparejo sobre la frente nueva. Levanta su pie. Su pie de seis años. -Mirá... tengo un agujero en el zapato... Quiero decirle algo a él también. Algo sobre su zapato. Su fiel zapato que no lo ha abandonado. Algo sobre el ruido de las gotas que caen en el balde colocado debajo de la gotera más grande. Yo hubiera querido hacer algo por su zapato. La cabeza se me va vaciando, ante mis ojos todo se nubla, se aquieta, se acerca... se acerca... se aleja, se acerca, se aleja, se aleja, se aleja. Creo que estoy muriéndome, y siento la mano de Dieguito tironeándome de la camisa, y su pequeña voz desalentada: papá... pero papá...  

 

Poldy Bird

 

El Príncipe feliz

 

En la parte más alta de la ciudad, sobre una gran columna, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.

 

Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.

 

Por todo lo cual era muy admirada.

 

-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte- . Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico, cosa que, en realidad, no era.

 

-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.

 

-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.

 

-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.

 

-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca?

 

-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.

 

Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.

 

Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad. Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.

 

Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.

 

-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.

 

Y el Junco le hizo un profundo saludo.

 

Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.

 

Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.

 

-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.

 

Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.

 

Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo. Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su amante.

 

-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.

 

Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.

 

-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.

 

-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco. Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.

 

-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!

 

Y la Golondrina se fue.

 

Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.

 

-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.

 

Entonces divisó la estatua sobre la columna.

 

-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.

 

Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.

 

-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.

 

Y se dispuso a dormir.

 

Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.

 

-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.

 

Entonces cayó una nueva gota.

 

-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea.

 

Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota. La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!

 

Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.

 

Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad.

 

-¿Quién sois? -dijo.

 

-Soy el Príncipe Feliz.

 

-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina- . Me habéis empapado casi.

 

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placeres la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

 

«¡Cómo! ¿No es de oro de ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.

 

-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa.

 

Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarla el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.

 

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas

 

revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.

 

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

 

-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas, volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.

 

Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.

 

-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.

 

-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe.

 

Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad. Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.

 

Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.

 

Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.

 

-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!

 

-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial - respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!

 

Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el ghetto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.

 

Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio.

 

La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.

 

-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor. Y cayó en un delicioso sueño.

 

Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.

 

-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.

 

Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía.

 

Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.

 

-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!

 

Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local. Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...

 

-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.

 

Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.

 

Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.

 

Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:

 

-¡Qué extranjera más distinguida!

 

Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.

 

-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.

 

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?

 

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.

 

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.

 

-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?

 

-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.

 

-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso. Y se puso a llorar.

 

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.

 

Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.

 

El joven tenía la cabeza hundida en sus manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.

 

-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.

 

Y parecía completamente feliz.

 

Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.

 

Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.

 

-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.

 

-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina. Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.

 

-He venido para deciros adiós -le dijo.

 

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?

 

-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.

 

-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.

 

-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo.

 

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.

 

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.

 

Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.

 

-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña, y corrió a su casa muy alegre.

 

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.

 

-Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.

 

-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.

 

-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.

 

Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños. Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.

 

-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.

 

Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.

 

Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras. Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.

 

- ¡Qué hambre tenemos! -decían.

 

-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.

 

Y se alejaron bajo la lluvia.

 

Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.

 

-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.

 

Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.

 

Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.

 

-¡Ya tenemos pan! -gritaban.

 

Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.

 

Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían. Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.

 

La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.

 

Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.

 

Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.

 

-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano.

 

-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.

 

-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad? Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.

 

En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.

 

El hecho es que su corazón de plomo se había partido en dos. Realmente hacia un frío terrible.

 

A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad.

 

Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.

 

-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!

 

-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.

 

Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.

 

-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado - dijo el alcalde- En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.

 

-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.

 

-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.

 

Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea. Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.

 

-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.

 

Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal.

 

-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.

 

-O la mía -dijo cada uno de los concejales.

 

Y acabaron disputando.

 

-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como deshecho.

 

Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.

 

-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.

 

Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.

 

-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.

 

Oscar Wilde


 

CUIDADO CON LOS RECUERDOS...

 

Llegó a Madrid a las ocho de la mañana. Me voy a quedar apenas algunas horas, no tiene sentido telefonear a los amigos o arreglar algún encuentro. Resuelvo caminar solo por lugares que me gustan y termino fumando un cigarrillo en un banco del parque Retiro.

 

-Usted parece que no está aquí –me dijo un anciano, sentándose a mi lado.

 

-Estoy aquí –respondo. –Sólo que doce años atrás, en 1986. Sentado en este mismo banco con un amigo pintor, Anastasio Ranchal. Los dos estamos mirando a mi mujer, Christina, que bebió más de la cuenta y hace como que baila flamenco.

 

-Aproveche –dijo el anciano. –Pero no se olvide de que el recuerdo es como la sal: en la cantidad adecuada le da sabor a la comida; pero si se exagera, estropea el alimento. Quien vive demasiado en el pasado, gasta su presente en recordar.

 

Paulo Coelho

 


 

Cuento de Navidad

 

Cuenta una antigua y conocida leyenda que tres cedros habían nacido en lo que alguna vez fueron los hermosos bosques del Líbano. Como todos sabemos, los cedros demoran mucho tiempo en crecer y estos árboles pasaron siglos enteros pensando sobre la vida, la muerte, la naturaleza y los hombres.

 

Presenciaron la llegada de una expedición de Israel, enviada por Salomón, y más tarde vieron la tierra cubierta de sangre durante las batallas con los asirios. Conocieron a Jezabel y al profeta Elías, enemigos mortales. Asistieron a la creación del alfabeto, y se deslumbraron con las caravanas que pasaban llenas de telas de colores.

 

Un buen día decidieron conversar sobre el futuro.

 

-Después de todo lo que he visto -dijo el primer árbol- quiero ser transformado en el trono del rey más poderoso de la tierra.

 

-A mí me gustaría ser parte de algo que transformara para siempre el Mal en Bien - comentó el segundo.

 

-Por mi parte querría que cada vez que me vieran pensaran en Dios -fue la respuesta del tercero.

 

Pasó algún tiempo más y vinieron los leñadores. Los cedros fueron derribados y un barco los transportó lejos.

 

Cada uno de aquellos árboles tenía un deseo, pero la realidad nunca pregunta qué hacer con los sueños; el primero sirvió para construir un refugio de animales, y las sobras se usaron para apoyar el heno. El segundo árbol se convirtió en una mesa muy simple, que pronto fue vendida a un comerciante de muebles. Como la madera del tercer árbol no encontró compradores, fue cortada y colocada en el almacén de una ciudad grande.

 

Infelices, ellos se lamentaban: "Nuestra madera era buena, y nadie encontró algo hermoso donde utilizarla."

 

Pasó algún tiempo más y, en una noche llena de estrellas, un matrimonio que no lograba encontrar refugio decidió pasar la noche en el establo que había sido construido con la madera del primer árbol. La mujer gritaba, con dolores de parto, y terminó dando a luz ahí mismo, y colocó a su hijo entre el heno y la madera que lo apoyaba.

 

En aquel momento, el primer árbol entendió que su sueño se había cumplido: allí estaba el más importante de todos los reyes de la Tierra.

 

Años después, en una casa modesta, varios hombres se sentaron a la mesa que había sido construida con la madera del segundo árbol. Uno de ellos, antes que todos comenzaran a comer, dijo algunas palabras sobre el pan y el vino que tenía frente a él.

 

Y el segundo árbol entendió que, en aquel momento, sustentaba no sólo un cáliz y un pedazo de pan, sino la alianza entre el hombre y la Divinidad.

 

Al día siguiente, retiraron dos pedazos del tercer cedro, y los colocaron en forma de cruz. Los dejaron botados en un rincón y horas después trajeron a un hombre brutalmente herido, a quién clavaron en aquellos leños. Horrorizado, el cedro lamentó la herencia bárbara que la vida le había dejado.

 

Antes que tres días pasaran, sin embargo, el tercer árbol entendió su destino: el hombre que ahí estuvo clavado era la luz que todo iluminaba. La cruz hecha con su madera había dejado de ser un símbolo de tortura, para transformarse en señal de victoria.

 

Como siempre ocurre con los sueños, los tres cedros del Líbano habían cumplido el destino que deseaban - pero no de la manera que imaginaron que sería.

 

Paulo Coelho


 

EL HOMBRE QUE PERDONABA...

 

Hace muchos años, vivía un hombre que era capaz de amar y perdonar a todos los que encontraba en su camino. Por esta razón, Dios envió a un ángel para que hablara con él.

 

-Dios me pidió que viniera a visitarte y que te dijera que Él quiere recompensarte por tu bondad - dijo el ángel. Cualquier gracia que desees, te será concedida. ¿Te gustaría tener el don de curar? -De ninguna manera - respondió el hombre - prefiero que el propio Dios elija a aquellos que deben ser curados.

 

-¿Y qué te parecería atraer a los pecadores hacia el camino de la verdad?

 

-Esa es una tarea para ángeles como tú. Yo no quiero que nadie me venere ni tener que dar el ejemplo todo el tiempo.

 

-No puedo volver al cielo sin haberte concedido un milagro. Si no eliges, te verás obligado a aceptar uno. El hombre reflexionó un momento y terminó por responder: -Entonces, deseo que el Bien se haga por mi intermedio, pero sin que nadie se dé cuenta - ni yo mismo, que podría pecar de vanidoso.

 

Y el ángel hizo que la sombra del hombre tuviera el poder de curar, pero sólo cuando el sol estuviese dándole en el rostro. De esta manera, por dondequiera que pasaba, los enfermos se curaban, la tierra volvía a ser fértil y las personas tristes recuperaban la alegría.

 

El hombre caminó muchos años por la Tierra sin darse cuenta de los milagros que realizaba porque cuando estaba de frente al sol, tenía a su sombra atrás. De esta manera, pudo vivir y morir sin tener conciencia de su propia santidad.

 

Paulo Coelho

 

 

 


 

Ahuyentar  los fantasmas

 

Durante años Hitoshi intentó - inútilmente - despertar el amor de aquella a quien consideraba ser la mujer de su vida. Pero el destino es irónico: el mismo día que ella lo aceptó como futuro marido, también descubrió que tenía una enfermedad incurable y le quedaba poco tiempo de vida.

 

Seis meses después, ya a punto de morir, ella le pidió:

 

- Quiero que me prometas una cosa: que jamás te volverás a enamorar. Si lo haces, volveré todas las noches para espantarte.

 

Y cerró los ojos para siempre. Durante muchos meses, Hitoshi evitó aproximarse a otras mujeres, pero el destino continuó irónico, y él descubrió un nuevo amor. Cuando se preparaba para casarse, el fantasma de su ex amada cumplió su promesa y apareció.

 

- Me estás traicionando - le dijo.

 

- Durante años te entregué mi corazón y tú no me correspondías -respondió Hitoshi - ¿No crees que merezco una segunda oportunidad de ser feliz?.

 

Pero el fantasma de la ex amada no quiso saber disculpas, y todas las noches venía para asustarlo. Contaba con todo detalle lo que había sucedido durante el día, las palabras de amor que él había dicho a su novia, los besos y abrazos que se habían intercambiado.

 

Hitoshi ya no podía dormir, así que fue a buscar al maestro zen Bashó.

 

- Es un fantasma muy listo - comentó Bashó.

 

- ¡Ella sabe todo, hasta los menores detalles! Y ya está acabando con mi noviazgo, porque no consigo dormir y en los momentos de intimidad con mi amada me siento muy inhibido.

 

- Vamos a alejar este fantasma - garantizó Bashó.

 

Aquella noche cuando el fantasma retornó, Hitoshi lo abordó antes de que dijera la primera frase.

 

- Eres un fantasma tan sabio, que haremos un trato. Como me vigilas todo el tiempo, te voy a preguntar algo que hice hoy: si aciertas abandono a mi novia y nunca más tendré mujer. Si te equivocas, has de prometer que no volverás a aparecer, so pena de ser condenado por los dioses a vagar para siempre en la oscuridad.

 

- De acuerdo - respondió el fantasma, confiada.

 

- Esta tarde estaba en el almacén y en un determinado momento cogí un puñado de granos de trigo de dentro de un saco.

 

- Sí, lo vi - dijo el fantasma.

 

- La pregunta es la siguiente: ¿cuántos granos de trigo tenía en mi mano?.

 

El fantasma en ese instante comprendió que no conseguiría jamás responder la pregunta. Y para evitar ser perseguido por los dioses en la oscuridad eterna, decidió desaparecer para siempre.

 

Dos días después Hitoshi fue hasta la casa del maestro zen.

 

- Vine a darle las gracias.

 

- Aprovecha para aprender las lecciones que hacen parte de esta experiencia - respondió Bashó.

 

"En primer lugar, aquel espíritu volvía siempre porque tenías miedo. Si quieres alejar una maldición, no le des la menor importancia."

 

"Segundo: el fantasma sacaba provecho de tu sensación de culpa: cuando nos sentimos culpables, siempre deseamos - inconscientemente - el castigo."

 

"Y, finalmente: nadie que realmente te amara te obligaría a hacer ese tipo de promesa. Si quieres entender el amor, aprende la libertad."

 

Paulo Coelho

EL LLANTO DEL DESIERTO

 

En cuanto llegó a Marrakech, el misionero decidió que todas las mañanas daría un paseo por el desierto que comenzaba tras los límites de la ciudad.

 

En su primera caminata, vio a un hombre estirado sobre la arena, con la mano acariciando el suelo y el oído pegado a tierra.

 

"Es un loco", pensó.

 

Pero la escena se repitió todos los días, por lo que, pasado un mes, intrigado por aquella conducta extraña, resolvió dirigirse a él. Con mucha dificultad, ya que aún no hablaba árabe con fluidez, se arrodilló a su lado y le preguntó:

 

- ¿Qué es lo que usted está haciendo?.

 

- Hago compañía al desierto, y lo consuelo por su soledad y sus lágrimas.

 

- No sabía que el desierto fuese capaz de llorar.

 

- Llora todos los días, porque sueña con volverse útil para el hombre y transformarse en un inmenso jardín, donde se puedan cultivar las flores y toda clase de plantas y cereales.

 

- Pues dígale al desierto que él cumple bien su misión -comentó el misionero. - Cada vez que camino por aquí, comprendo mejor la verdadera dimensión del ser humano, pues su espacio abierto me permite ver lo pequeños que somos ante Dios.

 

Cuando contemplo sus arenas, imagino a las millones de personas en el mundo que fueron criadas iguales, aunque no siempre el mundo sea justo con todas. Sus montañas me ayudan a meditar. Al ver el Sol naciendo en el horizonte, mi alma se llena de alegría, y me aproxima al Creador.

 

El misionero dejó al hombre y volvió a sus quehaceres diarios. Cual no fue su sorpresa al encontrarlo a la mañana siguiente en el mismo lugar y en la misma posición.

 

- ¿Ya transmitió al desierto todo lo que le dije?- preguntó.

 

El hombre asintió con un movimiento de cabeza.

 

- ¿Y aún así continúa llorando?

 

- Puedo escuchar cada uno de sus sollozos. Ahora él llora porque pasó miles de años pensando que era completamente inútil, desperdició todo ese tiempo blasfemando contra Dios y su destino.

 

- Pues explíquele que, a pesar de que el ser humano tiene una vida mucho más corta, también pasa muchos de sus días pensando que es inútil. Rara vez descubre la razón de su destino, y casi siempre considera que Dios ha sido injusto con él. Cuando llega el momento en que, finalmente, algún acontecimiento le demuestra por qué y para qué ha nacido, considera que es demasiado tarde para cambiar de vida, y continúa sufriendo. Y, al igual que el desierto, se culpa por el tiempo que perdió.

 

- No sé si el desierto me escuchará -dijo el hombre- El ya está acostumbrado al dolor, y no consigue ver las cosas de otra manera.

 

- Entonces vamos a hacer lo que yo siempre hago cuando siento que las personas han perdido la esperanza. Vamos a rezar.

 

Ambos se arrodillaron y rezaron; uno se giró en dirección a la Meca porque era musulmán, el otro juntó las manos en plegaria porque era católico. Cada uno rezó a su Dios, que siempre fue el mismo Dios, aunque las personas insistieran en llamarlo con nombres diferentes.

 

Al día siguiente, cuando el misionero retornó de su caminata matinal, el hombre ya no estaba allí En el lugar donde acostumbraba a abrazar la arena, el suelo parecía mojado, ya que había nacido una pequeña fuente. En los meses subsiguientes, esta fuente creció y los habitantes de la ciudad construyeron un pozo en torno a ella.

 

Los beduinos llaman al lugar "Pozo de las Lágrimas del Desierto". Dicen que todo aquel que beba su agua conseguirá transformar el motivo de su sufrimiento en la razón de su alegría , y terminará encontrando su verdadero destino.

 

PAULO COELHO


 

UN CUENTO DE NAVIDAD

 

Siempre está viva la fe en el corazón de los hombres... Dijo el sacerdote al ver la iglesia llena. Eran obreros del barrio más pobre de Río de Janeiro, reunidos esa noche con un solo objetivo común: la misa de navidad. Se sintió muy confortado. Con paso digno, llegó al centro del altar. a, b, c, d,...

 

Era, al parecer, un niño el que perturbaba la solemnidad del oficio. Los asistentes se volvieron hacia atrás, algo molestos. a, b, c, d,...

 

¡Para! - dijo el cura. El niño pareció despertarse de un trance. Lanzo una mirada temerosa a su alrededor y su rostro enrojeció de vergüenza.

 

¿Qué haces? ¿ No ves que perturbas nuestras oraciones?

 

El niño bajo la cabeza y unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas... ¿Dónde está tu madre? - insistió el cura.  ¿No te ha enseñado a seguir la misa?

 

Con la cabeza baja el niño respondió: Perdóname padre, pero yo no he aprendido a rezar. He crecido en la calle, sin padre ni madre. Hoy como es navidad, tenía la necesidad de conversar con Dios. Pero no sé cuál es el idioma que ÉL comprende, por eso digo sólo las letras que yo me sé. He pensado que, allá arriba, ÉL podría tomar esas letras y formar las palabras y las frases que más le gusten.

 

El niño se levantó. Me voy - dijo -. No quiero molestar a las personas que saben tan bien cómo comunicarse con Dios.

 

Ven conmigo - le respondió el sacerdote. Tomó al niño por la mano y lo condujo al altar. Después se dirigió a los fieles. Esta noche, antes de la misa, vamos a rezar una plegaria especial.

 

Vamos a dejar que Dios escriba lo que ÉL desea oír. Cada letra corresponderá a un momento del año, en el que lograremos hacer una acción, luchar con coraje para realizar un sueño o decir una oración sin palabras.

 

Y le pediremos que ponga en orden las letras de nuestra vida. Vamos a pedir en nuestro corazón que esas letras le permitan crear las palabras y las frases que a ÉL le agraden.

 

Con los ojos cerrados, el cura se puso a recitar el alfabeto.

 

Y, a su vez, toda la iglesia repitió: a, b, c, d,...

EL OTRO YO

 

Del “El otro yo”

 

 

 

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

 

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

 

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.

 

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

 

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».

 

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

 

Mario Benedetti


 

Los Pocillos

 

Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de otro.

 

"Negro con rojo queda fenomenal", había sido el consejo estético de Enriqueta.

 

Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.

 

"El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?", preguntó Mariana.

 

La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: "Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo." Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.

 

La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. "¿Qué buscás?", preguntó ella. "El encendedor." "A tu derecha." La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. "¿Por qué no lo tirás?" dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. "No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana."

 

Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavía veía. Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones, y después se habían ido a caminar por la playa. El le había pasado un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado al apartamento y él la había besado lentamente, morosamente, como besaba antes. Habían inaugurado en encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias.

 

Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenía poca confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de aquella época?

 

"Este mes tampoco fuiste al médico", dijo Alberto.

 

"No."

 

"¿Querés que te sea sincero?"

 

"Claro."

 

"Me parece una idiotez de tu parte."

 

"¿Y para qué voy a ir? ¿Para oirle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos."

 

En la época anterior a la ceguera, José Claudio nunca había sido un especialista en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había negado a valorar su amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aún cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de sí.

 

"De todos modos debería ir", apoyó Mariana. "Acordate de lo que siempre te decía Menéndez."

 

"Cómo no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree En Milagros. Yo tampoco creo en milagros."

 

"¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano."

 

"¿De veras?" Habló por el costado del cigarrillo.

 

Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección. Y Mariana hubiera querido -sinceramente, cariñosamente, piadosamente- protegerlo.

 

Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados de un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue u temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble cómo hallaba a menudo, aún en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.

 

Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal.

 

"Que otoño desgraciado", dijo, "¿Te fijaste?" La pregunta era para ella.

 

"No", respondió José Claudio. "Fijate vos por mí."

Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin embargo, a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda.

 

Siempre que miraba a Alberto se ponía linda. El se lo había dicho por primera vez la noche del 23 de abril del año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es decir, hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente? Ella estaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro. "Gracias", había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.

A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con espontánea discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana había obtenido a confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.

 

"Y ayer estuvo Trelles", estaba diciendo José Claudio, "a hacerme la clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se embroma y viene a verme."

 

"También puede ser que te aprecien", dijo Alberto, "que conserven un buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te parece de un tiempo a esta parte."

 

"Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo." La sonrisa fue acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía.

Cuando Mariana había recurrido a Alberto en busca de protección, de consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y quizás de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.

 

"Ahora sí podés calentar el café", dijo José Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.

Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de la caricia.

 

Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina.

 

Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.

 

"No lo dejes hervir", dijo José Claudio.

 

La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio, llenó los pocillos directamente desde la cafetera.

Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña, apretada sonrisa. Se encontró además, con unas palabras que sonaban más o menos así: "No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo."

 

Mario Benedetti

 

 


 

El sexo de los ángeles

 

Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y las mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.

 

Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos ( por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir, con las adecuadas.

 

Así, cada vez que ángel y ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.

 

Y si ángel, para abrir el  fuego dice : "semilla", ángela, para atizarlo responde: "surco". Él dice "alud", y ella, tiernamente: "abismo".

 

Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.

 

Ángel dice : "madero". Y Ángela: "caverna".

 

Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.

 

Él dice "manantial". Y ella "cuenca".

 

Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y  allá, entre cristales de

nieve, circulan el aire y su expectativa.

 

Ángel dice: "estoque", y Ángela, radiante: "herida". Él dice: "tañido", y ella: "rebato".

 

Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y los nimbos, se estremecen, tremolan,  estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.

 

MARIO BENEDETTI


 

Conciliar el sueño

 

Lo que ocurre, doctor, es que en mi caso, los sueños vienen por ciclos temáticos. Hubo una época en la que soñaba con inundaciones. De pronto los ríos se desbordaban y anegaban los campos, las calles, las casas y hasta mi propia cama. Fíjense que en mis sueños aprendía a nadar y gracias a eso sobreviví a las catástrofes naturales. Lamentablemente, esa habilidad tuvo una vigencia sólo onírica, ya que un tiempo después pretendí ejercerla, totalmente despierto, en la piscina de un hotel y estuve a punto de ahogarme.

 

Luego vino un periódo en que soñé con aviones. Más bien, con un solo avión, porque siempre era el mismo. La azafata era feúcha y me trataba mal. A todos les daba champan, menos a mí. Le pregunté por qué y ella me miró con un rencor largamente prolongado y me contestó: «Vos sabés bien por qué». Me sorprendió tanto aquel tuteo que casi me despierto. Además, no imaginaba a qué podía referirse. En esa duda estaba cuando el avión cayó en un pozo de aire y la azafata feúcha se desparramó en el pasillo, de tal manera que la minifalda se le subió y pude comprobar que abajo no llevaba nada.

 

Fue precisamente ahí cuando me desperté, y, para mi sorpresa, no estaba en mi cama de siempre sino en un avión, fila 7 asiento D, y una azafata con rostro de Gioconda me ofrecía en inglés básico una copa de champán. Como ve, doctor, a veces los sueños son mejores que la realidad y también viceversa. ¿Recuerda lo que dijo Kant? «El sueño es un arte poético involuntario.»

 

En otra etapa soñé reiteradamente con hijos. Hijos que eran míos. Yo que soy soltero y no los tengo ni siquiera naturales. Con el mundo como está. Me parece un acto irresponsable concebir nuevos seres. ¿Usted tiene hijos? ¿Cinco? Excuse me. A veces digo cada pavada.

 

Los niños de mis sueños eran bastante pequeños. Algunos gateaban y otros se pasaban la vida en el baño. Al parecer, eran huérfanos de madre, ya que ella jamás aparecía y los niños no habían aprendido a decir mamá. En realidad, tampoco me decían papá, sino que en su media lengua me decían «turco». Tan luego a mí, que vengo de abuelos coruñeses y bisabuelos lucenses. «Turco vení», «Turco, quero la papa», «Turco, me hice pipí». En uno de esos sueños, bajaba yo por una escalera medio rota, y zas, me caí. Entonces el mayorcito de mis nenes me miró sin piedad y dijo: «Turco, jodete».

 

Ya era demasiado, así que desperté de apuro a mi realidad sin angelitos.

 

En un ciclo posterior de fútbol soñado, siempre jugué de guardameta o golero o portero o goalkeeper o arquero. Cuántos nombres para una sola calamidad. Siempre había llovido antes del partido, así que las canchas estaban húmedas y era inevitable que frente a la portería se formara un laguito. Entonces aparecía algún delantero que me fusilaba con ganas y en primera instancia yo atajaba, pero en segunda instancia la pelota mojada se escabullía de mis guantes y pasaba muy oronda la línea de gol. A esa altura del partido (nunca mejor dicho), yo anhelaba con fervor despertarme, pero todavía me faltaba escuchar cómo la tribuna a mis espaldas me gritaba unánimemente: traidor, vendido, cuánto te pagaron y otras menudencias.

 

En los últimos tiempos mis aventuras nocturnas han siso invadidas por el cine. No por el cine de ahora, tan venido a menos, sino por el de antes, aquél que nos conmovía y se afincaba en nuestras vidas con rostros y actitudes que eran paradigmas. Yo me dedico a soñar con actrices. Y qué actrices: digamos Marilyn Monroe, Claudia Cardinale, Harriet Anderson, Sonia Braga, Catherine Deneuve, Anouk Aimée, Liv Ullmann, Glenda Jackson y otras maravillas. (A los actores, mi Morfeo no les otorga visa.) Como ve, doctor, la mayoría son veteranas o ya no están, pero yo las sueño como aparecían en las películas de entonces. Verbigracia, cuando le digo a Claudia Cardinale, no se trata de la de ahora (que no está mal) sino la de La ragazza con la valiglia, cuando tenía 21. Marilyn, por ejemplo, se me acerca y me dice en un tono tiernamente confidencial: «I don't love Kennedy. I love you. Only you». Sepa usted que en mis sueños las actrices hablan a veces en versión subtitulada y otras veces dobladas al castellano. Yo prefiero los subtítulos, ya que una voz como la de Glenda Jackson o la de Catherine Deneuve son insustituibles.

 

Bueno, en realidad vine a consultarle porque anoche soñé con Anouk Aimée, no la de ahora (que tampoco está mal) sino la de Montparnasse 19, cuando tenía unos fabulosos 26 años. No piense mal. No la toqué ni me tocó. Simplemente se asomó por una ventana de mi estudio y sólo dijo (versión doblada): «Mañana de noche vendré a verte, pero no a tu estudio sino a tu cama. No lo olvides».

 

Como voy a olvidarlo. Lo que yo quisiera saber, doctor, es si los preservativos que compro en la farmacia me servirán en sueños.

 

Porque ¿sabe? no quisiera dejarla embarazada.

 

Mario Benedetti


 

El Elefante Encadenado  

 

Recuentos para Demián

 

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de peso, tamaño y fuerza descomunal…pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.

 

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.

 

El misterio es evidente:

 

¿Qué lo mantiene entonces?

 

Por qué no huye?

 

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.

 

Hice entonces la pregunta obvia:

 

-Si está amaestrado, por qué lo encadenan?

 

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.

 

Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca…y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

 

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca desde que era muy, muy pequeño.

 

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.

 

Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo.

 

La estaca era ciertamente muy fuerte para él.

 

Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía…

 

Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

 

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree, pobre, que NO PUEDE.

 

Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.

 

Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.

 

Jamás…jamás…intentó poner a prueba su fuerza otra vez…  

 

Jorge Bucay


 

ANIMARSE A VOLAR

 

De “Cuentos para pensar”

 

Para Ioshúa que se animó a correr el riesgo y voló... (publicado originalmente en Recuentos para Demián, 1991)

 

 

...Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:

 

-Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.

 

-Pero yo no sé volar – contestó el hijo.

 

-Ven – dijo el padre.

 

Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña.

 

-Ves hijo, este es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Sólo debes pararte aquí, respirar profundo, y saltar al abismo. Una vez en el aire extenderás las alas y volarás...

 

El hijo dudó.

 

-¿Y si me caigo?

 

-Aunque te caigas no morirás, sólo algunos machucones que harán más fuerte para el siguiente intento –contestó el padre.

 

El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida.

 

Los más pequeños de mente dijeron:

 

-¿Estás loco?

 

-¿Para qué?

 

-Tu padre está delirando...

 

-¿Qué vas a buscar volando?

 

-¿Por qué no te dejas de pavadas?

 

-Y además, ¿quién necesita?

 

Los más lúcidos también sentían miedo:

 

-¿Será cierto?

 

-¿No será peligroso?

 

-¿Por qué no empiezas despacio?

 

-En todo casa, prueba tirarte desde una escalera.

 

-...O desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?

 

El joven escuchó el consejo de quienes lo querían.

 

Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó...

 

Desplegó sus alas.

 

Las agitó en el aire con todas sus fuerzas... pero igual... se precipitó a tierra...

 

Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre:

 

-¡Me mentiste! No puedo volar. Probé, y ¡mira el golpe que me di!. No soy como tú. Mis alas son de adorno... – lloriqueó.

 

-Hijo mío – dijo el padre – Para volar hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen.

 

Es como tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar.

 

Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo.

 

Si uno quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando como siempre.

 

Jorge Bucay de Cuentos Para pensar.


 

LA ALEGORÍA DEL CARRUAJE

 

 

Un día de octubre, una voz familiar en el teléfono me dice: -Salí a la calle que hay un regalo para vos.

 

Entusiasmado, salgo a la vereda y me encuentro con el regalo. Es un precioso carruaje estacionado justo, justo frente a la puerta de mi casa. Es de madera de nogal lustrada, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica blanca, todo muy fino, muy elegante, muy "chic". Abro la portezuela de la cabina y subo. Un gran asiento semicircular forrado en pana bordó y unos visillos de encaje blanco le dan un toque de realeza al cubículo. Me siento y me doy cuenta que todo está diseñado exclusivamente para mí, está calculado el largo de las piernas, el ancho del asiento, la altura del techo... todo es muy cómodo, y no hay lugar para nadie más.

 

Entonces miro por la ventana y veo "el paisaje": de un lado el frente de mi casa, del otro el frente de la casa de mi vecino... y digo: "¡Qué bárbaro este regalo! "¡Qué bien, qué lindo...!" Y me quedo un rato disfrutando de esa sensación.

 

Al rato empiezo a aburrirme; lo que se ve por la ventana es siempre lo mismo.

 

Me pregunto: "¿Cuánto tiempo uno puede ver las mismas cosas?" Y empiezo a convencerme de que el regalo que me hicieron no sirve para nada.

 

De eso me ando quejando en voz alta cuando pasa mi vecino que me dice, como adivinándome: -¿No te das cuenta que a este carruaje le falta algo?

 

Yo pongo cara de qué-le-falta mientras miro las alfombras y los tapizados.

 

-Le faltan los caballos - me dice antes de que llegue a preguntarle.

 

Por eso veo siempre lo mismo -pienso-, por eso me parece aburrido.

 

-Cierto - digo yo.

 

Entonces voy hasta el corralón de la estación y le ato dos caballos al carruaje. Me subo otra vez y desde adentro les grito:

 

-¡¡Eaaaaa!!

 

El paisaje se vuelve maravilloso, extraordinario, cambia permanentemente y eso me sorprende.

 

Sin embargo, al poco tiempo empiezo a sentir cierta vibración en el carruaje y a ver el comienzo de una rajadura en uno de los laterales.

 

Son los caballos que me conducen por caminos terribles; agarran todos los pozos, se suben a las veredas, me llevan por barrios peligrosos.

 

Me doy cuenta que yo no tengo ningún control de nada; los caballos me arrastran a donde ellos quieren. Al principio, ese derrotero era muy lindo, pero al final siento que es muy peligroso.

 

Comienzo a asustarme y a darme cuenta que esto tampoco sirve.

 

En ese momento veo a mi vecino que pasa por ahí cerca, en su auto. Lo insulto: -¡Qué me hizo!

 

Me grita:-¡Te falta el cochero!

 

-¡Ah! - digo yo.

 

Con gran dificultad y con su ayuda, sofreno los caballos y decido contratar un cochero. A los pocos días asume funciones. Es un hombre formal y circunspecto con cara de poco humor y mucho conocimiento.

 

Me parece que ahora sí estoy preparado para disfrutar verdaderamente del regalo que me hicieron. Me subo, me acomodo, asomo la cabeza y le indico al cochero a dónde ir.

 

Él conduce, él controla la situación, él decide la velocidad adecuada y elige la mejor ruta.

 

Yo... Yo disfruto el viaje.

 

"Hemos nacido, salido de nuestra casa y nos hemos encontrado con un regalo: nuestro cuerpo.

 

A poco de nacer nuestro cuerpo registró un deseo, una necesidad, un requerimiento instintivo, y se movió. Este carruaje no serviría para nada si no tuviera caballos; ellos son los deseos, las necesidades, las pulsiones y los afectos.

 

Todo va bien durante un tiempo, pero en algún momento empezamos a darnos cuenta que estos deseos nos llegaban por caminos un poco arriesgados y a veces peligrosos, y entonces tenemos necesidad de sofrenarlos. Aquí es donde aparece la figura del cochero: nuestra cabeza, nuestro intelecto, nuestra capacidad de pensar racionalmente.

 

El cochero sirve para evaluar el camino, la ruta. Pero quienes realmente tiran del carruaje son tus caballos.

 

No permitas que el cochero los descuide. Tienen que ser alimentados y protegidos, porque... ¿qué harías sin los caballos? ¿Qué sería de vos si fueras solamente cuerpo y cerebro? Si no tuvieras ningún deseo, ¿cómo sería la vida? Sería como la de esa gente que va por el mundo sin contacto con sus emociones, dejando que solamente su cerebro empuje el carruaje. Obviamente tampoco podes descuidar el carruaje, porque tiene que durar todo el proyecto. Y esto implicará reparar, cuidar, afinar lo que sea necesario para su mantenimiento. Si nadie lo cuida, el carruaje se rompe, y si se rompe se acabó el viaje..."

 

Jorge Bucay

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Amarse con los ojos abiertos

 

 

Quizás la expectativa de felicidad instantánea que solemos endilgarle al vínculo de pareja, este deseo de exultancia, se deba a un estiramiento ilusorio del instante de enamoramiento.

 

Cuando uno se enamora en realidad no ve al otro en su totalidad, sino que el otro funciona como una pantalla donde el enamorado proyecta sus aspectos idealizados.

 

Los sentimientos, a diferencia de las pasiones, son más duraderos y están anclados a la percepción de la realidad externa. La construcción del amor empieza cuando puedo ver al que tengo enfrente, cuando descubro al otro.

Es allí cuando el amor reemplaza al enamoramiento.

 

Pasado ese momento inicial comienzan a salir a la luz las peores partes mías que también proyecto en él. Amar a alguien es el desafío de deshacer aquellas proyecciones para relacionarse verdaderamente con el otro. Este

proceso no es fácil, pero es una de las cosas más hermosas que ocurren o que ayudamos a que ocurran.

 

Hablamos del amor en el sentido de "que nos importa el bienestar del otro".

 

Nada más y nada menos. El amor como el bienestar que invade cuerpo y alma y que se afianza cuando puedo ver al otro sin querer cambiarlo.

 

Más importante que la manera de ser del otro, importa el bienestar que siento a su lado y su bienestar al lado mío. El placer de estar con alguien que se ocupa de que uno esté bien, que percibe lo que necesitamos y disfruta al dárnoslo, eso hace al amor.

 

Una pareja es más que una decisión, es algo que ocurre cuando nos sentimos unidos a otro de una manera diferente. Podría decir que desde el placer de estar con otro tomamos la decisión de compartir gran parte de nuestra vida con esa persona y descubrimos el gusto de estar juntos. Aunque es necesario saber que encontrar un compañero de ruta no es suficiente; también hace falta que esa persona sea capaz de nutrirnos, como ya dijimos, que de hecho sea una eficaz ayuda en nuestro crecimiento personal.

 

Welwood dice que el verdadero amor existe cuando amamos por lo que sabemos que esa persona puede llegar a ser, no solo por lo que es.

"El enamoramiento es más bien una relación en la cual la otra persona no es en realidad reconocida como verdaderamente otra, sino más bien sentida e interpretada como si fuera un doble de uno mismo, quizás en la versión masculina y eventualmente dotada de rasgos que corresponden a la imagen idealizada de lo que uno quisiera ser. En el enamoramiento hay un yo me amo al verme reflejado en vos." Mauricio Abadí.

 

Enamorarse es amar las coincidencias, y amar es enamorarse de las diferencias.

 

 

 

Jorge Bucay del libro: "Amarse con los ojos abiertos"


 

EL OSO

 

 

Esta historia habla de un sastre, un zar y su oso.

 

Un día el zar descubrió que uno de los botones de su chaqueta preferida se había caído.

 

El zar era caprichoso, autoritario y cruel (cruel como todos los que enmarañan por demasiado tiempo en el poder), así que, furioso por la ausencia del botón mandó a buscar a su sastre y ordenó que a la mañana siguiente fuera decapitado por el hacha del verdugo.

 

Nadie contradecía al emperador de todas la Rusias, así que la guardia fue hasta la casa del sastre y arrancándolo de entre los brazos de su familia lo llevó a la mazmorra del palacio para esperar allí su muerte.

 

Cuando, cayo el sol un guardiacárcel le llevó al sastre la última cena, el sastre revolvió el plato de comida con la cuchara­ y mirando al guardiacárcel dijo – Pobre del zar.

 

- El guardiacárcel no puedo evitar reírse - ¿Pobre del zar?, dijo pobre de ti tu cabeza quedará separada de tu cuerpo unos cuantos metros mañana a la mañana.

 

- Si, lo sé pero mañana en la mañana el zar perderá mucho más que un sastre, el zar perderá la posibilidad de que su oso la cosa que más quiere en el mundo su propio oso aprenda a hablar.

 

- ¿Tú sabes enseñarle a hablar a los osos?, preguntó el guardiacárcel sorprendido.

 

- Un viejo secreto familiar... – dijo el sastre.

 

Deseoso de ganarse los favores del zar, el pobre guardia corrió a contarle al soberano su descubrimiento:

 

¡¡El sastre sabía enseñarle a hablar a los osos!!

 

El zar se sintió encantado. Mandó rápidamente a buscar al sastre y le ordenó:

 

-¡¡Enséñale a mi oso a hablar nuestro gustaría complaceros pero la verdad, es que enseñar a hablar a un oso es una ardua tarea y lleva tiempo... y lamentablemente, tiempo es lo que menos tengo...

 

-El zar hizo un silencio, y preguntó ¿cuánto tiempo llevaría el aprendizaje?

 

- Bueno, depende de la inteligencia del oso... Dijo el sastre.

 

- ¡¡El oso es muy inteligente!! – interrumpió el zar

 

– De hecho es el oso más inteligente de todos los osos de Rusia.

 

-Bueno, musitó el sastre... si el oso es inteligente... y siente deseos de aprender... yo creo... que el aprendizaje duraría... duraría... no menos de...... DOS AÑOS.

 

El zar pensó un momento y luego ordenó:

 

- Bien, tu pena será suspendida por dos años, mientras tanto tú entrenarás al oso. ¡Mañana empezarás!

 

- Alteza - dijo el sastre – Si tu mandas al verdugo a ocuparse de mi cabeza, mañana estarán muerto, y mi familia, se las ingeniará para poder sobrevivir. Pero si me conmutas la pena, yo tendré que dedicarle el tiempo a trabajar, no podré dedicarme a tu oso... debo mantener a mi familia.

 

- Eso no es problema – dijo el zar – A partir de hoy y durante dos años tú y tu familia estarán bajo la protección real. Serán vestidos, alimentados y educados con el dinero de la corte y nada que necesiten o deseen, les será negado... Pero, eso sí... Si dentro de dos años el oso no habla... te arrepentirás de haber pensado en esta propuesta... Rogarás haber sido muerto por el verdugo... ¿Entiendes, verdad?.

 

- Sí, alteza.

 

- Bien... ¡¡Guardias!! - gritó el zar –Que lleven al sastre a su casa en el carruaje de la corte, denle dos bolsas de oro, comida y regalos para sus niños. Ya... ¡¡Fuera!!.

 

El sastre en reverencia y caminando hacia atrás, comenzó a retirarse mientras musitaba agradecimientos.

 

- No olvides - le dijo el zar apuntándolo con el dedo a la frente – Si en dos años el oso no habla... – Alteza... -

 

...Cuando todos en la casa del sastre lloraban por la pérdida del padre de familia, el hombre pequeño apareció en la casa en el carruaje del zar, sonriente, eufórico y con regalos para todos.

 

La esposa del sastre no cabía en su asombro. Su marido que pocas horas antes había sido llevado al cadalso volvía ahora, exitoso, acaudalado y exultante...

 

Cuando estuvo a solas el hombre le contó los hechos.

 

- Estás LOCO – chilló la mujer – enseñar a hablar al oso del zar. Tú, que ni siquiera has visto un oso de cerca, ¡Estás, loco!

 

Enseñar a hablar al oso... Loco, estás loco...

 

- Calma mujer, calma. Mira, me iban a cortar la cabeza mañana al amanecer, ahora... ahora tengo dos años... En dos años pueden pasar tantas cosas.

 

En dos años... – siguió el sastre - se puede morir el zar... me puedo morir yo... y lo más importante... por ahí el ¡¡oso habla!!

 

Jorge Bucay


 

 

Galletitas

 

 

A una estación de trenes llega una tarde, una señora muy elegante. En la ventanilla le informan que el tren está retrasado y que tardará aproximadamente una hora en llegar a la estación.

Un poco fastidiada, la señora va al puesto de diarios y compra una revista, luego pasa al kiosco y compra un paquete de galletitas y una lata de gaseosa.

Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén. Mientras hojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente la señora ve, por el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una comienza a comérsela despreocupadamente.

La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer de cuenta que nada ha pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente.

Por toda respuesta, el joven sonríe... y toma otra galletita.

La señora gime un poco, toma una nueva galletita y, con ostensibles señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho.

El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido.

 

Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita. “No podrá ser tan caradura", piensa, y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las galletitas.

Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.

- Gracias! - dice la mujer tomando con rudeza la media galletita.

- De nada - contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad.

El tren llega.

Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: " Insolente”. Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas... ! Intacto!.

 

De Jorge Bucay.


 

EL BUSCADOR

 

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador. Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco esa alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente para quien su vida es una búsqueda.

 

Un día un buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó Kammir, a lo lejos. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada… Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspaso el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos eran los de un buscador, quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción … “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar… Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla decía “Llamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”. El buscador se sintió terrible mente conmocionado. Este hermoso lugar, era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

 

- No ningún familiar – dijo el buscador - ¿Qué pasa con este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de chicos?.

 

El anciano sonrió y dijo: -Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una libreta, como esta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda que fu lo disfrutado…, a la derecha, cuanto tiempo duró ese gozo. ¿ Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?…¿Una semana?, dos?, ¿tres semanas y media?… Y después… la emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿El minuto y medio del beso?, ¿Dos días?, ¿Una semana? … ¿y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? …, ¿y el casamiento de los amigos…?, ¿y el viaje más deseado…?, ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano…?¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?… ¿horas?, ¿días?… Así vamos anotando en la libreta cada momento, cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido.

 

Jorge Bucay


 

La cobija

 

Don Roque era ya un anciano cuando murió su esposa, durante largos años había trabajado con ahínco para sacar adelante a su familia.

Su mayor deseo era ver a su hijo convertido en un hombre de bien, respetado por los demás, ya que para lograrlo dedicó su vida y su escasa fortuna.

 

A los 70 años Don Roque se encontraba sin fuerzas, sin esperanzas, solo y lleno de recuerdos.

 

Esperaba que su hijo, brillante profesional, le ofreciera su apoyo y comprensión, pero veía pasar los días sin que este apareciera y decidió por primera vez en su vida pedir un favor a su hijo.

 

Don Roque toco la puerta de la casa donde vivía su hijo con su familia.

 

- Hola papá!

 

-          Que milagro que vienes por aquí!

- Ya sabes que no me gusta molestarte, pero me siento muy solo, además estoy cansado y viejo.

- Pues a nosotros, nos da mucho gusto que vengas a visitarnos, ya sabes que esta es tu casa.

- Gracias hijo, sabía que podía contar contigo, pero temía ser un estorbo. Entonces, ¿no te molestaría que me quedara a vivir con ustedes? - Me siento tan solo!.

- ¿Quedarte a vivir aquí?, si..... claro...... pero no se si estarías a gusto, tú sabes, la casa es chica mi esposa es muy especial..... y luego los niños....

- Mira hijo, si te causo muchas molestias olvídalo, no te preocupes por mí, alguien me tendera la mano.

- No padre no es eso, solo que.... no se me ocurre donde podrías dormir.

No puedo sacar a nadie de su cuarto, mis hijos no me lo perdonarían.... o solo que no te moleste dormir en el patio...

- Dormir en el patio está bien.

 

El hijo de Don Roque llamó a su hijo Luis de 12 años.

 

- Dime papá.

- Mira tu abuelo se quedara a vivir con nosotros. Tráele una cobija para que se tape en la noche.

- Si con gusto..... y ¿dónde va a dormir?

- En el patio, no quiere que nos incomodemos por su culpa.

- Luis subió por la cobija, tomó unas tijeras y la cortó en dos.

 

En ese momento llegó su padre.

 

- ¿Que haces Luis? ¿Por que cortas la manta de tu abuelo?

- Sabes papá, estaba pensando.....

- Pensando ¿en qué?.- En guardar la mitad de la cobija para cuando tú seas viejo y vayas a vivir a mi casa....

 

      Jorge Bucay 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Intentaré ser Fresia

 

 

Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.

 

El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino.

Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa.

La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, una Fresia, floreciendo y más fresca que nunca.

 

El rey preguntó:

- ¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?

- No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresias. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: "Intentaré ser Fresia de la mejor manera que pueda".

 

Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mírate a vos mismo.

No hay posibilidad de que seas otra persona.

Podes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por vos, o podes marchitarte en tu propia condena...

 

 Jorge Bucay  


 

CELEBRACIÓN DE LA FANTASÍA

 

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había despedido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, por que la estaba usando en no sé que aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

 

Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.

 

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

 

-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo

 

-Y anda bien -le pregunté

 

-Atrasa un poco -reconoció.

 

Eduardo Galeano


 

 

La función del arte 1 

 

 

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

 

Viajaron al sur.

 

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

 

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

 

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

 

—¡Ayúdame a mirar!

 

Eduardo Galeano


 

 

La dignidad del Arte

 

 

Yo escribo para quienes no pueden leerme. Los de abajo, los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia, no saben leer o no tienen con qué.

Cuando me viene el desánimo, me hace bien recordar una lección de dignidad del arte que recibí hace años, en un teatro de Asis, en Italia. Habíamos ido con Helena a ver un espectáculo de pantomima, y no había nadie. Ella y yo éramos los únicos espectadores. Cuando se apagó la luz, se nos sumaron el acomodador y la boletera.

Y, sin embargo, los actores, más numerosos que el público, trabajaron aquella noche como si estuvieran viviendo la gloria de un estreno a sala repleta. Hicieron su tarea entregándose enteros, con todo, con alma y vida; y fue una maravilla.

Nuestros aplausos retumbaron en la soledad de la sala.

Nosotros aplaudimos hasta despellejarnos las manos.

 

 

Eduardo Galeano


 

 

 

Para la cátedra de Literatura

 

 

Enrique Buenaventura estaba bebiendo ron en una taberna de Cali, cuando un desconocido se acercó a la mesa. El hombre se presentó, era de oficio albañil, a sus órdenes, para servirlo:

 

­Necesito que me escriba una carta. Una carta de amor.

­¿Yo?

­Me han dicho que usted puede.

Enrique no era especialista, pero hinchó el pecho. El albañil aclaró que él no era analfabeto:

­Yo puedo escribir. Pero una carta así, no puedo.

 

­¿Y para quién es la carta?

­Para... ella.

­¿Y usted qué quiere decirle?

­Si lo sé, no le pido.

Enrique se rascó la cabeza.

Esa noche, puso manos a la obra.

Al día siguiente, el albañil leyó la carta:

­Eso ­dijo, y le brillaron los ojos­. Eso era. Pero yo no sabía que era eso lo que yo quería decir.

 

 

 

Eduardo Galeano


 

 

 LOS DIOSES

 

Llevábamos nueve años en la costa catalana y ya nos íbamos, faltaban dos o tres días para el fin del exilio, cuando la playa amaneció toda cubierta de nieve. El sol encendía la nieve y alzaba, a la orilla de la mar, un gran fuego blanco que hacía llorar los ojos.

Era muy raro que nevara en la playa. Yo nunca lo había visto, y sólo algún viejo vecino del pueblo recordaba algo parecido, de tiempos remotos.

Se veía muy contenta la mar, lamiendo aquel inmenso helado, y esa alegría de la mar y esa blancura radiante fueron mis últimas imágenes de Calella de la Costa.

Yo quise responder a despedida tan bella, pero no se me ocurrió nada. Nada que hacer, nada que decir.

Nunca he sido bueno para los adioses.

 

 

 

Eduardo Galeano 


 

La puerta

 

 

A Carlos, que después de esta historia, ya en plena democracia, volvió a prisión por el delito de ser periodista.

 

En una barraca, por pura casualidad, Carlos Fasano encontró la puerta de la celda donde había estado preso.

 

Durante la dictadura militar uruguaya, él había pasado seis años conversando con un ratón y con esa puerta de la celda número 282. El ratón se escabullía y volvía cuando quería, pero la puerta estaba siempre. Carlos la conocía mejor que la palma de su mano. No bien la vio, reconoció los tajos que él había cavado con la cuchara, y las manchas, las viejas manchas de la madera, que eran los mapas de los países secretos adonde él había viajado a lo largo de cada día de encierro.

 

Esa puerta y las puertas de todas las otras celdas fueron a parar a la barraca que las compró, cuando la cárcel se convirtió en shopping center. El centro de reclusión pasó a ser un centro de consumo y ya sus prisiones no encerraban gente, sino trajes de Armani, perfumes de Dior y videos de Panasonic.

 

Cuando Carlos descubrió su puerta, decidió quedársela. Pero las puertas de las celdas se habían puesto de moda en Punta del Este, y el dueño de la barraca exigió un precio imposible. Carlos regateó y regateó hasta que por fin, con la ayuda de algunos amigos, pudo pagarla. Y con la ayuda de otros amigos, pudo llevarla: más de un musculoso fue necesario para acarrear aquella mole de madera y hierro, invulnerable a los años y a las fugas, hasta la casa de Carlos, en las quebradas de Cuchilla Pereira.

 

Allí se alza, ahora, la puerta. Está clavada en lo alto de una loma verde, rodeada de verderías, de cara al sol. Cada mañana el sol ilumina la puerta, y en la puerta el cartel que dice: Prohibido cerrar.

 

 

Eduardo Galeano


 

 

 

 

El Mundo

 

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó.

Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso -reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

 

Eduardo Galeano


 

 

El diagnóstico y la terapeuta

 

El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas. A los enfermos, cualquiera nos reconoce.

Hondas ojeras nos delatan que jamás dormimos, despabilados noche tras noche por los abrazos, o por la ausencia de los abrazos, y padecemos fiebres devastadoras y sentimos una irresistible necesidad de decir estupideces.

El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la sopa o el trago. Se puede provocar, pero no se puede impedir. No lo impide el agua bendita, ni lo impide el polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada. El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las brujas. No hay decreto de gobierno que pueda con él, ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen, en los mercados, infalibles brebajes con garantía y todo.

 

Eduardo Galeano


 

 

 

PALABRAS

 

 

Hace unos 15 millones de años, según dicen los entendidos, un huevo incandescente estalló en medio de la nada y dio nacimiento a los cielos y a las estrellas y a los mundos.

 

Hace unos 4 mil o 4 mil 500 millones de años, años mas años menos, la primera célula bebió el caldo del mar, y le gustó, y se duplicó para tener a quien convidar el trago.

 

Hace unos dos millones de años, la mujer y el hombre, casi monos, se irguieron sobre sus patas y alzaron los brazos y se entraron, y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse, cara a cara, mientras estaban en eso.

 

Hace unos 450 mil años, la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego, que los ayudo a defenderse del invierno.

 

Hace unos 300 mil años, la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras y creyeron que podían entenderse.

 

Y en eso estamos, todavía: queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frío, buscando palabras....

 

Eduardo Galeano


 

 

La desmemoria/4

 

 

CHICAGO está llena de fábricas. Hay fábricas hasta en pleno centro de la ciudad, en torno al edificio más alto del mundo. Chicago está llena de fábricas, Chicago está llena de obreros.

Al llegar al barrio de Heymarket, pido a mis amigos que me muestren el lugar donde fueron ahorcados, en 1886, aquellos obreros que el mundo entero saluda cada primero de mayo.

-Ha de ser por aquí -me dicen. Pero nadie sabe.

Ninguna estatua se ha erigido en memoria de los mártires de Chicago en la ciudad de Chicago. Ni estatua, ni monolito, ni placa de bronce, ni nada.

El primero de mayo es el único día verdaderamente universal de la humanidad entera, el único día donde coinciden todas las historias y todas las geografías, todas las lenguas y las religiones y las culturas del mundo; pero en los Estados Unidos, el primero de mayo es un día cualquiera. Ese día, la gente trabaja normalmente, y nadie, o casi nadie, recuerda que los derechos de la clase obrera no han brotado de la oreja de una cabra, ni de la mano de Dios o del amo.

Tras la inútil exploración de Heymarket, mis amigos me llevan a conocer la mejor librería de la ciudad. Y allí, por pura curiosidad, por pura casualidad, descubro un viejo cartel que está como esperándome, metido entre muchos otros carteles de cine y música rock.

El cartel reproduce un proverbio del Africa: Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador.

 

 

 

Eduardo Galeano


 

 

La yerba mate

 

La luna se moría de ganas de pisar la tierra.

Quería probar las frutas y bañarse en algún río.

Gracias a las nubes, pudo bajar. Desde la puesta del

 sol hasta el alba, las nubes cubrieron el cielo para que nadie

advirtiera que la luna faltaba.

Fue una maravilla la noche en la tierra. La luna  paseó por la selva

del alto Paraná, conoció misteriosos aromas y  sabores y nado

largamente en el río. Un viejo labrador la salvo dos  veces. Cuando el jaguar iba a clavar sus dientes en el cuello de la  luna, el viejo

degolló a la fiera con su cuchillo; y cuando la luna  tuvo hambre la llevo a su casa. "Te ofrecemos nuestra pobreza",  dijo la mujer del

labrador, y le dio unas tortillas de maíz.

A la noche siguiente, desde el cielo, la luna se asomó a la casa de

sus amigos. El viejo labrador había construido su  choza en un claro

de la selva, muy lejos de las aldeas. Allí vivía,  como en un exilio,

con su mujer y su hija.

La luna descubrió que en aquella casa no quedaba nada que comer. Para ella habían sido las últimas tortillas de maíz.

 Entonces iluminó el lugar con la mejor de sus luces y pidió a las nubes  que dejasen caer, alrededor de la choza, una llovizna muy especial.

Al amanecer en esa tierra habían brotado unos árboles desconocidos.

Entre el verde oscuro de las hojas, asomaban las flores blancas.

Jamás murió la hija del viejo labrador. Ella es la  dueña de la yerba

mate y anda por el mundo ofreciéndola a los demás.

La yerba mate despierta a los dormidos, corrige a los haraganes y

 hace hermanas a las gentes que no se conocen.

 

Eduardo Galeano

 


 

 

TRES HISTORIAS

 

 

1935, Buenos Aires: Alfonsina.

 

A la mujer que piensa se le secan los ovarios. Nace mujer para producir

leche y lágrimas, no ideas; y no para vivir la vida sino para espiarla

detrás de las ventanas a medio cerrar. Mil veces se lo han explicado y

Alfonsina Storni nunca lo creyó.

Sus versos mas difundidos protestan contra el hombre enjaulador.

Cuando hace años llegó a Buenos Aires desde las provincias , Alfonsina

traia unos viejos zapatos de tacones torcidos y en el vientre un hijo sin

padre legal. En esta ciudad trabajo en lo que hubiera; y robaba

formularios del telégrafo para escribir sus tristezas. Mientras pulía

palabras, verso a verso, noche a noche, cruzaba los dedos y besaba las

barajas que le anunciaban viajes, herencias y amores.

El tiempo ha pasado, casi un cuarto de siglo; y nada le regalo la suerte.

Pero peleando a brazo partido Alfonsina ha sido capaz de abrirse paso

en el masculino mundo. Su cara de ratona traviesa nunca falta en las fotos

que congregan a los escritores argentinos mas ilustres.

Este año, en el verano supo que tenia cáncer. Desde entonces escribe

poemas que hablan del abrazo del mar y de la casa que la espera allá en

el fondo, en la avenida de las madréporas.

 

1935, Buenos Aires: Evita.

 

Parece una flaquita del montón, paliducha, ni fea ni linda, que usa ropa

de segunda mano y repite sin chistar las rutinas de la pobreza. Como todas

vive prendida a los novelones de la radio, los domingos va al cine y sueña

con ser Norma Shearer y todas las tardecitas, en la estación del pueblo,

mira pasar el tren hacia Buenos Aires.

Pero Eva Duarte esta harta: trepa al tren y se larga.

 

Esta chiquilina no tiene nada. No tiene padre ni dinero; no es dueña de

ninguna cosa. Ni siquiera tiene una memoria que la ayude. Desde que

nació en el pueblo de los Toldos, hija de madre soltera, fue condenada a

la humillación, y ahora es una nadie entre los miles de nadies que los

trenes vuelcan cada día en Buenos Aires, multitud de provincianos de pelo

chuzo y piel morena, obreros y sirvientas que entran en la boca de la

ciudad y son por ella devorados: durante la semana Buenos Aires los

mastica y los domingos escupe los pedazos.

A los pies de la gran mole arrogante, altas cumbres de cemento, Evita se

paraliza. El pánico no la deja hacer otra cosa que estrujarse las manos,

rojas de frío y llorar. Después se traga las lágrimas , aprieta los

dientes, agarra fuerte la valija de cartón y se hunde en la ciudad.

 

 

1916, Buenos Aires: Isadora.

 

Descalza, desnuda, apenas envuelta en la Bandera Argentina , Isadora

Duncan baila el Himno Nacional.

Una noche comete esa osadía, en un café de estudiantes de Buenos

Aires y a la mañana siguiente todo el mundo lo sabe: el empresario

rompe el contrato, las buenas familias devuelven sus entradas al Teatro

Colon y la prensa exige la expulsión inmediata de esta pecadora

norteamericana que ha venido a la Argentina a mancillar los símbolos patrios.

 

Isadora no entiende nada. Ningún francés protestó cuando ella bailó la

Marsellesa con un chal rojo, azul y blanco por todo vestido. Si se puede

bailar una emoción, si se puede bailar una idea,

¿por que no se puede bailar un himno?.

La libertad ofende . Mujer de ojos brillantes, Isadora es enemiga

declarada de la escuela tradicional , el matrimonio, la danza clásica, y

de todo lo que enjaule al viento. Ella baila porque bailando goza, y baila lo

que quiere, cuando quiere y como quiere, y las orquestas callan ante la

música que nace de su cuerpo.

 

 

 

Mujeres por Eduardo Galeano.


 

AYER

 

 

Tuvo que pasar mucho tiempo para que me diera cuenta de que el viento había cesado, de que la palidez de la luna iluminaba una estrecha franja del cuarto, alargando la silueta de los objetos más próximos a la ventana. Desde mi rincón intuí, más que vi, la vaga forma de un espejo; la forma inconcreta de un mueble cualquiera consiguió llenarme de congoja, dejándome la sensación de vacío que aún hoy puedo sentir de vez en cuando. Al tiempo de levantarme, un pesado cenicero se volcó sobre la mesa. No me preocupé por limpiar nada.

 

Tampoco quise mirar por encima del hombro cuando atravesé aquella puerta.

 

La mañana siguiente fue especialmente desagradable en todos sus aspectos. La sensación de fracaso que me inundaba, al mismo tiempo contribuía a desorientarme y a afianzar la pálida melancolía que se iba apoderando de mi persona. De una manera un tanto mecánica entablé de nuevo relaciones forzadas con la vida, ocupándome de los rutinarios quehaceres domésticos con desgana. Tuve con demasiada lucidez la sensación de que, antes de limpiarlo de nuevo, el polvo acumulado sobre los muebles ya lo había visto antes, de una manera idéntica; el simétrico vuelo del ave que rompió la pulida superficie de un espejo, apenas vislumbrado de reojo en una fracción de segundo, me recordó lo ya sucedido. No obstante, decidí olvidarlo todo y releí, pues tuve tiempo para ello, un viejo relato de London, que me dejó insatisfecho en medio de esa estúpida sensación que los acontecimientos presentidos dejan por algún tenebroso rincón del inconsciente. Como en un sueño dirigí mis pasos esa jornada repetida, pues poco a poco empecé a darme cuenta de lo que estaba sucediendo. Algo vago como un presentimiento se hizo al fin hueco en mi pecho. Y comencé a preocuparme.

 

Hacia mediodía consumí los mismos alimentos que en la precedente había engullido, sin hambre; bebí los mismos caldos; me derrumbé en la cama de la misma manera desconsolada y cansina; me levanté una media hora más tarde, con la misma sensación de ahogo que en la víspera me aprisionó la garganta; las mismas lágrimas bañaron mi rostro entonces, pues sabía con claridad estremecedora a lo que estaba abocado.

 

Decidí salir a la calle y romper así la simetría. Pero no pude hacerlo. Recordé los desesperados esfuerzos que todo eso me había costado en otro momento, hacía veinticuatro horas justas. Una y otra vez regresé a esa puerta cerrada, aunque de sobra sabía que jamás llegaría a franquearla. En mi desesperación, cogí el teléfono; lo colgué sin hacer llamada alguna; volví a la puerta, al teléfono, con el abatimiento del tigre enjaulado, con el abandono de la falta de fuerzas ante lo que se sabe ineludible. Pensé en saltar por la ventana, pero me di cuenta de que ya lo había pensado y de que me iba a ser del todo imposible hallar una solución no sopesada con anterioridad, en ese cuarto, en esa jaula idéntica de tiempo repetido. Por último, me relajé en mi asiento y fui testigo de la caída de la tarde. Era miércoles, veinticinco de enero. Una fría luz difuminada, como corresponde a esa época del año, se agolpaba en la sala. Los muebles en el cuarto se tornaron con el tiempo fantasmales, atenuándose de una manera ilógica, hasta que desapareció por completo su aparente consistencia. Ni siquiera me molesté en dar las luces de la casa.

 

Hacia las doce una fuerte brisa comenzó a sacudir todos los cristales del edificio, haciendo que me estremeciera en el asiento. El fuego no se había encendido en todo el día, y por lo tanto el frío se había alojado junto a mi persona. Supe que jamás alcanzaría las cerillas sobre la repisa de la chimenea; que todos mis actos iban a ser duplicados exactos aquella noche de esa otra; que no me levantaría hasta pasadas las cuatro de la madrugada y que, para entonces, tendría que haber pasado mucho tiempo para que me diera cuenta de que el viento había cesado, de que la palidez de la luna iluminaría una estrecha franja del cuarto, alargando la silueta de los objetos más próximos a la ventana. Desde mi rincón intuiría la vaga forma de un espejo; la forma inconcreta de un mueble cualquiera conseguiría llenarme de congoja, dejándome la sensación de vacío que aún hoy puedo sentir de vez en cuando.

 

Al tiempo de levantarme, un pesado cenicero se volcaría sobre la mesa. No me preocuparía por limpiar nada. Tampoco miraría por encima del hombro, cuando atravesara aquella puerta...

 

Eladio Bulnes Jiménez – España


 

EL SENDERO DEL MAGO

 

El más puro de los caballeros que sirvió a Arturo fue Galahad, a pesar de tener en común con el rey el hecho de haber sido concebido fuera del matrimonio.

Aunque el hecho de que Galahad fuese hijo natural de Lancelot, no conllevaba estigma alguno, cuando llego el día en que debía convertirse en paladín de una dama de la corte, el rey Arturo se opuso y manifestó su descontento.

 

- "No permitiré que seas el paladín de ninguna dama noble", declaró Arturo.

Galahad se ruborizó y tartamudeó:- "Pero mi señor, todo caballero debe servir a una dama para demostrarle la pureza de su amor".

 

"¿Qué sabes tú del amor?" Preguntó Arturo de una manera tan incisiva que Galahad se ruborizó todavía más intensamente. "Si estás tan ansioso de luchar por una dama, te presentaré a tres para que escojas".

 

El rey mandó llamar inmediatamente a Margaret, una vieja lavandera de cabello cano y con verrugas en la nariz. "¿Le servirás a ella por amor, gentil caballero?, -le preguntó Arturo. La confusión de Galahad fue enorme. "No comprendo mi señor" murmuró.

 

Arturo lo miró fijamente e hizo salir a la mujer. "Traigan a otra", ordenó. Esta vez trajeron a una niña recién nacida. "Si Margaret te pareció demasiado vieja y fea, entonces ¿Qué piensas de esta dama? Es de noble cuna y no puedes negar su hermosura". Aunque no había duda de que la niña era muy hermosa, la confusión de Galahad, iba en aumento. Sacudió la cabeza.

 

"Este amor del que hablas es un amor difícil de complacer" dijo Arturo. Mandó llamar a una tercera dama, y esta vez entró Arabela, una preciosa niña de doce años. Galahad la miró y trato de reprimir la ira. "Mi señor, es apenas una jovencita y mi media hermana", dijo.

 

"Pediste una dama a la cual servir" dijo Arturo, "y he sido lo bastante generoso como para presentarte a tres. Ahora debes decidir".

 

Galahad, estaba aturdido. "¿Por qué te burlas de mí, de ese modo?", preguntó.

 

Arturo hizo un gesto con la mano, y en pocos minutos, salió todo el mundo del gran salón y ellos dos quedaron solos. "No me burlo de ti", le dijo. "Trato de mostrarte algo que aprendí de mi maestro Merlín".

 

Galahad alzó los ojos y vio que el ceño de Arturo se había suavizado. "Mis caballeros dicen servir a sus damas por amor", prosiguió el rey, "y, a pesar de sus votos de amar castamente, la mayoría de las veces sienten pasión por aquellas a quienes sirven, ¿no es verdad?, Galahad asintió. "Y cuanto más grande es su pasión por las damas, mayor es su celo de servirles, ¿verdad?, preguntó Arturo. El joven caballero asintió de nuevo. "Merlín me enseñó otra forma de amar", dijo Arturo. "Piensa en la anciana, en la niña recién nacida y en la jovencita que es tu hermana. Todas ellas son manifestaciones de lo femenino, y en la medida en que esas formas cambian, lo que llamas amor, cambia con ellas. Cuando dices que estás enamorado, lo que realmente estás diciendo es que has satisfecho una imagen que llevas dentro.

 

"Así es como comienza el apego, con la inclinación por una imagen. Podrías afirmar que amas a una mujer, pero si ella llegara a traicionarte con otro hombre, tu amor se trocaría en odio. ¿Por qué? Porque tu imagen interior ha sido mancillada y, puesto que ésa era la imagen que amabas, el hecho de que haya sido traicionada, te provoca ira".

 

"¿Qué puedo hacer al respecto?", preguntó Galahad. "Mira más allá de tus emociones, las cuales cambiarán constantemente y pregúntate que hay detrás de la imagen. Las imágenes son fantasías que existen para protegernos de algo que no deseamos enfrentar. En este caso se trata del vacío. A falta de amor por ti mismo, creas una imagen para tapar el vacío. De allí, el intenso dolor que causa un rechazo o una traición en el amor, porque deja expuesta la herida abierta de tu propia necesidad".

 

"El amor, es considerado como algo muy hermoso y elevado", se lamentó

 

Galahad, "no obstante, tú lo haces sonar como algo horrible".

 

Arturo sonrió. "Lo que suele considerarse amor, puede tener consecuencias terribles, pero ese no es el final de la historia. El amor tiene un secreto. Merlín me lo contó hace muchos años, como yo te lo confío ahora: Cuando puedas amar a una anciana, a una niña y a una jovencita de la misma manera, serás libre para amar más allá de la forma. Entonces se desatará dentro de ti la esencia del amor, que es una fuerza universal. Y dejarás de sentir apego -el llamado silencioso, al cual obedece el amor".

 

Deepak Chopra

 

 


 

EL LADO OSCURO DEL CORAZÓN

 

 

No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija.

 

Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! - y en esto soy irreductible no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretenden seducirme!

 

Esta fue - y no otra - la razón de que me enamorase tan locamente, de María Luisa.

 

¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?

 

¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?

 

¡María Luisa era una verdadera pluma!

 

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa.

 

Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...

 

¡Con que impaciencia yo esperaba que volviese, volando de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. "¡María Luisa! ¡María Luisa!... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

 

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.

 

¡Que delicia la de tener una mujer tan ligera... aunque nos haga ver, de vez en cuando las estrellas! ¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... la de pasarse las noches de un solo vuelo!

 

Después de conocer a una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

 

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en conseguirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar.

 

Oliverio Girondo


 

 

Me encanta Dios

 

 

Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe de manos.

 

Nos ha enviado algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo-, la vida, sea para siempre.

 

Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.

 

A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso, que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes!

 

Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.

 

Mueve una mano y hace el mar, y mueve otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.

 

Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -se agita y crece- cuando Dios se aleja.

 

Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de la luz, el manantial que soy.

 

A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.

 

Jaime Sabines – México

 

Casa tomada

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse.

Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mi se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No se porque tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mi, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fé en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mi se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte mas retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo mas estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble como se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

 

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mi me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa mas de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba mas tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

 

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy.

Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios. Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos mas alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían mas fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

 

Julio Cortázar

 

 

LAZOS DE FAMILIA

 

Odian de tal manera a la tía Angustias que se aprovechan hasta de las vacaciones para hacérselo saber. Apenas la familia sale hacia diversos rumbos turísticos, diluvio de tarjetas postales en Agfacolor, en Kodachrome, hasta en blanco y negro si no hay otras a tiro, pero todas sin excepción recubiertas de insultos. De Rosario, de San Andrés de Giles, de Chivilcoy, de la esquina de Chacabuco y Moreno, los carteros cinco o seis veces por día a las puteadas, la tía Angustias feliz. Ella no sale nunca de su casa, le gusta quedarse en el patio, se pasa los días recibiendo las tarjetas postales y está encantada.

 

Modelos de tarjetas: "Salud, asquerosa, que té parta un rayo, Gustavo". "Te escupo en el tejido, Josefina". "Que el gato te seque a meadas los malvones, tu hermanita". Y así consecutivamente.

 

La tía Angustias se levanta temprano para atender a los carteros y darles propinas. Lee las tarjetas, admira las fotografías y vuelve a leer los saludos. De noche saca su álbum de recuerdos y va con mucho cuidado la cosecha del día, de manera que se puedan ver las vistas pero también los saludos. "Pobres ángeles, cuántas postales me mandan", piensa la tía Angustias, "ésta con la vaquita, esta con la iglesia, aquí el lago Traful, aquí el ramo de flores", mirándolas una a una enternecida y clavando alfileres en cada postal, cosa de que no vayan a salirse del álbum, aunque eso sí clavándolas siempre en las firmas vaya a saber por qué.

 

Julio Cortázar


 

Instrucciones para llorar

 

 

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.

 

Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.

 

Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

 

 

 

 

           Julio Cortazar


 

Continuidad de los parques

 

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en sillón leyendo una novela.

 

 Julio Cortázar


 

 

Aplastamiento de las gotas

 

 

Yo no sé, mirá, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana, se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga, ya es una gotaza que cuelga majestuosa y de pronto zup ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.

 

Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran, me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

 

Julio Cortázar


 

El almohadón de plumas

 

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. El, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

 

Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

 

La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

 

En ese extraño nido de amor, Alicia paso todo el otoño. No obstante había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

 

No es raro adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de su marido. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó muy lento la mano por la cabeza, y A1icia rompió enseguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aun quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni pronunciar una palabra.

 

Fue ese del último día en que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole cama y descanso absolutos.

-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de la calle con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico. Y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme en seguida.

 

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable, Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muere. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin que se oyera a el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, deteniéndose un instante en cada extremo a mirar a su mujer.

 

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

- ¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia lanzó un alarido de horror.

- ¡Soy yo, Alicia, soy yo!

 

Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola por media hora, temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella sus ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor, mientras ellos pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio, y siguieron al comedor.

-Psí... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... Poco hay que hacer.

-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

 

Alicia fue extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde, pero remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas oleadas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama ni en que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaban ahora en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama, y trepaban dificultosamente por la colcha.

 

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el sordo retumbo de los eternos pasos de Jordán.

 

Alicia murió, por fin. La sirvienta, cuando entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente y se dobló sobre aquél. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

-Levántelo a la luz -le dijo Jordán. La sirvienta lo levantó pero en seguida lo dejó caer y se quedó mirando a aquí, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

-¿Qué hay? -murmuró con voz ronca.

-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

 

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchada que apenas se le pronunciaba la boca.

 

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón sin duda había impedido al principio su desarrollo; pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

 

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlo en los almohadones de plumas.

 

Horacio Quiroga


 

PUÑADOS DE POLVO

 

De “El cántaro fresco”

 

Por la persiana entornada entra al comedor en penumbra, un rayo de sol matinal. Y por la misma rendija sale a la calle, oblicua hacia arriba, una banda ancha y dorada de moléculas. Parece una legión de bailarines, pues, mirando atentamente, veo que cada uno de los puntitos rubios gira de una manera vertiginosa sobre sí mismo. Si yo supiera física, ¡cuantas observaciones podría hacer ahora! Pero no sé nada más que imaginar y soñar. Y miro con envidia a esa banda de átomos que se va a correr el mundo, llevándose quizás el secreto de todas mis intimidades. ¡Oh granitos de polvo que vais a ver lo que yo no he de mirar jamás: bosques, mares, ciudades, templos, auroras boreales, maravillas! De soplo en soplo, de ráfaga en ráfaga, recorréis la tierra, sorprenderéis el secreto de mil mujeres, y cuando el viento os vuelva a traer otra vez a este lugar, quizás haya transcurrido un gran montón de siglos. Yo no seré ya más que un puñadito de polvo amarillo. Y entonces me iré a danzar y a correr por el mundo con vosotros.

 

Juana de Ibarborou


 

VESTIDOS NUEVOS

 

De “El cántaro fresco”

 

Creo a veces que las plantas son como las mujeres: les gusta cambiar de traje. Por eso en Otoño arrojan al suelo todas sus hojas amarillas y en Primavera se cubren de brotes brillantes. ¡Es que, de veras, es tan lindo ponerse un vestido nuevo! Y las acacias se adornan de moños blancos, los aromas de lunares de oro, los plátanos de borlitas verdes y los miosotis, como "Piel de Asno", le piden al hada de las flores un vestido hecho de cielo. ¡Hasta los cardos, tan ásperos, sienten despertar su coquetería y se prenden entre las duras greñas un penacho azul! ¡Me río yo de los botánicos que quieren explicar gravemente los fenómenos de la florescencia y de la vegetación! ¡Si al brotar y al florecer las plantas no obedecen a otro impulso más que al deseo de ponerse un bonito vestido nuevo! Por eso, también, crecen con preferencia en torno de las acequias, de los estanques, de los arroyuelos: para tener un espejo en que mirarse.

 

Juana de Ibarborou


 

La casa de los mil espejos

 

Hace tiempo, en un lejano pueblo, había una casa abandonada.

 

Cierto día, un cachorro, buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero en el portón de la residencia. Subió lentamente las viejas escaleras de madera hasta que se topó con una puerta semi-abierta: y se adentró en el cuarto, cautelosamente.

Con gran sorpresa, se dio cuenta que dentro de esa habitación había mil perritos más observándolo tan fijamente como él a ellos, y vio asombrado que todos los cachorros comenzaron a mover la cola, exactamente en el momento en que él manifestó alegría.

Luego ladró festivamente a uno de ellos y el conjunto de canes le respondió de manera orquestada, idéntica. Todos sonreían y latían como él.

Cuando se retiró del cuarto se quedó pensando en lo agradable que le había resultado conocer el lugar y se dijo: " Volveré más seguido por aquí."

Pasado un tiempo, otro perro callejero ingresó al mismo ambiente. A diferencia del primer visitante al ver a todos los congéneres del cuarto, se sintió amenazado, ya que lo miraban de manera agresiva, con desconfianza.

Empezó a gruñir; y vio, maravillado, como los otros mil perritos hacían lo mismo que él.

Comenzó a ladrarles y los otros también hicieron lo mismo ruidosamente.

Cuando salió del cuarto pensó: "Que lugar tan horrible es este. Nunca regresaré."

Ninguno de los canes exploradores alcanzaron a reparar en el letrero instalado en el frente de la misteriosa mansión": "La casa de los mil

espejos."

 

Los rostros que observamos del mundo son espejos. Tu mirada es todo lo que consigues obtener de la realidad. Cada percepción demuestra las posibilidades de proyección y de captación que nos permitimos.

Las cosas más bellas de la vida no se ven, se captan con el corazón.

Si las puertas de la percepción estuviesen totalmente abiertas descubriríamos que navegamos en el infinito. Como están semi-cerradas, la vida, al igual que el eco, o el espejo, nos devuelve lo que hacemos. La visita por la casa terráquea es muy fugaz.

Consigue un espejo, sonríele al personaje que aparece y no te enojes no te asustes si te contesta con una divina carcajada.

 

 

 

Enrique Mariscal de "Cuentos para regalar (a dioses)"

"El Corcho"

 

          Hace años, un inspector visitó una escuela primaria.

 

En su recorrida observó algo que le llamó la atención: una maestra estaba atrincherada atrás de su escritorio, los alumnos hacían un gran desorden; el cuadro era caótico.

 

          Decidió presentarse:

 

          "Permiso, soy el inspector de turno ...¿Algún problema?"

 

          "Estoy abrumada señor, no se qué hacer con estos chicos... No tengo láminas, el ministerio no me manda material didáctico, no tengo nada nuevo que mostrarles ni qué decirles ..."

 

          El inspector que era un "Docente de Alma", vio un corcho en el desordenado escritorio, lo tomó y con aplomo se dirigió a los chicos:

 

           ¿Qué es esto? " Un corcho señor "...gritaron los alumnos sorprendidos.

 

          "Bien, ¿De dónde sale el corcho?".

 

           "De la botella señor. Lo coloca una máquina...", "del alcornoque... de un árbol"... "de la madera...", respondían animosos los niños.

 

           "¿Y qué se puede hacer con madera?", continuaba entusiasta el docente.

 

           "Sillas...", "una mesa...", "un barco! ". Bien, tenemos un barco.

 

          ¿Quién lo dibuja? ¿Quién hace un mapa en el pizarrón y coloca el puerto más cercano para nuestro barquito?

 

          Escriban a qué provincia argentina pertenece.

 

         ¿Y cuál es el otro puerto más cercano?

         ¿A qué país corresponde? ¿Qué poeta conocen que allí nació? ¿Qué produce esta región? ¿Alguien recuerda una canción de este lugar? Y comenzó una tarea de geografía, de historia, de música, economía, literatura, religión, etc.

 

          La maestra quedó impresionada. Al terminar la clase le dijo conmovida:

 

          "Señor nunca olvidaré lo que me enseño hoy. Muchas Gracias."

 

          Pasó el tiempo. El inspector volvió a la escuela y buscó a la maestra.

 

          Estaba acurrucada atrás de su escritorio, los alumnos otra vez en total desorden...

     

         "Señorita... ¿Qué pasó? ¿No se acuerda de mí? Sí señor ¡Cómo olvidarme! Qué suerte que regresó. No encuentro el corcho. ¿Dónde lo dejó?".

 

Enrique Mariscal


 

 

Eva luna

Isabel Allende

Consuelo no manifestó ninguna emoción. Siguió trabajando como siempre, ignorando las náuseas, la pesadez de las piernas y los puntos de colores que le nublaban la vista, sin mencionar el extraordinario medicamento conque salvó al moribundo. No lo dijo, ni siquiera cuando empezó a crecerle la barriga, ni cuando la llamo el Profesor Jones para administrarle un purgante convencido de que esa hinchazón se debía a un problema digestivo, ni tampoco lo dijo cuando a su debido tiempo dio a luz. Aguantó los dolores durante trece horas sin dejar de trabajar y cuando ya no pudo mas, se encerró en su pieza dispuesta a vivir ese momento a plenitud, como el más importante de su vida. Cepilló su cabello, lo trenzó apretadamente y lo ató con una cinta nueva, se quitó la ropa y se lavó de pies a cabeza, luego puso una sabana limpia en el suelo y sobre ella se colocó en cuclillas, tal como había visto en un  libro sobre costumbres esquimales. Cubierta de sudor, con un trapo en la boca para ahogar sus quejidos, pujó para traer al mundo a esa criatura porfiada que se aferraba a ella. Ya no era joven y no fue tarea fácil, pero la costumbre de fregar pisos a medianoche, le había dado firmes músculos con los cuales pudo finalmente parir. Primero vio surgir dos pies minúsculos que se movían apenas, como si intentaran dar el primer paso de un arduo camino. Respiro profundamente y con un ultimo gemido sintió que algo se rompía en el centro de su cuerpo y una masa ajena se deslizaba entre sus muslos. Un tremendo alivio la conmovió hasta el alma. Allí estaba yo envuelta en una cuerda azul, que ella separó con cuidado de mi cuello, para ayudarme a vivir. En ese instante se abrió la puerta y entró la cocinera, quien al notar su ausencia adivinó lo que ocurría y acudió a socorrerla. La encontró desnuda conmigo recostada sobre su vientre, todavía unida a ella por una lazo palpitante.

 

 

 

- Mala cosa, es hembra -dijo la improvisada comadrona cuando hubo anudado y cortado el cordón umbilical y me tuvo en sus manos.

- Nació de pie, es signo de buena suerte -sonrió mi madre apenas pudo hablar.

- Parece fuerte y es gritona. Si ud. quiere puedo ser la madrina.

- No he pensado en bautizarla -replicó Consuelo, pero al ver que la otra se persignaba escandalizada no quiso ofenderla-. Esta bien, un poco de agua bendita no le puede hacer mal y quien sabe si hasta sea de algun provecho. Se llamará Eva, para que tenga ganas de vivir.

- ¿Qué apellido?

- Ninguno, el apellido no es importante.

- Los humanos necesitan apellido. Solo los perros pueden andar por alli con el puro nombre.

- Su padre pertenecía a la tribu de los hijos de la luna. que sea Eva Luna, entonces.

Los caminos del corazón"

 

Cada camino es uno entre un millón.

 

Por ende, no hay que olvidar que un camino no es más que eso.

 

Si piensas que no debes seguirlo, no te quedes en él bajo ninguna circunstancia.

 

Un camino no es más que un camino.

 

Que lo abandones cuando tu corazón así te lo indique no significa ningún desaire a ti mismo ni a los demás.

 

Pero tu decisión de seguir esa senda o apartarte de ella no debe ser producto del temor ni la ambición.

 

Te advierto: examina cada camino atentamente. Pruébalo tantas veces como te parezca necesario.

 

Luego hazte esta pregunta: ¿Tiene corazón este camino?

 

Todos los caminos son iguales, no llevan a ningún lado. Atraviesan la maleza, se internan o van por debajo de ella.

 

Si ese camino tiene corazón, entonces es bueno. De lo contrario, no te servirá de nada …

 

de "Las enseñanzas de Don Juan”, de Carlos Castaneda


 

 

 

Mi vida con la ola

 

 Cuando deje aquel mar, una ola se adelanto entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenían por el vestido flotante, se colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además, las miradas coléricas de las mayores me paralizaron.

 

Cuando llegamos al pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida en la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha salido del mar. Me miro seria: "Su decisión estaba tomada. No podía volver". Intente dulzura, dureza, ironía. Ella lloro, grito, acaricio, amenazo. Tuve que pedirle perdón. Al día siguiente empezaron mis penas. ¿Cómo subir al tren sin que nos vieran el conductor, los pasajeros, la policía? Es cierto que los reglamentos no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría nuestro acto.

 

Tras de mucho cavilar me presente en la estación una hora antes de la salida, ocupé mi asiento y, cuando nadie me veía, vacié el depósito de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vertí en él a mi amiga.

 

El primer incidente surgió cuando los niños de un matrimonio vecino declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acerco otra sedienta. Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante me detuvo. La señora tomo un vasito de papel, se acerco al depósito y abrió la llave. Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse de un salto entre ella y mi amiga. La señora me miró con asombro. Mientras pedía disculpas, uno de los niños volvió abrir el depósito. Lo cerré con violencia.

 

La señora se llevo el vaso a los labios: -Ay el agua esta salada. El niño le hizo eco. Varios pasajeros se levantaron. El marido llamó al Conductor: -Este individuo echó sal al agua. El Conductor llamó al Inspector: -¿Conque usted echó substancias en el agua? El Inspector llamó al Policía en turno: -¿Conque usted echó veneno al agua? El Policía en turno llamó al Capitán: - ¿Conque usted es el envenenador? El Capitán llamó a tres agentes. Los agentes me llevaron a un vagón solitario, entre las miradas y los cuchicheos de los pasajeros. En la primera estación me bajaron y a empujones me arrastraron a la cárcel. Durante días no se me hablo, excepto durante los largos interrogatorios. Cuando contaba mi caso nadie me creía, ni siquiera el carcelero, que movía la cabeza, diciendo: "El asunto es grave, verdaderamente grave. ¿No había querido envenenar a unos niños?. Una tarde me llevaron ante el Procurador. -Su asunto es difícil -repitió-. Voy a consignarlo al Juez Penal. Así paso un año. Al fin me juzgaron. Como no hubo víctimas, mi condena fue ligera. Al poco tiempo, llego el día de la libertad. El Jefe de la Prisión me llamó: -Bueno, ya esta libre. Tuvo suerte. Gracias a que no hubo desgracias. Pero que no se vuelva a repetir, por que la próxima le costara caro... Y me miro con la misma mirada seria con que todos me veían.

 

Esa misma tarde tome el tren y luego de unas horas de viaje incómodo llegue a México. Tome un taxi y me dirigí a casa. Al llegar a la puerta de mi departamento oí risas y cantos. Sentí un dolor en el pecho, como el golpe de la ola de la sorpresa cuando la sorpresa nos golpea en pleno pecho: mi amiga estaba allí, cantando y riendo como siempre. -¿Cómo regresaste? -Muy fácil: en el tren. Alguien, después de cerciorarse de que sólo era agua salada, me arrojo en la locomotora. Fue un viaje agitado: de pronto era un penacho blanco de vapor, de pronto caía en lluvia fina sobre la máquina. Adelgace mucho. Perdí muchas gotas. Su presencia cambió mi vida. La casa de pasillos obscuros y muebles empolvados se llenó de aire, de sol, de rumores y reflejos verdes y azules, pueblo numeroso y feliz de reverberaciones y ecos.

 

Cuántas olas es una ola o como puede hacer playa o roca o rompeolas un muro, un pecho, una frente que corona de espumas! Hasta los rincones abandonados, los abyectos rincones del polvo y los detritus fueron tocados por sus manos ligeras. Todo se puso a sonreír y por todas partes brillaban dientes blancos. El sol entraba con gusto en las viejas habitaciones y se quedaba en casa por horas, cuando ya hacia tiempo que había abandonado las otras casas, el barrio, la ciudad, el país. Y varias noches, ya tarde, las escandalizadas estrellas lo vieron salir de mi casa, a escondidas. El amor era un juego, una creación perpetua. Todo era playa, arena, lecho de sábanas siempre frescas. Si la abrazaba, ella se erguía, increíblemente esbelta, como tallo liquido de un chopo; y de pronto esa delgadez florecia en un chorro de plumas blancas, en un penacho de risas de caian sobre mi cabeza y mi espalda y me cubrian de blancuras. O se extendía frente a mí, infinita como el horizonte, hasta que yo también me hacia horizonte y silencio. Plena y sinuosa, me envolvía como una música o unos labios inmensos. Su presencia era un ir y venir de caricias, de rumores, de besos. Entraba en sus aguas, me ahogaba a medias y en un cerrar de ojos me encontraba arriba, en lo alto del vértigo, misteriosamente suspendido, para caer después como una piedra, y sentirme suavemente depositado en lo seco, como una pluma. Nada es comparable a dormir mecido en las aguas, si no es despertar golpeado por mil alegres látigos ligeros, por arremetidas que se retiran riendo.

 

Pero jamás llegue al centro de su ser. Nunca toque el nudo del ay y de la muerte. Quizá en las olas no existe ese sitio secreto que hace vulnerable y mortal a la mujer, ese pequeño botón eléctrico donde todo se enlaza, se crispa y se yergue, para luego desfallecer. Su sensibilidad, como las mujeres, se propagaba en ondas, solo que no eran ondas concéntricas, sino excéntricas, que se extendían cada vez mas lejos, hasta tocar otros astros. Amarla era prolongarse en contactos remotos, vibrar con estrellas lejanas que no sospechamos. Pero su centro... no, no tenia centro, sino un vacío parecido al de los torbellinos, que me chupaba y me asfixiaba.

 

Tendido el uno al lado de otro, cambiábamos confidencias, cuchicheos, risas. Hecha un ovillo, caía sobre mi pecho y allí se desplegaba como una vegetación de rumores. Cantaba a mi oído, caracola. Se hacia humilde y transparente, echada a mis pies como un animalito, agua mansa. Era tan límpida que podía leer todos sus pensamientos. Ciertas noches su piel se cubría de fosforescencias y abrazarla era abrazar un pedazo de noche tatuada de fuego. Pero se hacia también negra y amarga. A horas inesperadas mugía, suspiraba, se retorcía. Sus gemidos despertaban a los vecinos. Al oírla el viento del mar se ponía a rascar la puerta de la casa o deliraba en voz alta por alas azoteas. Los días nublados la irritaban; rompia muebles, decia malas palabras, me cubria de insultos y de una espuma gris y verdosa. Escupía, lloraba, juraba, profetizaba. Sujeta a la luna, las estrellas, al influjo de la luz de otros mundos, cambiaba de humor y de semblante de una manera que a mí me parecía fantástica, pero que era tal como la marea.

 

Empezó a quejarse de soledad. Llene la casa de caracolas y conchas, pequeños barcos veleros, que en sus días de furia hacia naufragar (junto con los otros, cargados de imágenes, que todas las noches salían de mi frente y se hundía en sus feroces o graciosos torbellinos. Cuantos pequeños tesoros se perdieron en ese tiempo! Pero no le bastaban mis barcos ni el canto silencioso de las caracolas. Confieso que no sin celos los veía nadar en mi amiga, acariciar sus pechos, dormir entre sus piernas, adornar su cabellera con leves relampagas de colores. Entre todos aquellos peces había unos particularmente repulsivos y feroces, unos pequeños tigres de acuario, grandes ojos fijos y bocas hendidas y carniceras. No sé por que aberración mi amiga se complacía en jugar con ellos, mostrándoles sin rubor una preferencia cuyo significado prefiero ignorar. Pasaba largas horas encerrada con aquellas horribles criaturas.

 

Un día no pude más; eche abajo la puerta y me arroje sobre ellos. Ágiles y fantasmales, se me escapaban entre las manos mientras ella reía y me golpeaba hasta derribarme. Sentí que me ahogaba. Y cuando estaba a punto de morir, morado ya, me deposito en la orilla y empezó a besarme, y humillado. Y al mismo tiempo la voluptuosidad me hizo cerrar los ojos. Porque su voz era dulce y me hablaba de la muerte deliciosa de loas ahogados.

 

Cuando volví en mi, empecé a temerla y a odiarla. Tenia descuidados mis asuntos. Empecé a frecuentar los amigos y reanude viejas y queridas relaciones. Encontré a una amiga de juventud. Haciéndole jurar que me guardaría el secreto, le conté mi vida con la ola. Nada conmueve tanto a las mujeres como la posibilidad de salvar a un hombre.

 

Mi redentora empleo todas sus artes, pero, qué podía una mujer, dueña de un número limitado de almas y cuerpos, frente a mi amiga, siempre cambiante - y siempre idéntica a sí misma en su metamorfosis incesantes. Vino el invierno. El cielo se volvió gris. La niebla cayo sobre la ciudad. Llovia una llovizna helada. Mi amiga gritaba todas las noches. Durante el día se aislaba, quieta y siniestra, mascullando una sola silaba, como una vieja que rezonga en un rincón. Se puso fría; dormir con ella era tirar toda la noche y sentir como se helaba paulatinamente la sangre, los huesos, los pensamientos. Se volvió impenetrable, revuelta. Yo salía con frecuencia y mis ausencias eran cada vez mas prolongadas. Ella, en su rincón, aullaba largamente. Con dientes acerados y lengua corrosiva roía los muros, desmoronaba las paredes. Pasaba las noches en vela, haciéndome reproches. Tenía pesadillas, deliraba con el sol, con un gran trozo de hielo, navegando bajo cielos negros en noches largas como meses. Me injuriaba. Maldecía y reía; llenaba la casa de carcajadas y fantasmas. Llamaba a los monstruos de las profundidades, ciegos, rápidos y obtusos. Cargada de electricidad, carbonizaba lo que rozaba. Sus dulces brazos se volvieron cuerdas ásperas que me estrangulaban. Y su cuerpo verdoso y elástico, era un látigo implacable, que golpeaba, golpeaba, golpeaba.

 

Huí. Los horribles peces reían con risa feroz. Allá en las montañas, entre los altos pinos y los despeñaderos, respire el aire frío y fino como un pensamiento de libertad. Al cabo de un mes regresé. Estaba decidido. Había hecho tanto frío que encontré sobre el mármol de la chimenea, junto al fuego extinto, una estatua de hielo. No me conmovió su aborrecida belleza. Le eché en un gran saco de lona y salí a la calle, con la dormida a cuestas. En un restaurante de las afueras la vendí a un cantinero amigo, que inmediatamente empezó a picarla en pequeños trozos, que depositó cuidadosamente en las cubetas donde se enfrían las botellas.  

 

 

Octavio Paz 

 

 

 “El retrato oval "

El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme, malhadadamente herido como estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de los apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe.

Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número verdaderamente prodigioso de pinturas modernas, ricas de estilo, encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco.

Produjerónme profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa, aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la arquitectura caprichosa del castillo hacia inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban el lecho. Quíselo así para poder, al menos, si no reconciliaba el sueño, distraerme alternativamente entre la contemplación de estas pinturas y la lectura de un pequeño volumen que había encontrado sobre la almohada y que trataba de su crítica y su análisis.

Leí largo tiempo; contemplé las pinturas religiosas devotamente; las horas huyeron, rápidas y silenciosas, y llegó la media noche. La posición del candelabro me molestaba, y extendiendo la mano con dificultad para no turbar el sueño de mi criado, lo coloqué de modo que arrojase la luz de lleno sobre el libro. Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado. La luz de sus numerosas bujías dio de pleno en un nicho del salón que una de las columnas del lecho había hasta entonces cubierto con una sombra profunda. Vi envuelto en viva luz un cuadro que hasta entonces no advirtiera.

Era el retrato de una joven ya formada, casi mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré los ojos. ¿Por qué? no me lo expliqué al principio; pero, en tanto que mis ojos permanecieron cerrados, analicé rápidamente el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento involuntario para ganar tiempo y recapacitar, para asegurarme de que mi vista no me había engañado, para calmar y preparar mi espíritu a una contemplación más fría y más serena. Al cabo de algunos momentos, miré de nuevo el lienzo fijamente.

No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el primer rayo de luz al caer sobre el lienzo, había desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos, haciéndome volver repentinamente a la realidad de la vida.

El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. Se trataba sencillamente de un retrato de medio cuerpo, todo en este estilo, que se llama, en lenguaje técnico, estilo de viñeta; había en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas favoritas. Los brazos, el seno y las puntas de sus radiantes cabellos, perdianse en la sombra vaga, pero profunda, que servía de fondo a la imagen. El marco era oval, magníficamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese ni la ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su fisonomía lo que me impresionó tan repentina y profundamente. No podía creer que mi imaginación, al salir de su delirio, hubiese tomado la cabeza por la de una persona viva.

Empero, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron dudar ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí una hora entera con los ojos fijos en el retrato. Aquella inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó por subyugarme. Lleno de terror y respeto, volví el candelabro a su primera posición, y habiendo así apartado de mi vista la causa de mi profunda agitación, me apoderé ansiosamente del volumen que contenía la historia y descripción de los cuadros.

Busqué inmediatamente el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la extraña y singular historia siguiente:

 

"Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mal hora amó al pintor y, se desposó con él.

"El tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella, joven, de rarísima belleza, todo luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Mas era humilde y sumisa, y sentóse pacientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso.

"El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día.

"Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de su mujer, que se consumía para todos excepto para él.

"Ella no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama, experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día. tornábase más débil y desanimada. Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; Porque el pintor había llegado a enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, sólo dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. y entonces el pintor dio los toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado; pero un minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritando con voz terrible:

 

"-¡En verdad esta es la vida misma!- Volvióse bruscamente para mirar a su bien amada, ... ¡estaba muerta!".

 

 Edgar Allan Poe

 

 Nadie muere en las vísperas?

 

      

Saltó de nalgas sobre la tapa de la valija y arrastró los cierres a cada lado hasta que logró unirlos entre sus piernas.

        -- ¡Me hartaste! Me estupidiza hablar siempre de lo mismo y que no entiendas nada.

        Se bajó de la valija y la asió con visible nerviosismo, la puso contra una pared en la salita.

        -- ¡Me voy! Me cansé de hablar con neuronas depresivas y muertas. Y esto, tiene que ver con la amistad. Ya no me considero tu amiga. ¡No puedo! Imposible ver amistad entre tanto egoísmo. Tooodo tiene que ser como vos querés... ¡tooodo! Si no, la princesa, se deprime... La princesa, llora. Niña tan rica como estúpida. ¡Basta!

      

        En posición fetal sobre el sillón de la salita, Matilda, sollozaba y escuchaba la airada despedida de su compañera de cuarto. Iba a lamentar que se fuera. Jorgelina era su única amiga y tenía razón. Odió el darse cuenta de sus errores en medio de una crisis. Pero era orgullosa, eso le hacía porfiar sus puntos de vista hasta que la paciencia de Jorgelina llegaba al límite de la tolerancia. Como hoy. Sólo que... Jorgelina jamás había hecho sus valijas antes. Y lo que era aún peor, ella había tirado la ropa dentro sin preocuparle que se arrugara... Todo un signo de su determinación.

      

        -- Por la noche, ni bien tenga un lugar donde alojarme, paso a buscar la valija. -El golpe de la puerta contra el marco le indicó el nivel de la ira de su compañera cuando al fin se fue. Quizá, por la noche, cuando volviera por la valija, estuviera más calmada y pudiera pedirle perdón.

 

       En la vereda Jorgelina se detuvo y respiró profundo... sentía pena y arrepentimiento. Quizá, por la noche, cuando volviera por la valija, más calmada, le pediría perdón.

 

        El remis se detuvo y el chofer encendió la luz interior. Jorgelina ya tenía no obstante el dinero preparado para pagarle. Descendió del vehículo y miró hacia la planta alta. Una sombra pasó rauda cerca de la ventana y a los pocos segundos la luz del cuarto se apagó. Como en otras oportunidades en que Matilda permanecía montada sobre su orgullo,  de seguro fingiría estar durmiendo para no hablar.

        -- En fin! -suspiró-

        Con sigilo, haciéndose parte de la comedia, abrió la puerta del cuarto para tomar la valija que había dejado en la salita. Por un segundo contuvo el impulso de encender la luz y desenmascararla, pero no tenía el menor sentido hacerlo... Así que tomó su valija y se marchó, por la mañana volvería por lo demás.

 

        8.30 sonó el celular. Lo tanteó con los ojos cerrados por sobre la mesita de luz y se incorporó en la cama para atender. El identificador detecto el celular de Matilda. Una sensación de inquietud se mezcló con la saturación de ayer al recordar los vaivenes en el carácter de su compañera.

        --¿Hola?

        --¿Es usted Jorgelina Burgos?

        --Si...

        --Soy el sargento Montero y debería hablar con usted ahora mismo, ¿dónde se encuentra?

        --Señor Montero, estoy muy asustada... esta llamada desde el celular de mi amiga hecha por usted...

        --Señorita, siento decirle que hay motivos para su alarma, ¿en que sitio se encuentra?

        --En una pensión, calle Viamonte 363.

        --En segundos un móvil pasará por usted, le ruego venga a verme donde yo estoy.

 

        El móvil se dirigió al lugar donde por dos años había convivido con Matilda. En las inmediaciones deambulaban una decena de policías cerca de varios móviles con sus luces de techo encendidas. También había una ambulancia. Jorgelina se aterró, tanto despliegue sólo podía significar que su amiga estaba muerta... La barbilla le comenzó a temblar preludiando el llanto. Un oficial le abrió la puerta del móvil para que ella descendiera. Alguien más la tomó por debajo de la axila al ver que sus piernas temblaban. Le trajeron una silla.

        --¿Matilda está... ?

        --Lo lamento mucho. -Dijo solemne el sargento Montero. La han asesinado. -Jorgelina no pudo contener el vómito. --Es preciso que entre con nosotros a la habitación, hay algo que quizá usted pueda aclararnos.

       La puerta de entrada al cuarto estaba vallada con una faja roja, el sargento la levantó para que ambos pudieran entrar. Más allá de la salita de entrada, trasponiendo la arcada, todo era un revoltijo. El sargento la condujo lentamente hacia la habitación donde se encontraba su cama y la de Matilda. En el centro, un bulto bajo una sábana revelaba la forma de un cuerpo que parecía estar en horrible contorción. Por un extremo una mano pequeña estaba descubierta y ensangrentada. Nuevamente tuvieron que asirla de las axilas para sostenerla. Le pidieron que mirara el espejo sobre una de las paredes del cuarto, allí, el asesino había dejado una leyenda escrita con la propia sangre de su víctima. Jorgelina levantó su cabeza y leyó ...

 

" Si hubieses encendido la luz...estarías junto a ella! ".

Marcelo Ferrer

 

 

 

Las almas de los hombres que mueren

 

 En las noches de luna, en el horizonte sobre las aguas se percibe como ondas plateadas que se peinan y despeinan, como rayos brillantes que se hunden y emergen, el ingreso de las almas de los hombres que mueren.

 

No es al cielo ni es al éter; ni tampoco al vacío ni al cosmos donde van las almas.

 

El origen de la vida es el agua. Y es a la dimensión agua donde las almas ingresan como luz y se transforman en delfines: acuosos y ondeantes, reservorios de inteligencias vivas, núcleos comunicacionales sin memoria con humanos, en mensajes de pura no espera.

 

Las almas navegan tiempos hasta que un delfín es llamado y muere.

 

Cuando muere un delfín, nace un humano.

 

 

 

 

 

                                             Yuri Tabak


 

 

  LAS LLAVES UNICAS.

 

 

Cuenta una historia -que por otra parte no es lo suficientemente conocida- que cuando Dios condenó a los pecadores y los arrojó del paraíso, les entregó una llave a cada  uno para que pudieran penetrar en el corazón del otro y amarse afuera del edén. Preocupados por saber que lugar nuevo ocuparían en el mundo, ambos perdieron las llaves que les abriría la posibilidad del amor único. Y con ellos toda la humanidad. El precio de ese error se paga con incomprensión, tristeza e insatisfacción que promueve nuevas búsquedas. A partir de ese momento los humanos intentamos  oír los llamados del corazón. Y Así el amor a veces nos roza, nos empuja y pasa de largo sin habernos detenido lo suficiente para descubrir las claves de ese amor que  podría ser el  único. Parece que parte de la condena, es la posibilidad  de reconocer que el amor de nuestras vidas fue ese, casi después de haberlo perdido definitivamente.

 

 

 

 Yuri Tabak


 

La niña de los fósforos

 

 

Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

 

Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

 

La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

 

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

 

Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

 

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

 

-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

 

-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuándo se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

 

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.

 

-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.

 

Christian Andersen

 

 

El Hombrecito del Azulejo

 

 

Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja.  Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros.  Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas.  Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta:

 

­Esta noche será la crisis.

­Sí ­responde el doctor Eduardo Wilde­ ; hemos hecho cuanto pudimos.

­Veremos mañana.  Tiene que pasar esta noche. . .  Hay que esperar...

 

Y salen en silencio.  A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz.

 

Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo.  Ha oído el comentario y en su calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.

 

El hombrecito del azulejo es un ser singular.  Nació en Francia, en Desvres, departamento del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación.  Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente el único distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules corno él, con dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco del centro lechoso, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa interrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría.  Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso.  Entraban los lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban del menudo extranjero del zócalo.  Otras veces eran las señoronas de visita las que atravesaban el zaguán y tampoco lo veían, ni lo veían las chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de inmediato.

 

Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida su amigo.  Le apasionó el misterio del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy secretas.  Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos bigotes caídos y una barba en punta y hasta posee un bastón hecho con una rama de manzano.

 

­¡Martinito! ¡Martinito!

 

El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude.  Martinito es el compañero de su soledad.  Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del montante donde hay una pequeña lira.

 

Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que en verano huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido en el brasero de la sala.

 

Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo.  Ya lo declararon al salir los doctores de barba rubia.  Y la Muerte espera en el brocal.

 

El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía.  En el patio lunado, donde las macetas tienen la lividez de los espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente inmóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano José Guadalupe Posada, ese que tantas "calaveras, ejemplos y corridos" ilustró durante la dictadura de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte lo es.

 

Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y a gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo el maxilar y estudia su cráneo terrible, más pavoroso que el de los mortales porque es la calavera de la propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y ve que la Muerte bosteza.

 

Ni un rumor se oye en la casa.  El ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la señora y sus hermanas lloran con los pañuelos apretados sobre los labios, en el cuarto del enfermo, donde algún bicho zumba como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara encendida.

 

Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica.  Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él.  Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.

 

La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el brocal poliédrico de mármol que ornan anclas y delfines.  El hombrecito da un paso y abandona su cuadrado refugio.  Va hacia el patio, pequeño peregrino azul que atraviesa los hierros de la cancela asombrada, apoyándose en el bastón.  Los gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte, cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje que podría dormir en la palma de la mano de un chico; tan insólita como la de la enlutada mujer sin ojos.  Allá abajo, en el pozo profundo, la gran tortuga que lo habita adivina que algo extraño sucede en la superficie saca la cabeza del caparazón.

 

La Muerte se hastía entre las enredaderas tenebrosas, mientras aguarda la hora fija en que se descalzará los mitones fúnebres para cumplir su función.  Desprende el relojito que cuelga sobre su pecho fláccido y al que una guadaña sirve de minutero, mira la hora y vuelve a bostezar.  Entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.

 

­Madame la Mort...

 

A la Muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en francés.  Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla perfumada con alhucema y benjuí; la aleja de una ciudad donde, a poco que se ande por la calle, es imposible no cruzarse con cuarteadores y con vendedores de empanadas.  Porque esta Muerte, la Muerte de Daniel, no es la gran Muerte, como se pensará, la Muerte que las gobierna a todas, sino una de tantas Muertes, una Muerte de barrio, exactamente la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos Aires, y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no lo esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido crecer su jerarquía en el lúgubre escalafón.  Es hermoso que la llamen a una así: "Madame la Mort".  Eso la aproxima en el parentesco a otras Muertes mucho más ilustres, que sólo conoce de fama, y que aparecen junto al baldaquino de los reyes agonizantes, reinas ellas mismas de corona y cetro, en el momento en que los embajadores y los príncipes calculan las amarguras y las alegrías de las sucesiones históricas.

 

­Madame la Mort...

 

 

La Muerte se inclina, estira sus falanges y alza a Martinito.  Lo deposita, sacudiéndose como un pájaro, en el brocal.

 

­Al fin­ reflexiona la huesuda señora ­ pasa algo distinto.

 

Está acostumbrada a que la reciban con espanto.  A cada visita suya, los que pueden verla  ­los gatos, los perros, los ratones­ huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar.  Los otros, los moradores del mundo secreto ­los personajes pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las porcelanas­ fingen no enterarse de su cercanía, pero enmudecen como si imaginaran que así va a desentenderse de ellos y de su permanente conspiración temerosa.  Y todo, ¿por qué?, ¿porque alguien va a morir?, ¿y eso? Todos moriremos; también morirá la Muerte.

 

Pero esta vez no.  Esta vez las cosas acontecen en forma desconcertante.  El hombrecito está sonriendo en el borde del brocal, y la Muerte no ha observado hasta ahora que nadie le sonriera.  Y hay más.  El hombrecito sonriente se ha puesto a hablar, a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre todo, sin lágrimas. Y ¿qué le dice?

 

La Muerte consulta el reloj.  Faltan cuarenta y cinco minutos.

 

Martinito le dice que comprende que su misión debe ser muy aburrida y que si se lo permite la divertirá, y antes que ellá le responda, descontando su respuesta afirmativa, el hombrecito se ha lanzado a referir un complicado cuento que transcurre a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de Francia.  Le explica que ha nacido en Desvres, en casa de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica. "rue de Poitiers", y que pudo haber sido de color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, pero que prefiere este azul de ultramar.  ¿No es cierto?  N'est-ce pas?  Y le confía cómo vino por error a Buenos Aires y, adelantándose a las réplicas, dando unos saltitos graciosos, le describe las gentes que transitan por el zaguán: la parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto repetir demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió el escaso pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía de los hermanos Lacroze, que escolta a la señora hasta la puerta, galantemente, "comme un gentilhomme", y luego desaparece corneteando...

 

La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes y mira el reloj.  Faltan treinta y tres minutos.

 

Martinito se alisa la barba en punta y, como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiere nombrar a Daniel y a la amistad que los une, por razones diplomáticas, vuelve a hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos y de vampiros, que lo circunda, y de la montaña vecina, donde hay bastiones ruinosos y merodean las hechiceras la noche del sábado.  Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas, sus parientas ricas, y le relata lo que sabe de las grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo, hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los curvos cuernos marciales, "bastante diferentes, n'est-ce pas, de la corneta del mayoral del tránguay", sitiando castillos e incendiando iglesias, con los normandos, con los ingleses, con los borgoñones.

 

Todo el patio se ha colmado de sangre y de cadáveres revestidos de cotas de malla.  Hay desgarradas banderas con leopardos y flores de lis, que cuelgan de la cancela criolla; hay escudos partidos junto al brocal y yelmos rotos junto a las rejas, en el aldeano sopor de Buenos Aires, porque Martinito narra tan bien que no olvida pormenores.  Además no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace reír a la Muerte del barrio de San Miguel, como cuando inventa la anécdota de ese general gordísimo, tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras éste se desarrollaba produjo un calor tan intenso que obligó a su adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un almohadón enorme, para fingir su corpulencia.

 

La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado coronamiento del aljibe.

 

­Y además... -prosigue el hombrecito del azulejo.

 

Pero la Muerte lanza un grito tan siniestro que muchos se persignan en la ciudad, figurándose que un ave feroz revolotea entre los campanarios. Ha mirado su reloj de nuevo y ha comprobado que el plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos.  De un brinco se para en la mitad del patio, y se desespera.  ¡Nunca, nunca había sucedido esto, desde que presta servicios en el barrio de San Miguel!  ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá cuentas de su imperdonable distracción?  Se revuelve, iracunda, trastornando el emplumado sombrero y el moño, y corre hacia Martinito.  Martinito es ágil y ha conseguido, a pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines de mármol adheridos al brocal, descender al patio, y escapa como un escarabajo veloz hacia su azulejo del zaguán.  La Muerte lo persigue v lo alcanza en momentos en que pretende disimularse en la monotonía del zócalo.  Y lo descubre, muy orondo, apoyado en el bastón, espejeantes las calzas de caballero antiguo.

 

­El se ha salvado­ castañetean los dientes amarillos de la Muerte­, pero tú morirás por él.

 

Se arranca el mitón derecho y desliza la falange sobre el pequeño cuadrado, en el que se diseña una fisura que se va agrandando; la cerámica se quiebra en dos trozos que caen al suelo.  La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su interior, donde provocan una tos breve al agua quieta y despabilan a la vieja tortuga ermitaña.  Luego se va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres.  Aún tiene mucho que hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.

 

Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana.  En cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del cambio ocurrido.  La enfermedad hizo crisis como presumían.  El niño abre los ojos, y su madre y sus tías lloran, pero esta vez es de júbilo. El doctor Pirovano y el doctor Wilde se sientan a la cabecera del enfermo.  Al rato, las señoras se han contagiado del optimismo que emana de su buen humor.  Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos de solemnidad, a pesar de que el primero dicta la cátedra de histología y anatomía patológica y de que el segundo es profesor de medicina legal y toxicología, también en Ia Facultad de Buenos Aires.  Ahora lo único que quieren es que Daniel sonría. Pirovano se acuerda del tiempo no muy lejano en que urdía chascos pintorescos, cuando era secretario del disparatado Club del Esqueleto, en la Farmacia del Cóndor de Oro, y cambiaba los letreros de las puertas, robaba los faroles de las fondas y las linternas de los serenos, echaba municiones en las orejas de los caballos de los lecheros y enseñaba insolencias a los loros.

 

Daniel sonríe por fin y Eduardo Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha compartido es a vida de estudiantes felices, que le parece remota, soñada, irreal.

 

Una semana más tarde, el chico sale al patio.  Alza en brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito.  Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco en el lugar del azulejo extraño.  Madre y tías, criadas y cocinera, se consultan inútilmente.  Nadie sabe nada.  Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio, sin hallarlo.  Daniel llora sin cesar.  Se aproxima al brocal del aljibe, llorando, llorando, y logra encaramarse y asomarse a su interior.  Allá dentro todo es una fresca sombra y ni siquiera se distingue a la tortuga, de modo que menos aún se ven los fragmentos del azulejo que en el fondo descansan.  Lo único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.

 

El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al hombrecito.  Un dia vienen a Ia casa dos hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ese es día de fiesta para las pardas, a quienes deslumbra el ajetreo de los mulatos cantores que, semidesnudos, bajan a la cavidad profunda y se están ahí largo espacio, baldeando y fregando.  Los muchachos de la cuadra acuden.  Saben que verán a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio, pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto trasladaran a un palacio de losas en ajedrez.  Y Daniel es el más entusiasmado, pero algo enturbia su alegría, pues hoy no le será dado, como el año anterior, presentar la tortuga a Martinito.  En eso cavila hasta que, repentinamente, uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:

 

­¡Ahí va algo, abarájenlo!

 

Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño.

 

 Manuel Mujica Lainez.


 

 

 Sobre los hijos

 

 

Y una mujer que llevaba un niño contra su pecho le preguntó a un maestro: Háblanos de los hijos. Y él respondió:

Vuestros hijos no son vuestros hijos.

Son los hijos y las hijas de los anhelos que la vida tiene de si misma.

Vienen por medio de vosotros, pero no de vosotros y aunque vivan con vosotros, no os pertenecen.

Podéis darles vuestro amor, mas no vuestros pensamientos, pues ellos tienen sus propios pensamientos.

Podéis albergar sus cuerpos mas no sus almas, Porque sus almas moran en la casa del mañana, que ni aun en sueños os es dado visitar.

Podéis esforzaros por ser como ellos, mas no intentéis hacerlos como vosotros.

Porque la vida no marcha hacia atrás, ni se detiene en el ayer.

Vosotros sois el arco por medio del cual vuestros hijos son disparados como flechas vivas.

El arquero ve el blanco sobre el camino del infinito, y os dobla con toda su fuerza a fin de que sus flechas vayan veloces y lejos.

Que el hecho pues de estar doblados en manos del arquero sea para vuestra dicha, por que así como Él ama la flecha que dispara, ama también el arco que permanece firma; por eso vosotros tuvisteis la oportunidad de vivir vuestra vida y la libertad de amar y hacer tu vida.

Deja que tus hijos vuelen solos del nido cuando llegue la hora y no los reclames para que vuelvan, ellos te querrán por siempre y tendrán también su nido del cual algún día ellos solos quedaran, pero fue su nido y su vida, déjalos libres, ámalos con libertad, no apagues su fuego de su hogar vive y deja vivir y ellos siempre te querrán.

 

de Kahlil Gibran, "El Profeta"


 

UN CUENTO DE KHALIL GIBRAN

 

"Yo estaba caminando por el jardín de un asilo de locos, cuando encontré a un joven leyendo un libro de filosofía. Por su forma y por la salud que mostraba no combinaba mucho con los otros internos. Me senté a su lado y le pregunté: ¿Qué estás haciendo aquí?

 

Paulo Coelho

 

El me miró sorprendido, pero viendo que yo no era uno de los médicos respondió:

"Es muy simple. Mi padre, un brillante abogado, quería que yo fuera como él.

Mi tío que tenía un alto puesto comercial, quería que yo siguiera su ejemplo.

Mi madre deseaba que yo fuera la imagen de su adorado padre.

Mi hermana siempre me citaba a su marido como ejemplo de un hombre de éxito.

Mi hermano trataba de entrenarme para que yo fuera un buen atleta como él.

Y lo mismo ocurría con mis profesores en la escuela, el maestro de piano, el tutor de inglés; todos estaban convencidos y seguros de que eran el mejor ejemplo a seguir. Nadie me miraba como se debe mirar a un hombre, sino como se mira un espejo. Así fue que decidí internarme en este asilo. Por lo menos aquí puedo ser yo mismo.


Una vieja historia

 

El parque desbordaba colores, los puestos eran visitados por extrañas personas con atuendos diferentes. Era un día especial para la venta.

 

Sentada atrás de una mesa improvisada con juncos sobre dos caballetes, Laura esperaba pacientemente que alguien se acercara a su puesto. Miraba con un poco de recelo, pues no tenía permiso para estar ahí, pero decidió que igual se quedaría, más que sacarla de mal modo, por parte de los inspectores de la feria, no pasaría de ahí y como el lugar estaba lleno de gente no querrían hacerse odiar delante de tantos extranjeros.

 

Ella no era la única en esa situación, estaba un artesano de alpaca con su manto negro desplegado sobre el césped y un artista que con un pequeño atril realizaba tintas y aguadas.

 

La vida había cambiado. Ella solía visitar las ferias de otros países, y se colgaba hablando con los artesanos, siempre le gustó esa vida.

 

Había pasado muchos años de esto, pero siempre tenía la sensación que era la vida de otra persona, que quien recorría las calles luminosas u oscuras de ciudades distantes como quien camina dentro de su habitación, con la misma importancia, era otra persona, no ella. No podía recordar cual era su cara de entonces ni como tenía su pelo, ni en que pasaba su tiempo.

 

Sólo recuerda que fue un torbellino su vida, todo era distinto, para nada de eso estaba preparada y la sensación que tenía, era que se había perdido los últimos ensayos y cuando entraba la acción, no sabía de que se trataba ni que papel debía jugar. ¡Pero era tan inconsciente y él le daba tanta seguridad! Para él todos sus actos eran maravillosos, aunque le cambiase los planes, él tenía una adhesión por ella que la hacía sentirse importante, aún sabiendo que no lo era.

 

No sabía por qué, hoy se sentía especialmente nostálgica, escuchaba una música lejana, percibía olores característicos de comidas muy condimentadas, y hasta sintió el roce de unas manos que la arrastraban de un lugar a otro.

 

Se reían de todo, el Mundo parecía a su disposición. Los jóvenes en la Universidad se reunían constantemente, había plenarios, había sentadas, había protestas, querían cambiar la historia. Todas las paredes eran soportes perfectos para las proclamas, los afiches, las banderas. Se sentían parte de un nuevo mundo, " El Tercer Mundo".

 

El arte ocupaba su lugar, ya no era para círculos cerrados, salíamos a la calle, a las plazas, íbamos a las villas, nos colgábamos en los trenes y le decíamos a la gente, a los cansados y aburridos laburantes " lo importante que eran ellos para producir ese cambio". Nos sentíamos los apóstoles, arrastrando a los seguidores de tan justa causa-

 

Mirando a su alrededor quiso adivinar quienes habían vivido parte de esa misma historia. Quería ver en sus caras, rostros olvidados por el tiempo y por el miedo.

 

La ciudad nos pareció no apta para nuestro trabajo, y nos largamos con una mochila y casi nada de ropa a las provincias del norte. Empezaríamos por el Litoral, pero no sabíamos a ciencia cierta cuál sería nuestro destino final. Dejaríamos la tibieza de la cama limpia por la de un cielo raso lleno de estrellas, dejaríamos la mesa servida con un plato de comida humeante por latas de conserva los primeros días y Dios sabe qué, después.

 

- El grupo era muy heterogéneo, Jorge en cuarto año de arquitectura, Pablo en segundo año de agronomía, Mónica asistente social casi en su último año, suspendió la carrera por la aventura, " por el trabajo de campo "como decía ella. Ezequiel estudiante de psicología y maestro, yo estudiante de pintura y teatrera por vocación -

 

Nuestro destino primero era la provincia de Corrientes y establecernos en un pequeño pueblo en la frontera con el Chaco. De allí iríamos a una población indígena- Llegamos como si fuésemos parte de las cruzadas, pensábamos que nuestro sacrificio sería recompensado con el cambio total del pensamiento y de las estructuras sociales del lugar- No tardamos en darnos cuenta que nuestro trabajo aunque muy encomiable se perdía entre los expedientes y las cartas de recomendación -

 

Siguió mirando pero ninguno de esos rostros le decía nada a Laura. Preparó el mate, sacó unas galletas de miel, y se dispuso a comer su primer alimento del día. Empezó a recordar como conoció, casi graciosamente, a Esteban.

 

- Consiguió un caballo prestado que la acercaba desde el rancho que habían habilitado como escuela, taller, consultorio e improvisado teatro, hasta esa casita pequeña a la salida del pueblo, prestada por una familia que se había marchado a Buenos Aires por un tiempo-

 

Ella, que más que el caballo del carrusel no había montado otro, en su marcha era un continúo subir y bajar siempre a destiempo de la bestia. Se había hecho muy tarde y el animal quería volver a su casa, por lo tanto había decidido largarse en un galope que Laura no pudo dominar. En el recodo del camino, y viendo que venía un coche en su contra se asustó tanto, que se largó del zaino.

 

Con tan mala suerte que su pierna sufrió una rotura bastante importante. Avergonzada y dolida no sabía si llorar, si gritar o desplegar ese vocabulario florido que la hacía parecer más un muchacho de la calle que una joven estudiante.

 

Esteban se bajó muy preocupado del auto. Ella lo vio acercarse casi corriendo, con una expresión de susto que le resultó, a pesar del sufrimiento muy graciosa. Su aspecto era muy distinguido, era un hombre bastante maduro, superaba los 50 años, su cabello rubio entrecano, sus ojos claros, su tez tostada y curtida por el sol, de buena estatura y delgado.

 

La observó con ojos de asombro, le ofreció su blanco pañuelo, que ella se encargó rápidamente en ensuciar, y en ese momento no soportó más el dolor y se puso a llorar como una niña. Él la consolaba, su acento era extranjero, sería alemán o belga, no lo sabía bien, preguntaba su nombre y donde vivía. Ella entre llanto y moco le pudo contar algo de su historia, él decidió tomar cartas en el asunto. Después le confesaría, que no la iba a llevar con esos inconscientes con los que estaba viviendo.

 

Se procuró una madera, ató su pierna y la tomó en brazos llevándola hacia el auto. Así comenzó una nueva historia Laura, cambió una vida de ideas revolucionarias por una vida de constantes viajes, de gentes diferentes, de mundos distantes, y guardó en un bolsillito interior y pequeño esos grandes ideales del setenta.

 

Laura y Esteban se establecieron en un pequeño departamento de Corrientes Capital, él le deparaba las más exquisitas atenciones. ¡Sabía atender a las mujeres! eso era evidente, se decía Laura, seguramente no estaría solo, estaría con pareja. Laura trató de no ilusionarse porque venía arrastrando una historia bastante dolorosa con su novio anterior, un loco revolucionario, que casi la mete en un lío muy grande con la policía, era un delirante que buscaba el peligro para gratificarse y no tenía reparo en embarcar a cualquiera que estuviera a su lado.

 

Después de un mes Laura estaba restablecida, y la relación con Esteban se hacía cada vez más íntima. Hablaron de sus respectivas vidas, él estaba casado, su mujer vivía en Europa, tenían dos hijos grandes. Era representante de una firma Suiza, y viajaba constantemente. Su matrimonio no lo incomodaba ni le quitaba el sueño, era una de esas tantas parejas que en sociedad son esposos, sólo ante la gente.

 

Para Laura eso era incomprensible, ella que bregaba por la libertad del amor, la libertad del sexo, por los grandes ideales del hombre, no entendía esa doble imagen que vendían muchas personas sobre todo de las clases altas.

 

Él, acostumbrado a tener siempre de todo, desde que fue niño, menos saber lo que era la libertad de espíritu y la libertad de acción, veía en Laura lo que a él siempre le había faltado. Esa chica de 25 años le mostraba un mundo distinto, apasionante y no podía perdérselo, de una vez por todas haría algo bueno por él.

 

Así fue que Laura y Esteban decidieron una vida juntos. El Mundo Rico y el Mundo Pobre fueron recorridos por estos dos locos enamorados. Laura arrastraba a Esteban a los Museos, se sentaban en el suelo frente a las pinturas de los grandes maestros. ¡ Esteban sentado en el suelo! ¡ Si alguien lo viera, no podrían creerlo!

 

La violencia en la Argentina aumentaba cada día más y una nueva palabra se instauró en la sociedad "los refugiados políticos". Laura tenía miedo por los compañeros que luchaban en su patria. Esteban no podía entender lo que le pasaba a ella. Cada día estaba más triste y enajenada, buscaba nombres de los emigrados en las Cancillerías y en los Centros de Refugiados.

 

Había dejado de ser esa chica que iluminaba cualquier lugar donde se encontraba. La relación con Esteban se resquebrajó. A él ya le fastidiaba tanta tristeza y paranoia. Él necesitaba a su lado esa chica sucia que levantó del camino, buscaba esa otra que lo hacía recorrer las calles de París como un adolescente, riendo y cantando. O aquella otra que en el Mercado del Cairo se ponía adornos y tules y regateaba precios como una experta comerciante.

 

Laura le reprochaba su insensibilidad y Esteban terminó dejándola en Madrid, con la renta paga por un año de un departamento de la calle Cava de San Miguel y una cuenta de ahorro en el Banco.

 

Sentada en la cama, con las piernas dobladas, enroscada en un túnica color violeta, un vaso de vino en la mano y varias botellas tiradas en el piso, lo vio cerrar la puerta. Él con lágrimas en los ojos, ella no quiso despedirse, entendió que no soportaría ese momento.

 

No recuerda cuanto tiempo se quedó así, si pasó unos días o una horas. Cuando salió de ese estado de borrachera y aislamiento decidió que debía hacer algo por los que escaparon y por sus familias.

 

Así se conectó con mucha gente que venía no sólo de Argentina, sino de Uruguay y de Chile. Su departamento fue hotel de todo aquel que llegaba. Los vecinos se empezaron a molestar por tanto desorden y tanta gente extraña. Ya no la respetaban como cuando vivía con él. Ahora era casi indeseable.

 

Nadie sabía de Luis, ese novio loco que tuvo y estaba segura que estaría muerto. Había tanta gente desaparecida sin compromiso con ningún movimiento político, que no dudaba que a él, como se manejaba en la vida, le hubiese pasado lo peor.

 

Así Laura vivió una vida desordenada, en medio de la lucha por la subsistencia, el trabajo solidario con los familiares de desaparecidos y cambiando de pareja cada seis meses. - ¡ Qué vida diferente! se decía, cuando agotada llegaba a su casa y a veces ni un lugar para dormir encontraba. Con Esteban ella era la protegida, ahora era la que daba protección. Encarar una relación sana viniendo de tanta enfermedad era muy difícil.

 

- Ahora de vuelta en la Argentina, sin amigos, o con amigos que dejó de una manera y ahora encontraba de otra, se dio cuenta que ella era la única que no había cambiado, se había quedado enganchada en una historia vieja.

 

Sus amigos tenían una profesión, un lugar en la sociedad como representantes de una clase media alta, eran responsables padres de familia y ella, sin familia, sin profesión y sola, viendo como el mundo siguió su curso y no la esperó.

 

El agua del termo se acabó, la tarde se llenaba de cantos que venían de diferentes lugares de la plaza. Acomodó las alpargatas, los cinturones y las mochilas, sacó los potes de pintura y comenzó a pintar.

 

Hola ¿ qué tal?, una voz la sobresaltó, levantó el rostro y lo vio. Estaba acompañado de una elegante señora alta y delgada. Su cabello un poco mas blanco, su cuerpo igual de esbelto, sus ojos llenos de una ternura inmensa.

 

El mundo se desplomó sobre sus hombros y como hacía muchos años lloró como una niña, sólo que ahora, no le ofreció el pañuelo ni la alzó en sus brazos.

 

 

 

 Beatriz Martinelli 

 

 

 

 

Canción del corazón

 

 

Había una vez un gran hombre que se casó con la mujer de sus sueños. Con su amor, procrearon a una niñita. Era una pequeña brillante y encantadora, y el gran hombre la quería mucho.

 

Cuando era muy pequeñita, la alzaba, tarareaba una melodía y la hacía bailar por el cuarto, al tiempo que le decía: "Te quiero, chiquita".

 

Mientras la niña crecía, el gran hombre solía abrazarla y decirle: "Te amo, chiquita". La hijita protestaba diciendo que ya no era chiquita. Entonces el gran hombre se reía y decía: "Para mí, siempre vas a ser mi chiquita".

 

La chiquita que ya-no-era-chiquita, dejó su casa y salió al mundo. Al aprender más sobre sí misma, aprendió más sobre aquel hombre. Vio que era deveras grande y fuerte, pues ahora reconocía sus fuerzas. Una de esas fuerzas era su capacidad para expresar su amor a la familia. Sin importarle en qué lugar del mundo estuviera, el gran hombre la llamaba y le decía: "Te amo, chiquita".

 

Llegó el día en que la chiquita que ya-no-era-chiquita, recibió una llamada telefónica. El gran hombre estaba mal. Había tenido un derrame. No podía hablar y no estaban seguros que pudiera entender lo que decían. Ya no podía sonreír, reír, caminar, abrazar, bailar o decirle a la chiquita, que ya-no-era-chiquita, que la amaba.

 

Y entonces fue a ver al gran hombre. Cuando entró en la habitación y lo vió, parecía más pequeño y ya, nada fuerte. El la miró y trató de hablar, pero no pudo.

 

La chiquita hizo lo único que podía hacer. Se acercó a la cama junto al gran hombre. Los dos tenían los ojos con lágrimas y ella rodeó con sus brazos los hombros inmóviles de su padre.

 

Con la cabeza apoyada en su pecho, pensó en muchas cosas. Recordó los momentos maravillosos que habían pasado juntos y cómo se había sentido siempre protegida y querida por el gran hombre. Sintió dolor por la pérdida que debía soportar, las palabras de amor que la habían confortado.

 

Y entonces oyó desde el interior del gran hombre, el latido de su corazón. El corazón que siempre había albergado música y palabras. El corazón seguía latiendo, desentendiéndose del daño del resto del cuerpo. Y mientras ella descansaba allí, obró la magia. Oyó lo que necesitaba oír.

 

Su corazón expresó las palabras que su boca ya no podían decir:

 

Te amo

Te amo

Te amo

Chiquita

Chiquita

Chiquita

 

Y se sintió confortada....

 

 

 

 

 


 

La casa de la soledad

 

 

Ayer caminando por la calle, pasè por lo que un dìa fuè mi casa. ¡Que gran tristeza sentì! al ver que ya nada queda de lo que albergò mi infancia. Su gran puerta, la gran sala, y aquel enorme pasillo con su piso como espejo, que a mi màs me parecìa un cristalino riachuelo, que en sus aguas reflejaba la cabellera verde de los hermosos helechos.

 

En verdad era un espejo, ahì jugàbamos de niños mis siete hermanos y yo, que dolor es ver desierto el lugar de mis recuerdos.

 

Las recàmaras tan grandes donde de niños soñamos con el Niño Dios tan bueno, y los regalos de Navidad, casi nunca concedidos.

 

Y aquella cocina grande, con su ventana hacia el norte, donde por las Navidades Papà y Mamà cocinaban los riquìsimos tamales y los muy dulces buñuelos.

 

Era nuestra cocina, fresquecita en el verano y muy tibia en el invierno, era el punto de reuniòn de la familia y visitas.

 

Ahi en derredor de la mesa, hecha por las manos de Papà, se platicaron las cosas que sucedìan dìa con dìa, algunas de ellas recuerdo, otras...fueron olvidadas.

 

Ahì en esa cocina, habìa siempre dispuesta una taza de cafè o un vaso de agua, dulce y fresquecita, que los amigos bebìan, siempre con una sonrisa.

 

Ahì en derredor de esa mesa, hubo llantos y risas, pues se festejaron triunfos y se lloraron fracasos.

 

Ahì tambièn se quedaron, las ilusiones que de jòvenes tuvimos, ahì bajo esos muros derribados están las alegrías y las penas de mis Padres.

 

Ahí en la tierra de tu piso, aún resuenan laos pasos de mis mayores, y las risas de los nietos...(hoy ya hombres)y los afanes de mi Madre por tener la casa limpia.

 

Había en esa gran casa tantos y tantos recuerdos, unos gratos, otros tristes, como va siendo la vida.

 

Ahì también se quedó la energía y el amor de mi Madre, y la dulce comrensión del mas tierno de los Padres.

 

Habìa casi al fondo de la casa, dos tupidas bugambilias, y a su sombra en verano, mi Padre leía y leía, y mi Madre con el gancho, tejió muchas maravillas.

 

¿ Dónde están tus viejos muros ? ¿ Dónde tus techos de teja ? ¿ Y tus pisos como espejosm hechos con tantos esfuerzos ?.

 

Nada queda... solo una pared muy triste y un piso que no es el mismo, una soledad muy grande que les hace compañía.

 

Y de aquella casa grande de tan bonitos helechos y tupidas bugambilias, solo queda en mi memoria el más hermoso recuerdo.

 

¡ Ay ! que tristeza sentí al ver que ya nada queda, de lo que un día fué...

 

 

MI CASA.

 

 Carmen Gomez de Cedillo


 

LA MARIONETA DE TRAPO

 

 

Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo, y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero, en definitiva, pensaría todo lo que digo. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.

 

Dormiría poco y soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos perdemos sesenta segundo de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás se duermen, escucharía mientras los demás hablan, y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate…

 

Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando al descubierto no solamente mi cuerpo, sino mi alma.

 

Dios mío, si yo tuviera un corazón… Escribiría mi odio sobre el hielo, y esperaría a que saliera el sol.

 

Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti, y una canción de Serrat sería la serenata que le ofrecería a la luna.

 

Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos...

 

Dios mío si yo tuviera un trozo de vida... No dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer de que ella es mi favorita y viviría enamorado del amor.

 

A los hombres, les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.

 

A un niño le daría alas, pero dejaría que él solo aprendiese a volar. A los viejos, a mis viejos, les enseñaría que la muerte no llega con la vejez sino con el olvido.

 

Tantas cosas he aprendido de ustedes los hombres… He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.

 

He aprendido que un hombre únicamente tiene derecho a mirar a otro hombre hacia abajo, cuando ha de ayudarlo a levantarse.

 

Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero finalmente mucho no habrán de servir porque cuando me guarden dentro de esta maleta, infelizmente me estaré muriendo.

 

 


 

 

LAS ESTRELLAS DE MAR

 

 

Cierto día , caminando por la playa reparé en un hombre que se agachaba a cada momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar . Hacía lo mismo una y otra vez.

 

Tan pronto como me aproximé me di cuenta de que lo que el hombre agarraba eran estrellas de mar que las olas depositaban en la arena, y una a una las arrojaba de nuevo al mar.

 

Intrigado , lo interrogué sobre lo que estaba haciendo, a lo cual me respondió :

 

- Estoy lanzando estas estrellas marinas nuevamente al océano. Como ves, la marea es baja y estas estrellas han quedado en la orilla, si no las arrojo al mar, morirán aquí por falta de oxígeno.

 

- Entiendo, le dije, pero debe haber miles de estrellas de mar sobre la playa. No puedes lanzarlas a todas. Son demasiadas. Y quizás no te des cuenta de que esto sucede probablemente en cientos de playas a lo largo de la costa ¿no estás haciendo algo que no tiene sentido ?

 

El nativo sonrió , se inclinó y tomó una estrella marina y mientras la lanzaba de vuelta al mar me respondió:

 

- ¡ para ésta si lo tuvo !


 

EL PERRO FERNANDO  

 

Cualquiera que haya visitado esta ciudad sabe que uno de los iconos de Resistencia es el Perro Fernando. Un cuzquito blanco que vivió en los años 50, tuvo un oído musical perfecto y es todavía, junto con las casi 500 esculturas de sus veredas arboladas, algo así como la representación simbólica de la capital del Chaco.

 

Dicen que su dueño fue un cantante de boleros que un día recaló en la ciudad y se llamaba Fernando Ortiz, aunque otra versión atribuye el nombre al patrono departamental: San Fernando, venerado por los primeros inmigrantes friulanos con el aditamento “de la Resistencia”.La leyenda dice que este alegre perrito se ganó la admiración y el amor de todo un pueblo por su excepcional oído musical. No había fiesta de casamiento, cumpleaños, carnaval o concierto al que Fernando no entrara para sentarse junto a las orquestas, o a los solistas, y darles su aprobación meneando la cola o, tras parar las orejas ante el más mínimo furcio, soltar gruñidos y hasta aullidos desaprobatorios. Y en las Navidades su presencia en una casa era siempre buena señal. Era fama que jamás se equivocaba, y los mismos músicos solían aceptar que, en el momento señalado por Fernando, en efecto habían pifiado una nota. Lo que los oídos humanos no advertían, el perrito, implacable, lo denunciaba. Y no había músico que se atreviera a impedir su entrada ni a expulsarlo, porque toda la ciudad confiaba ciegamente en su oído. Fernando fue como un gorrión de cuatro patas, popular y amado, y acaso por eso mi madre decía que de no haber sido Resistencia una ciudad de morondanga, otra que Edith Piaf.

 

 Los fines de semana, inexorablemente, Fernando recorría fiestas a su antojo y obviamente sin invitación. Nadie disponía de su agenda, y su presencia era imprevisible. Pero era tal honor que llegara a un festejo que después, seguro, los organizadores o dueños de casa fanfarroneaban por la visita. Yo era chico y casi todas las tardes acompañaba a mi papá al Bar La Estrella, donde los hombres charlaban y jugaban al truco o al tute, y todo el tiempo se escuchaban tangos y conciertos en la enorme radio que los japoneses ponían sobre el estaño. Y ahí estaba, digno y sereno, escuchando atentamente mientras comía maníes bajo alguna mesa, o echadito al sol en las veredas amplias, el perrito que todos decían que habría merecido más que ninguno ser el icono de la RCA Victor. Cuando llegaba el verano, los preparativos navideños se hacían en esas mesas deliciosamente organizadas: aquí los peronistas con Don Chacho Bittel y sus eternos ministros, algunos de los cuales fueron campeones de tute cabrero y otros en el arte de hacerse ricos a costa de todos. Allá los radicales del Bicho León, mirando al poder como algo siempre lejano.

 

 Y junto a aquella ventana los socialistas, encabezados por el prócer chaqueño Guido Miranda, historiador y periodista. También se sentaban, a otras mesas, empresarios, contrabandistas, médicos distinguidos, abogados charlatanes y buscas de todo pelaje.

 

El Bar La Estrella era como un mercado persa y allí Fernando, el cuzquito melómano, recibía raciones que completaba en su diario vagar por otros bares como el Sorocabana, frente a la plaza,que era el más lindo y hoy es un patético edificio que en cualquier momento puede ser demolido. Creo que fue la Navidad del ‘57, o el ‘58, cuando visitó Resistencia un famosísimo pianista polaco, de apellido Paderewsky. Ofreció un concierto único en el Cine Teatro Sep, el más importante de la ciudad, y por supuesto mis papás me llevaron.  

 

La sala estaba repleta y Fernando se acomodó bajo el piano de cola (los organizadores siempre explicaban a los músicos visitantes la ineludible presencia del cuzquito) y a la vista de más de mil personas se diría que Paderewsky y él comenzaron el concierto. Nunca olvidaré la impresión de aquel público cuando, en medio de una sonata de Beethoven, de pronto Fernando se puso de pie alzando las orejas y soltó un gruñido.

 

 Pareció que el mundo se detenía, pero Paderewsky, todo un profesional, siguió como si nada.

 

Sin embargo, hacia el final del concierto, nuevamente el perrito sacudió las orejas y miró fijo al pianista como diciéndole oiga, la está pifiando. Entonces Paderewsky, con europea elegancia, detuvo sus manos, miró al perrito y le dijo, en duro castellano:

 

“Tiene razón, equivoqué dos veces”.  

 

E hizo un dacapo y repitió la sonata, que le salió perfecta. El concierto acabó con una ovación, un par de bises y el discreto mutis de Fernando, que, se dijo después, tenía esa noche dos casamientos y un cumple de quince.  

 

Cuando Fernando murió, toda la ciudad lo lloró desgarrada. Creo que fue en el ‘59, apenas iniciado el gobierno de Frondizi. Lo que recuerdo perfectamente fue el solemne entierro del animalito en la calle Brown al 350, en la puerta del entonces flamante edificio de una institución cultural llamada “El Fogón de los Arrieros”.

 

Miles de personas cubrieron la calle, las veredas y los balcones hasta más allá de las dos esquinas. Toda la ciudad estaba allí, despidiendo a su perrito. Después la vida siguió, como siempre sigue, pero esa Navidad ya no fue igual porque a la hora de los tangos no estaba el perrito de la ciudad para aprobar música y danza. Y para mí fue la primera Navidad en la que me faltó alguien que amaba.Hoy en Resistencia hay tres esculturas que evocan a Fernando. La que se supone mausoleo oficial está todavía sobre la calle Brown. Otra está como escondida bajo un manto de chibatos en la avenida Avalos , cerca del Club de Regatas. Y la tercera, que es la más grande y pretenciosa, y que creo que inauguraron los milicos durante la dictadura, está en una esquina de la Casa de Gobierno y frente a la Plaza. Curiosamente –así funciona el humor involuntario– tiene la cola alzada y apunta el culo hacia las ventanas de la gobernación.

 

 Sólo ahora advierto que han pasado más de cuarenta años y este texto me parece triste. Debe ser la Navidad, que siempre lo llena a uno de nostalgias.

 

Mempo Giardinelli

 

EL PERRO FERNANDO, LA MASCOTA DE RESISTENCIA

 

Fernando fue un perro común que se ganó un lugar en la historia y el corazón de los chaqueños.Poseía un instinto particular que lo hizo amigo de todos los habitantes , su figura era popular y no había reunión social o artística que no contara con su simpática presencia silenciosa como si gustara y disfrutara del espectáculo . Sobre él se escribieron varias notas en diarios y revistas del país y del extranjero y hasta mereció un comentario de Arturo Barea por la BBC de Londres . Tenía por costumbre cumplir meticulosamente sus recorridos , nunca faltaba a la Plaza Central donde cumplía una de sus grandes pasiones "perseguir gatos". Una de sus rutinas diarias era ir al Banco Nación donde se hacía presente a las 6 de la mañana para ingresar junto a los empleados y desayunar con el gerente . El perro tenía acceso irrestricto a cines y espectáculos y si la función no era de su agrado se retiraba orgullosamente. Al día siguiente el comentario de la función dependía de lo que había hecho el can.

 

En la mañana del 28 de Mayo de 1963  lo encontraron moribundo frente al Banco Español hoy Río, horas después Fernando entraba en la historia. Más de un negocio bajó sus puertas , la Banda Municipal interpretó  marchas fúnebres. Las casas cerraron las ventanas en muestra de respeto hacia un animalito que había conquistado a toda una ciudad.

 

 


 

 

Apurada

 

 

Estaba apurada. Entré corriendo al comedor con mi mejor traje, dispuesta a preparar la reunión de la tarde. Gillian, mi hijita de cuatro años, bailaba al son de una de sus canciones favoritas, ‘Cool’, la melodía de West Side Story.

Yo estaba apurada, a punto de llegar tarde. sin embargo, una vocecita en mi interior me dijo, ‘detente’.

Entonces me detuve. La miré. Extendí la mano, tomé la suya, la hice girar. Mi hijita de siete años, Catalina, entró en nuestra órbita y también la tomé de la mano. Las tres danzamos frenéticamente alrededor del comedor y el salón. Reíamos y girábamos. ¿Los vecinos verían esta locura por la ventana? No importaba. La canción terminó en forma espectacular y con ella nuestro baile. Les di unas palmaditas y las envié a bañarse.

Subieron las escaleras tratando de recobrar el aliento mientras las risas rebotaban en las paredes. Regresé a mi trabajo. Estaba inclinada intentando guardar todos los papeles en el maletín, cuando escuché que mi hija menor le decía a su hermana:

- Catalina, mamá es la más mejor, ¿verdad?

Quedé de una pieza. Cuán cerca había estado de pasar apurada por la vida y perderme este momento. Mi mente se dirigió a los premios y diplomas que cubren las paredes de mi oficina. Ningún premio, ningún logro que haya obtenido pueden igualar a ese ‘¿Mamá es la más mejor, ¿verdad?’.

Mi hija lo dijo a la edad de cuatro años. No espero que lo diga a los catorce. Pero espero que lo diga de nuevo cuando tenga cuarenta y se incline sobre una caja de pino para despedirse de la envoltura desechable de mi alma.

‘¿Mamá es la más mejor, ¿verdad?’ No puedo ponerlo en mi curriculum vitae, pero quiero grabarlo sobre mi tumba.

 

 

Gina Barrett Schlesinger


 

Cara de Ángel

 

por  Elsa Bornemann

 

—Los que conocieron a mi nieta antes de la tragedia no pueden creer que se trate de la misma nena, profesora... —Es "otra"... —me dicen— "Otra..."

 

¡También!, ¿que quedó de aquella criatura que conquistaba a todo el mundo? Yo suponía... Bueno... que poco a poco iba a ir recuperándose del tremendo shock que sufrió al ver morir a sus padres, apenas a seis o siete metros de distancia... No; nunca se supo nada del desalmado que los atropelló mientras cruzaban la Avenida del Libertador... No sólo no respetó la luz roja del semáforo sino que ni siquiera detuvo su automóvil para socorrerlos, después de haberlos hecho volar por los aires... La nena se salvó de milagro: se les adelantaba andando en su bicicleta... Sí, sí, ya pasaron dos años... y Natalia sigue como ausente de todo. Lo peor es que no habla... Esteee... quiero decir... no habla como nosotros... Usa palabras que inventa. Ah... si por lo menos las empleara en algo así como un diálogo conmigo, una conversación, por rara que fuese... Nada. Habla sola en ese lenguaje disparatado, imposible de descifrar.

 

Me duele su soledad... su aislamiento... Además, ¡tiene diez años, profesora; no puede limitarse —únicamente— a mi compañía! Estoy desesperada. Sí, claro; la visitan una psicóloga, una maestra particular, un psiquiatra y una fonoaudióloga... pero sus empeños resultan inútiles... Natalia no traba relación con nadie. Vive como echada hacia adentro de sí misma. Por eso... yo pensé que —si Usted la acepta en estas condiciones— mi nieta podría venir a su taller de juegos de lunes a viernes, durante las tardes... Al principio, una o dos veces y después se vería... No, no es agresiva. Su conducta es tranquila; demasiado... Sí, ya probé que re entablara relaciones con los h